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Capítulo 01: Shanghái, la muerte o la gloria

por Gonzalo Schmeisser

 

Y de pronto el taxista enciende la radio y una voz nasal de mujer comienza a disparar datos sobre el clima, sobre el tránsito, sobre descuentos, mientras el hombre me aclara algunos puntos sobre la tarifa en un inglés imposible. Yo sacudo la cabeza como para salir del letargo, mientras me entrego a sus designios y ruego para que me cobre un precio justo, levemente consciente de las advertencias sobre lo cara que es esta ciudad.

Afuera el cielo es gris (¿sale alguna vez el sol en el oriente?) y los blocks de vivienda, altísimos, monocromáticos, impersonales, que flanquean esta inmensa autopista urbana hacen juego con el fondo, mientras avanzamos en medio de una sinfonía monocorde de arquitectura propia de la historia china. Adentro el aire acondicionado apenas funciona, el calor es agobiante y el aire se espesa con el correr de los minutos. Ajo, soya, tofu. Zapatillas, sudor y resabios del whisky de cortesía anoche arriba del avión, sobrevolando el Estrecho de Bering. La voz de la radio sigue disparando información entre intervalos de agotadores sonidos de campanillas. Yo me hundo en el asiento. Ahora sí me doy cuenta: estoy en Shanghái.

Bloques de vivienda de la era comunista

Una hora antes, un rato después de cruzar el cielo de Japón en un avión estadounidense –cómo no pensar en el bombardeo atómico de 1945–, mientras la nave se aproximaba a destino alcancé a divisar la magnitud de la ciudad entre el smog. Shanghái me pareció valiente: ubicada en medio del impresionante estuario del río Yangtsé –ese río mítico que cruza China entera trayendo agua desde el Tíbet– no está sumergida de milagro. Ya en tierra es muy fácil notar la influencia acuática en el trazado urbano; además de la constante y pesada humedad que con el calor de agosto se vuelve insoportable, distingo a simple vista innumerables canales y trozos de tierra inundada que seguro algún día fueron arrozales, cuando todo esto sólo era un aldea y no la súperciudad que es hoy.

Zhujiaijao, uno de los típicos pueblos acuáticos de la periferia de Shanghái

Como aquí soy sólo un turista, el destino obligado para mí es el centro y sus alrededores. Es el pedazo abarcable de Shanghái. Esto de centro, claro, es relativo. Es mi visión latinoamericana de la vida la que habla a través de mí. En eso los conquistadores españoles cumplieron su objetivo: la idea del centro está en nuestro ADN, necesitamos tener esa noción del punto cero en la ciudad para ordenarnos en torno a él. Aquí no, pero llamaremos centro a la porción intermedia de la ciudad, aunque su superficie sea similar a la de unas cuatro comunas de Santiago. Y si esa cifra espanta, qué decir del área urbana total de esta mole, equivalente más o menos a doce veces nuestra capital.

Notarlo fue una rápida lección de proporciones.

Acercarse al centro desde la periferia es también una lección. La evidente monotonía de la ciudad anterior a la apertura comercial China, con sus tristes bloques de vivienda en altura y sus pasajes de pequeñas casitas de techos bajos, va desapareciendo paulatinamente en pro de una nueva monotonía, mucho más luminosa y brillante, sí, más espectacular y fotografiable, también, pero uniforme al fin y al cabo. Pongámoslo así: el centro de Shanghái es como el centro de Chicago o de Berlín o de Melbourne o como el centro de cualquier ciudad capitalista. Una nota más en el ritmo monocorde de la ahora sinfonía internacional, contemporánea; esquemas funcionales para la globalización, el intercambio económico-cultural y la postmodernidad arquitectónica que le ha robado el espíritu original a las cosas. La realidad de lo local en la ciudad está hoy relegada a un plano secundario, casi como un gesto del simpático folclore provinciano del que debemos sacudirnos pronto, pues ¡ay del que no participe en la orquesta! ¡pobre el que desentone!. Para el establishment estará siempre condenado a jugar en el miserable equipo de los países subdesarrollados.

Shanghái toca bien su parte. Su centro expresa el tiempo en que estamos narrando la ciudad, en los albores del siglo XXI. Esto es especialmente evidente en el distrito financiero de Pudong –o Lujiazu, según los chinos– que observo bastante impresionado desde el otro lado del río Huangpu mientras mastico un dumpling de pollo, suerte de mini empanada típica de esta zona del país.

