10 CIUDADES 10 ARQUITECTOS

Capítulo 10: Tokyo, fui un espectador

por Patricio Lopetegui

 

Tokyo. Eso fue lo primero que analizaba cuando compré los pasajes. Ver escrita esa palabra en la confirmación del correo me llenaba de ansiedad. Aparecían todas esas imágenes que uno tiene de una ciudad antes de conocerla, el imaginario asociado a las externalidades. Por fin iba a crear mi propia imagen desde la experiencia de esta ciudad. Hoy y aquí, la imagen que aparece cuando vuelvo a escuchar o leer su nombre es totalmente distinta. Tokyo.

Antes de todo, la imagen difusa estaba asociada al viaje, la conciencia de que iba a ser el viaje mas largo de mi vida. Nunca había estado tantas horas en un avión. En Tokyo ahora está de noche y acá es de día. Eso pasaba por mi cabeza en el aeropuerto YYZ de Toronto, en mi escala. Aún quedaba más de la mitad del trayecto y esto me ayudaba a analizar que el mundo no es tan chico como a veces, soberbiamente, pensamos. Después, volar de nuevo.

Aeropuerto de Narita

Llegar y mirar todo por primera vez es una experiencia increíble. Uno pasa de occidente a oriente y eso no pasa desapercibido. En el mismo aeropuerto de Narita empecé a identificar gráficas, detalles, materiales, ritmos, olores, tecnologías, pavimentos que empiezan a conformar otras lógicas de cómo es posible abordar el diseño. Todo me pegó de golpe.

Me impactó ver un orden tan puro, un orden a primera vista. Primero sentía que estaba forzándome a identificar lo que siempre supe de Japón, pero eran muy reiterados y repetidos los avisos de estas señales. Era real y lo estaba viviendo, una simpleza tan nueva y a la vez tan estudiada y leída. Aparece de pronto esa emoción de empezar a asimilar donde estaba. Fue muy de a poco y aún faltaba mucho viaje.

Estación de metro

Recuerdo esperar. Una larga fila para poder entrar al país y decidí caminar por el aeropuerto. No podía para de mirar e intentar identificar los mensajes con los que me topaba. Los envases de comida, la lógica de las puertas que en su mayoría con las que me cruzaba eran correderas, las dilataciones que conformaban los pavimentos, las palmetas de hormigón perfectas, fragües pulcros, las señaléticas con un diseño gráfico muy limpio. Todo me impactaba y emocionaba.

El aeropuerto de Narita se encuentra lejos del centro de la ciudad. Aún quedaba viaje, pero el cansancio no era capaz de bloquear el asombro, principalmente porque lo nuevo vencía la carga del viaje.

Metro de Tokyo

Al salir con nuestras maletas, caminamos hacia la conexión con el metro dentro del mismo aeropuerto y pasé a tener una primera relación directa con Japón. Sentí que empezaba a aparecer Tokyo, entendí que estaba por fin en la transición de esa zona de confort para mi llamada ‘avión’ para entrar al transporte público, un espacio tan urbano y tan distinto al de un aeropuerto.

Literalmente fue pasar de un área privada al espacio público, bajar las escaleras mecánicas directo al andén. Esa transición fue mágica, porque es el momento en que sentí que entraba a la ciudad. Welcome to Tokyo. Fue muy interesante, además, porque la estación Narita es la estación terminal, por lo tanto, a medida que me acercaba a la ciudad, comenzó a entrar gente que no venían de ningún avión y menos del otro lado del mundo. Eran los habitantes. No olvidaré jamás los paraguas que llevaban, las mochilas, la impresionante relación-adicción con sus smartphones, las mascarillas, la ropa. Todo se me antojó como una especie de thriller. Ese cruce con mis imágenes preexistentes ahora era algo tangible.

Otro dato: era pleno febrero y hacía mucho frío, recuerdo que me senté en el tren y bajo mis piernas sentí la calefacción que estaba diseñada para poder acoger a los usuarios durante los meses y días fríos. Era un asiento muy cómodo. De fondo me acompañaba una voz que señalaba las próximas estaciones, coordinada con una música muy rítmica y que para mi universo era asociado a algo infantil. Después entendí que era muy japonesa.

