10 CIUDADES 10 ARQUITECTOS

T2 | Capítulo 10: Venecia, la ciudad laberinto

por Soledad Boetsch

 

Habitualmente, cuando visitamos una ciudad, la recorremos apoyándonos en el uso de un mapa; el mismo que en el pasado, siendo aún de papel, por lo general no respondía a todas las necesidades del viajero. Sin embargo, éste nos permitía perdernos en la ciudad, realizar descubrimientos e interactuar con el entorno y con las personas, ya sea para preguntar por direcciones, destinos y lugares de nuestro interés como también para pasar un buen rato. Hoy en día, con la tecnología disponible y toda la información inmediata que ésta nos proporciona, es difícil mantenerse en el presente y vivir la experiencia sin sucumbir a la tentación de sumergirse y dejarse guiar por el mundo virtual.

Quizás esto último no pareciera tan terrible al momento de encontrarnos en una ciudad que no conocemos e incluso podría ser una oportunidad para llegar a conocerla en mayor profundidad. Sin embargo, ¿qué es un lugar sino la representación del mismo por parte de la persona que lo recorre? Una representación que da sentido a distintos elementos que, en conjunto, construyen una imagen y permiten ser leídos como parte del territorio representado. Una representación en la que la experiencia es igual, o incluso más importante, que los elementos que construyen el lugar.

No es lo mismo, por ejemplo, viajar por unos cuantos días a una ciudad y visitar los hitos importantes que la componen, que mudarse a ella y conocerla desde el punto de vista de su habitante. No es igual visitarla con la familia, con los amigos o en solitario. No es igual ir por negocios que de vacaciones. Los puntos de interés constituyen parte esencial del viaje y en conjunto arman una idea sobre cómo es este lugar. Son momentos de experimentación con la realidad entre el observador y el espacio que lo rodea. Mientras el recorrido entre lugares –las calles, canales u otros– son infraestructuras capaces de articular estos elementos aislados en el territorio, acercándonos a ellos y revelando el paisaje en el que nos encontramos. Una oportunidad para habitar el espacio próximo.

Intentaré, entonces, exponer mi experiencia en Venecia. Para este fin es necesario comenzar por el contexto, compuesto por distintos puntos que creo fueron elementales para la construcción de mi imagen sobre la ciudad. Con esto, no descarto que quizás mi compañero –habiendo vivido una experiencia similar– tenga otra representación y, por lo tanto, una imagen completamente diferente a la mía.

Comenzaré aclarando que este viaje se planteó como una iniciativa de la Escuela de Arquitectura UC con el fin de visitar y ser parte de la 15ª Bienal de Arquitectura en Venecia 2016, en donde el arquitecto chileno y docente de la escuela, Alejandro Aravena, sería el curador de la Exposición Internacional y Chile sería uno de los países expositores, constituyendo esto último un evento excepcional.

Los rumores iniciales de que la universidad llevaría a alumnos de arquitectura a la Bienal comenzaron a rondar la escuela en el mes de marzo de ese año. En un comienzo, se hablaba de un viaje en barco que duraría meses y en el cual, durante el transcurso de éste, se irían realizando clases (para la tranquilidad de los padres) llegando finalmente a Venecia para, después de unas semanas en la ciudad, retornar a Chile del mismo modo. Nunca he tenido la certeza si ésta fue una idea real o solo un rumor. Finalmente, el medio de transporte resultó ser un avión (para aquellos que se quedaron con la duda).

El nerviosismo y la expectación previos al viaje fueron parte de la experiencia. ¿Ahora quiénes serían los elegidos por la universidad? Por un lado, todos albergaban la esperanza ser escogidos y por otro, tenían la certeza de que dentro de toda la escuela salir seleccionado era semejante a ganarse la lotería. El método de selección resultó ser excelente (al menos para mí). Aquellos en proceso de formación, aún estaban aprendiendo; otros en el título o posgrado, figuraban en una etapa muy demandante; por lo que aquellos en la etapa de ejercitación fueron finalmente los candidatos perfectos. Dos generaciones, una de ellas la mía, fueron las escogidas. 153 estudiantes más profesores que durante dos semanas de estadía en Venecia conformamos el taller Venecia, TVEN016.