Distrito Financiero de Pudong desde el río Huangpu

Interior del Distrito Financiero de Pudong

Ahí, al otro lado del inmenso río café, grandes rascacielos compiten entre sí en la altura. Varios de ellos emblemáticos, conocidos, los primeros que aparecen al buscar en google. Están ahí la Shanghái World Financial Center, con su trapezoide abierto para solucionar la presión del viento en altura; la Oriental Pearl Tower, punta de lanza e imagen de la apertura China en los años noventa; la Jin Mao Tower, algo así como una versión remozada de la Chrysler de Nueva York; y la enorme Shanghái Tower, interminable mole de vidrio girando en su eje, la más alta de China y del mundo si no fuera por la antena de un rascacielos en Dubai.

Esta es la imagen que Shanghái ha construido de sí misma y es la que quiere proyectarle al mundo. No hay espacio para el azar. Está todo diseñado para que estos gigantes emblemas de la postmodernidad se ubiquen al otro lado del río, a cuya ribera uno está obligado a llegar, para que se despliegue el anfiteatro y de pronto se te venga encima todo el poder chino, para que sepas con quien te estás metiendo.

Es la nueva China. Una súper potencia industrial capaz de fabricarlo todo, que si no tiene materia prima la diseña en un laboratorio, que si encuentra una mina de oro tiene al día siguiente a diez mil hombres explotándola, que sabe mejor que nadie que el mar es el próximo territorio y lo habita con naturalidad. Un país que importa occidentales para que les enseñen cómo se hace y después hacerlo ellos, mucho mejor. Una economía que ahora fija los estándares, moviéndose por el mundo con discreción de monje y ferocidad de tigre. Un país que descifró el código y ahora está listo para abrir la caja fuerte.

Pero no nos engañemos, China está en el proceso pero no ha terminado de moldearse aún. La ciudad, más allá de cualquier postal, es siempre elocuente al respecto.

Bund nocturno

Tal vez otro día y en otro momento, vuelvo sobre mis pasos hacia el lado oeste del río y cruzo la zona del Bund, una pieza urbana como sacada de otra parte gracias a sus edificios de estilo francés e inglés, clásicos recuerdos de las colonizaciones europeas antiguas. Un dato: si considera que Shanghái está demasiado lejos como para ir a ver este barrio con sus propios ojos, recomiendo ver El Imperio del Sol, con un muy joven Christian Bale; película que se filmó aquí y que retrata muy bien lo que es esta zona de la ciudad.

Me adentro ahora en el precioso barrio Art Decó de la antigua Concesión Francesa, un lugar ideal para perderse caminando y encontrar –una tras otra– pequeñas joyas de la arquitectura colonial francesa insertas en un paisaje que ciertamente no le corresponde. Casas bajas de ladrillo con frisos tallados, marcos de madera en las ventanas y cornisamentos a veces exagerados. Es que si hay algo en que los europeos han sido maestros, es en acondicionar sus conquistas para que se parezcan lo más posible a su propio hogar. Una costumbre extraña pero que da lugar a irrepetibles híbridos como éste, donde árboles, veredas, pavimentos, casas, techos, faroles, canales y todos los detalles imaginables producen la extraña sensación de estar en alguna calle de algún pueblito de la Francia decimonónica, pero invadida por chinos.

Pese a lo extraño este barrio se hace demostrativo de lo que la ciudad es. Shanghái es ciertamente un territorio donde la mezcla es lo habitual hoy por hoy. Palacios de la China imperial comparten cuadra con algún edificio de la IBM; pequeños pasajes interiores repletos de chinos sentados en los umbrales terminan donde empieza un McDonald’s; pequeñas plazas de bolsillo con ancianas practicando el Tai Chi colindan con malls especializados en cámaras fotográficas y enormes avenidas por donde circulan desde carritos a pedales hasta Ferraris. Y en medio de la maraña de gente que puebla cada esquina, cada rincón, es normal cruzarse con europeos o descendientes de ellos y considerarlos como pares, aunque vengan de Inglaterra, Australia, Estados Unidos o Chile, como yo. Es un fenómeno extraño. Las enormes diferencias entre lo que llamaríamos occidentales aquí se neutralizan, volviéndonos a todos los invasores como parte de una misma familia, pálida, lejana y algo desconfiable. Aquí todos los blancos somos lo mismo: exóticos lao-wai (lao significa mayor, sabio, viejo; y wai significa extranjero, de afuera), como llaman los chinos a los visitantes no asiáticos. Te lo dicen todo el tiempo. Eso sí, por su inexpresividad no me queda claro si es con admiración o de forma peyorativa.

