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Capítulo 02: Iquitos, la atemporal

por Francisco Guerrero Moya

 

A Fitzcarraldo, a Pantaleón, al Suri y al Juane. Al agua.

 

El agua es atemporal. La existencia, el desarrollo y la evolución de nuestras culturas han sido un capricho que el agua ha permitido en su omnisciente presencia en el planeta, como una diva despampanante y cautivadora ante la fija mirada de esa tan babosa vida.

Cuando pensamos en una ciudad, incluso esas que se escapan de nuestra imagen objetivo de lo que una ciudad podría llegar a ser, ha sido pensada y moldeada por el agua. Como también muchas otras, que hoy sólo en recursos bibliográficos sobreviven evitando caer en un olvido irreversible, han dejado de existir por qué este recurso tan ilusamente domable, ha decidido revelarse y simplemente no estar.

Iquitos se regocija en esa atemporalidad tan imposible para las ciudades, al punto que su historia y su presente distan considerablemente del ritmo y la forma de crecimiento que el mundo podría exigirle con su contemporaneidad tan genérica. Iquitos no sabe de “cómo” ni “cuando”, ni de tiempos históricos que rijan su forma. Iquitos es en gran parte agua y ha dejado que ella sea quien tome el destino de su existencia y haga lo que a la diva cautivadora le parezca.

Casas flotantes en Río Itaya – Malecón Tarapacá

Amazonas, Nanay e Itaya. Tres gigantes de movimiento constante, que de mutuo acuerdo, dieron el espacio preciso y la abundancia de recursos necesaria para que una ciudad pudiera tener su espacio, y su gente, agradecida de dicho favor, pudiera establecerse y forjar su propia historia.  Siempre abrazada por estos tres sobreprotectores, que como niños jugando mantienen a Iquitos entre sus brazos, ajena a lo que el resto del mundo quiera contarle.

La ciudad desborda simpleza al caminarla. La sensación de sentirse ajeno al ritmo del mundo, aflora un cariño por ese decrecimiento tan escaso y muchas veces necesario. No hay mucho pavimento, mucho hormigón o mucha altura en su construcción. No hay mucho ruido, ese al que la ciudad como la conocemos nos tiene tan acostumbrados. Resistente y erguida en su historia, Iquitos enfrenta y desafía al crecimiento de las necesidades inventadas del hombre, que al no entender la relación de igualdad y humildad ante la tan abusada naturaleza, no ha sido capaz de darse cuenta lo poco que necesitamos ponerle encima.

Ribera río Itaya – Refugio flotante

El Amazonía, corazón latente de esta parte del mundo, empapa de sabiduría hasta el recoveco más mínimo de la ciudad. Se siente el verde, los animales, la cultura, lo indómito, el agua. La ciudad como reflejo construido de la selva, la selva como fuente abastecedora de la vida en la ciudad. Una relación inquebrantable de respeto y armonía que pareciese tener siglos de experiencia, muchos más de los que podemos contar como  cultura occidental. Podemos entender que una ciudad se encuentra en relación de armonía con su contexto natural cercano, no cuando se establecen límites entre unos y otros, definiendo barreras funcionales y escondiendo la segregación tras la excusa de la contemplación. Se puede sentir una relación cuando el límite es difuso, cuando no se entiende bien si estás fuera, dentro, “en” o “hacia”.

Iquitos juega con los límites de la ciudad como el agua juega a subir y bajar por sus calles, dando pie a la adaptabilidad de la ciudad como señal de respeto mutuo ante tan presente naturaleza. El barrio de Belén es el reflejo tácito de la relación ciudad – agua – selva, donde por un momento deja de ser lugar de nacimiento de profetas, para convertirse en la androginia misma. Belén cambia y se adapta. Pasa de ser la Venecia más precolombina que uno pudiese imaginarse, a la ciudad de patas largas y laberintos maderiles que desafía a quien quiera adentrarse en ella. Belén se inunda, flota, sube, baja, como si bailara constantemente con el ritmo que el agua del Itaya impusiese.

Calles de acceso al barrio Belén

Salida de la escuela del barrio Belén

A pesar de que la ciudad, si hiciera el ejercicio de enumerar su equipamiento, cuenta con el check list completo de básicos con los que una ciudad debiese contemplar según nuestra tan recurrente contemporaneidad, aquí todo tiene otra forma, otro aire, otra manera de interpretarse. Como si el Amazonía le cobrara una parte del crédito por dejar emplazarse allí y exigiera ser parte de esta mixtura cultural, la casa de Fierro, reflejo del tiempo más industrial que la ciudad haya visto, casi sometiendo su naturaleza ante la fiebre colonizadora del caucho, hoy se mimetiza con el paisaje más céntrico de la ciudad actual, como haciendo que el mismo Eiffel bailara una cumbia Loretana. Aquí todo lo foráneo está sujeto al juicio de la simplicidad y la naturaleza, casi  como pidiendo permiso de residencia ante la imponente selva dueña de casa.

Venta de limones en Belén

Calles Belén

Casa de Fierro – Gustave Eiffel

Hurgando en ese límite tan gaussian blur entre la ciudad y el agua, uno puede extender su recorrido en bote, desde el malecón de la ciudad hasta la pausa temporal más gratificante que he sentido en la vida. Perderse en un atardecer allí, donde el ocaso se refleja tan perfectamente en el agua, como duplicándolo generosamente para atesorarle en partida doble en la retina, es sentir que la vida no tiene más sentido que ese momento mismo.

Por minutos e incluso horas uno puede prescindir del mundo en el sentimiento más egoístamente hermoso que la ciudad te podría ofrecer, como cayendo en el juego de esos tres ríos sobreprotectores, como dejándose seducir por esa diva cautivadora y uno siendo simplemente ese baboso espectador de tan dichoso espectáculo.

Manacamiri – Río Nanay

¿Qué tanto necesitamos para ser felices?. En realidad, ¿Qué tanto necesitamos?. La simpleza y la perfecta relación entre los diferentes factores que componen esta ciudad, logran que este tipo de preguntas tan manoseadas vuelvan a la cabeza como un cuestionamiento inevitable. El agua, la selva, lo construido, los animales, el humano. Todo en una perfecta relación de simpleza, cual trabajo de acupuntura, cuestiona mi ritmo de vida ajeno y “contemporáneo” desde ahora, reconocidamente banal.

Iquitos es atemporal, insisto. Iquitos no respeta tiempos, por qué tiene el suyo propio. No se interesa mucho en la globalización, probablemente ni siquiera le interesa entender bien el concepto. Iquitos es su propio mundo, su propio ecosistema, su propio universo, hasta donde el agua le permita ver y moverse. Siempre dependiendo de esa tan antojadiza y muchas veces infantil agua.

 

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Texto e Imágenes: Francisco Guerrero

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Sobre el autor: Francisco Guerrero Moya es Arquitecto de la Universidad de Valparaíso, Máster en Intervenciones Sostenibles de la Universitàt Politècnica de Catalunya. Actualmente trabaja como coordinador de gestión urbana en la Fundación Urbanismo Social. Ha dedicado su carrera principalmente a la arquitectura social a través de proyectos participativos, tanto públicos como privados y, de forma más actual, ligado al desarrollo sostenible. Estuvo en Iquitos en 2012.

 

 

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