Durante el trayecto, a medida que nos acercábamos al centro, el paisaje rural iba dando paso bruscamente a uno urbano. Muchas luces y cada vez más gente. Mientras tanto se entrelazaba la emoción que me provocaban las imágenes que veía fuera de las ventanas del tren –una ciudad increíblemente activa– con la adrenalina de no entender dónde debía conectar para llegar a mi estación de destino.

Entre tanto vislumbré algo de las grandes ciudades: la relación del transporte público con sus habitantes es transversal. Como ocurre en Londres, Nueva York o Berlín. Son redes de transporte tan completas que no hay diferencias sociales al momento de compartir un vagón.

Finalmente logré llegar –no sé bien como– a Shin-Okubo, estación donde debía descender.

Impresiones de la calle

La ciudad expresa lo especial de la cultura japonesa, y esa tan extraña relación entre tecnología y tradición. Al bajar las escaleras no pude no prestar atención a la manera en que practican el respeto, es inigualable, pero existe una dualidad que permite que al mismo tiempo que se respeta el metro cuadrado, la intimidad, miles de pantallas estilo Times Square te caen encima. Imágenes y mucha música, nuevamente muy rítmica, galopada. La gente que saluda, siempre de manera respetuosa.

Tokyo te permite ser espectador. No sé realmente si muchas mega ciudades me habrían permitido serlo de una manera tan honesta. Y es que a pesar de que Tokyo es una ciudad muy grande, es muy segura; no es invasiva, no asusta y es capaz de permitir detenerte por segundos o minutos y simplemente mirar. Y a pesar del ruido, las pantallas, la gente y los miles de estímulos, si uno quiere detenerse y simplemente estar, la ciudad nunca interrumpe.

Gente de Tokyo

Desde mi perspectiva, las ciudades son escenarios que funcionan de acuerdo a cómo viven sus habitantes. Son finalmente ellos quienes definen sus personalidades. Y Tokyo, como su gente, es amable, ordenada y respetuosa, y al mismo tiempo convulsa e hiperactiva. Una ciudad que se configura en esos parámetros y es capaz solucionarse de manera única, reflejando esa personalidad en la manera de tomar las decisiones y ejecutarlas.

Lo vi también en la arquitectura, las pendientes, las rampas universales, las puertas de emergencia en las fachadas, los plintos en las calles, baños, cruces peatonales, el mobiliario urbano, los accesos, la pintura de las calles, las soleras. En todo ello se percibe un respeto ciudadano, una civilización, tanto a nivel urbano como interpersonal. Gracias a esto hice sin complejos todo lo que un turista puede hacer: conocí gente y lugares, exploré bares y parques, visité barrios completos, edificios y templos. Y en todos me situé como un espectador de su personalidad para después atreverme a definirlo así: Tokyo no se parece a ninguna otra ciudad en el mundo.

Texturas

Edificio Nakagin y arquitectura japonesa

Y me atrevo también a ejemplificar mis palabras a través de un edifico en particular: el Nakagin de Kisho Kurokawa, o el edificio cápsula, emblema del movimiento metabolista. Una obra que sintentiza a la perfección lo que la ciudad es: un patrón repetido, constante y armónico, pero en constante movimiento.

Tokyo tiene una ética y una estética especial, que está en presente en todo. Desde edificios expresivos como el Nakagin hasta la suavidad del tatami de sus viviendas; en la intensidad de las avenidas comerciales y en la paz de sus jardines. Y, por supuesto, en sus personas, sus habitantes, gente que reúne esta dualidad con una naturalidad asombrosa.

Quiero dejar algo claro, todo esto fue y será ‘mi Tokyo’. Ese que ahora reemplaza cualquier tipo de imagen preexistente que ya ni siquiera es capaz de ocupar un espacio en mi mente. Mi Tokyo es ahora esta ciudad real que aparece en mi cabeza con su propia forma, olor, ritmo, sonido, tiempos, colores, texturas y orden. Todo en una armonía que no he vuelto a ver nunca más.

 

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Texto e imágenes: Patricio Lopetegui

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Sobre el autor: Patricio Lopetegui es Arquitecto de la Universidad Diego Portales. Ha participado en distintos programas de Workshop en ciudades como Valparaíso, Berlín y París. Además realizó estudios en el IUAV de Venecia, Italia, mediante una beca del Banco Santander. Ha trabajado en los estudios Del Campo Labbé y Alvaro y Riquelme. Actualmenre trabaja en su propio estudio de arquitectura, 6820 y es cocreador del sitio web getbeasy. Estuvo en Tokyo en marzo de 2018.

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