Barrio de la Antigua Concesión Francesa

Mezcla de modernidad y tradición

Después de visitar la Concesión Francesa tomo el metro. Es una escena compleja de definir, pero se me ocurre algo así como ese doble efecto de cámara con un personaje detenido al centro de miles de personas difuminadas que pasan por su lado, a toda velocidad, dejando miles de estelas de colores, mientras el protagonista descifra hacia donde moverse, qué hacer. Así es pararse en el metro de Shanghái para buscar el acceso a los andenes y no equivocar la dirección; se requiere paciencia y mucho ojo para no marearse con tanto ruido, tanta luz y tanta gente. Al final se puede, los chinos entendieron que si no occidentalizaban su lenguaje escrito no iban a poder negociar con nadie, así que entre las figuras indescifrables que componen su alfabeto también está el nuestro, el latino.

Descubro entonces las combinaciones necesarias y llego al imperdible Yuyuan Garden, atravesando primero una de las típicas ferias de comidas que a la vista resultan incomibles: saltamontes asados, culebras, cucarachas fritas, pulpos que aún mueven sus tentáculos mientras se cocinan en mantequilla, mucho pollo colgado y camarones de dudosa calidad. Es un poco chocante pero es original y hay que ver cómo su simple existencia emparenta rápidamente a esta ciudad wannabe con los países vecinos que van más atrás en la carrera del progreso: Vietnam, Laos, Filipinas, Camboya. Para llegar hasta la entrada del jardín hay que aguantar el aire que se hace por momentos irrespirable, ardiendo entre parrillas, ajo, gente, humedad, calor y un nauseabundo olor a orina que pronto descubro –con algo de alivio– que no es tal, sino que el fuertísimo y solo-para-valientes stinky tofu. Un clásico local.

Cruzar ese pasillo oscuro ciertamente vale la pena, pues al final está este hermoso jardín de la Dinastía Ming que data de 1559 y parece estar congelado en el pasado. El tiempo se disuelve entre pagodas, lagunas con peces rojos, flores de loto, magnolios y mini jardines al estilo del sutil paisajismo chino. Pese a la cantidad de turistas hay silencio, aire y una especie de fría solemnidad muy asiática. El paseo vale la pena incluso más que el mismísimo jardín botánico, que está bastante lejos de allí.

Yuyuan Garden

Al caer la noche ocurre otro fenómeno curioso, especialmente los fines de semana: después de la hora de compras, en que se desata la compulsión por llevarse todo lo que huela a América, la mayoría de chinos desaparecen de las calles y la masa de extranjeros parece mayoría. Salvo por algunos chinos jóvenes, lo más normal es entrar en cualquier bar y encontrarse con occidentales haciendo las mismas cosas que hacían en sus países, tomando la misma cerveza, comiendo las mismas pizzas, hablando los mismos idiomas.

Está la opción de participar, fundirse con el entorno y pedir un par de cervezas heladas para paliar un calor que no disminuye ningún grado con respecto al día, sin embargo decido flanquear a los de mi azarosa cofradía laowai y volver a la húmeda noche del Bund a pasear por su malecón, contemplando los rascacielos de Pudong ahora intensamente iluminados. Una imagen espectacular que me quedará dando vueltas más tarde, cuando me acueste en el dormitorio-con-baño ubicado en el piso 38 del moderno edificio donde vive un amigo chileno que trabaja en vinos.

Avenidas comerciales

Noche de viernes en Shanghái

Distrito Financiero de Pudong en la noche

Antes de que mi última mañana en Shanghái despliegue su luz sobre la ciudad, mientras trato de conciliar el sueño con las sábanas pegadas y el insoportable pero necesario ruido del aire acondicionado, repaso mentalmente las combinaciones que necesito para llegar al último de los imperdibles autoimpuestos en la hoja de ruta que diseñé en Chile.

Quiero ir ahí, al famoso Jing’an Temple, a ver los techos de vértices puntiagudos típicos de la arquitectura de las dinastías y al Buda sentado más grande de todo el país. Su visita no tiene mucho sentido si no se hace con fines religiosos, pero para mí es un destino obligado de Shanghái pues sé que es la expresión misma del contraste que quiero fijar en mi memoria como el axis de esta ciudad.

El templo, levantado en 1216, está emplazado en medio de una zona de modernos edificios y carísimas tiendas, y estar dentro de su patio interior –después de entregarse a la condición de turista y lanzarle monedas a la fuente de la fortuna– es como ingresar en una máquina del tiempo y de pronto repasar la historia de este país en unos segundos. Tejas, madera y piedra. El sonido del agua y el olor de la tierra recién peinada. Y más allá, bajo los nuevos edificios de acero y vidrio, pasan los chinos flacos y pobres en moto con su camisa color caqui y sus chalas de plástico; también otros más pudientes con la polera recogida al pecho mostrando el vientre abultado de quien ha podido comer más. Militares que dan miedo e inofensivas dueñas de casa. Ejecutivos occidentales de terno. Luces artificiales. Fritura. Turistas locales y extranjeros. Un chino menor de veinte que te pide que poses para su cámara recién comprada, y tú sintiéndote como la estrella que no eres, sólo por haber nacido al otro lado del planeta y medir un par de centímetros más. Ahí está el cruce de todo y todos, la cultura, la arquitectura, la economía, la historia. El pasado, el presente y, quién sabe, el futuro también, pues todo lo antiguo aquí parece estar condenado a desaparecer; si no materialmente, sí simbólicamente. Pero por ahora todo está ahí, cohabitando en una frágil armonía.

Jing’an Temple y alrededores

Contrastes en Jing’an Temple

Eso es Shanghái: todo a la vez. Una ciudad que hace poco descubrió que nunca iba a ganar las luchas modernas siendo el pueblito dormido entre los arrozales, tan orgulloso de sus tradiciones pero siempre perdedor en una historia marcada por décadas de subyugación, local y extranjera. Esa ex ciudad cumbre de un país tan obediente como gigantesco, que se había dejado dominar tantas veces por pequeños prepotentes como Japón, Inglaterra o Francia, mientras seguía al líder local sin levantar mucho la cabeza. Esa ciudad que descubrió que el fiel bastión que ocupó del lado soviético durante la Guerra Fría ya era parte de una pelea obsoleta, que no le correspondía pelear más. Peor aún cuando vio a su padre ruso enriquecerse entregándose sin condiciones a los placeres del mercado. Una ciudad que se percató que si seguía así no iba a poder ganar nunca el trofeo de las grandes ligas en las que aspiraba competir. Era la muerte o la gloria. Y su reacción fue y está siendo furiosa, acelerada, explosiva, desmedida. Todos adjetivos lejanos a los que se ocupan para calificar a lo bello pero que, curiosa e inexplicablemente, hay algo profundamente encantador en el que así tenga que ser.

Y ahí yo descubro mi pequeña fortuna –ya en el aeropuerto de Pudong otra vez, como si mi inmersión de varios días hubiese durado sólo unos segundos–, una alegría intrascendente pero que me llevo a Chile como un regalo. Porque estuve en la alucinante Shanghái en el momento exacto en que una ciudad está desapareciendo y otra totalmente nueva se levanta. Palimpsesto, dirán algunos. Fui afortunado observador del punto en que las cosas traspasan un umbral y ya nunca vuelven a su forma original, y creí vislumbrar en ello los extremos del comportamiento humano. Ahí está la gracia: por primera vez me sentí testigo del irreconciliable entendimiento del mundo que cada hombre lleva consigo, sobre la vida, sobre las cosas, sobre los hechos; todo aquello que, pese a las corrientes adversas, aún hace del ser humano una raza interesante.

 

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Texto e imágenes: Gonzalo Schmeisser

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Sobre el autor: Gonzalo Schmeisser es Arquitecto UDP y Máster en Arquitectura del Paisaje UC. Ha desarrollado su carrera en diversos ámbitos de la profesión, principalmente como arquitecto independiente en obras –algunas seleccionadas por importantes publicaciones como el sitio web ArchDaily, la Muestra Nacional de la XV Bienal de Arquitectura de Chile y la revista Vivienda y Decoración– y docencia, siendo actualmente profesor asistente en las escuelas de arquitectura de la UDP y UC. Complementariamente ha participado en diversos proyectos editoriales de investigación sobre arquitectura e historia y ha colaborado para importantes medios culturales como la Revista Provinciana y la revista de arte y cultura La Panera. Estuvo en Shanghái en agosto del año 2016.

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