La experiencia de viajar con más de 160 personas entre compañeros y profesores en un avión es memorable y agradezco haberla vivido. Una vez pasada toda esa revolución y ya instalados en el camping San Nicolo en Lido (una isla de 12km que funciona como barrera entre el centro de Venecia y el mar) la universidad proporcionaría una serie de actividades –entre charlas y paseos– para los alumnos; sin embargo, no es en esta parte en la que me detendré ni la que constituye el alma de este relato, sino en todo aquello ocurrido entre las actividades, en los tiempos libres, en los traslados y en los desvíos.

Respecto a mi experiencia con a la ciudad, todo comenzó el segundo día, cuando, con la presión del apuro, tomé un vaporetto (autobuses acuáticos que funcionan como medio de transporte público en Venecia) el que se suponía me dejaría en 30 minutos cerca del lugar fijado como punto de reunión. Transcurridos 40 minutos me percaté de que aún no había llegado a la estación por lo que decidí bajar en la siguiente (he aquí un punto importante que se relaciona con el tema inicial, yo figuraba sin internet y sin un mapa). Intenté comunicarme con distintas personas de la calle solo para descubrir que había tomado el vaporetto en la dirección opuesta.

Después de un rápido cálculo, concluí que devolverme tomaría 40 minutos sumados a otros 30 para llegar al lugar correcto y que ya no alcanzaría a llegar a la reunión, por lo que decidí quedarme en el lugar e ir en búsqueda de parques o áreas verdes. Solo una regla o excusa para caminar por ahí y tener un motivo para interactuar con la gente. Desde entonces, todos mis días se desarrollaron de esta manera. No me preocupé ni tuve percepción del tiempo ni de las distancias (algo que es posible solo si se va por un tiempo considerable a Venecia). Incluso, teniendo la intención de llegar a un lugar específico, a veces era simplemente imposible.

Una caminata común comenzaba con dos o tres personas para, luego de unos 15 minutos, encontrarse con otro grupo de una diversa cantidad de personas (a veces más de 20) y que rápidamente –por disputas sobre la ruta a seguir– se dividía en dos. En ese momento, uno debía escoger uno de los dos grupos… daba igual; probablemente ninguno llegaría dentro de la hora a destino. Debo decir que esta situación ocurría al menos 3 veces al día, con excepción de ciertos destinos que ya empezaban a ser puntos de orientación comunes dentro de esta ciudad laberíntica.

 

Por la noche era aún mejor, o peor, dependiendo del punto de vista. Esta experiencia grupal se repetía, pero en la oscuridad, por lo que se podía llegar a pasar hasta 3 veces por un mismo lugar. Generalmente, ese era el punto de inflexión en el que alguien con suficiente personalidad y confianza en sí mismo, decidía liderar al grupo derrocando al antiguo dirigente. Lo más destacable de todo es que muchas veces llegamos a encontrarnos con el resto de los alumnos o con aquellos que habían logrado coordinarse y permanecer unidos para conformar un grupo lo suficientemente grande y así pasar a ser una referencia, o punto de encuentro, para los pequeños grupos que aún vagaban por la ciudad. Incluso los profesores parecían estar contagiados por la deriva.

Ya desde Chile, y durante la estadía en Venecia, teníamos una tarea la cual consistía en realizar un levantamiento individual. A los alumnos, individualmente, en pareja o en grupo, les entregaban dos puntos en el mapa y con esto debían realizar el levantamiento de cualquier recorrido que conectara ambos puntos. Construyendo así un registro colectivo de 100 o más levantamientos por la ciudad. Registro que luego fue expuesto en la Bienal.

Por mi parte, dado que era mi primera vez en Europa, decidí que la tarea debía hacerse rápidamente para aprovechar el tiempo en la ciudad y seguir con mis caminatas y recorridos. Por lo que, una vez que nos dieron luz verde para comenzar, emprendí mi viaje al primer punto. Con todo lo descrito anteriormente, podrán imaginar cuánto me costó encontrarlo. Al comienzo el levantamiento fue lento y preciso, pero pasadas unas cuantas horas de intenso trabajo y en una ciudad inexplorada, se llega a tener la habilidad y rapidez de un experto. A media tarde, comenzaron a caer unas gotas, las que rápidamente se transformaron en granizos acompañados de rayos y truenos. Sin embargo, ya que la meta era terminar ese día, la tormenta no impidió mi trabajo y, cubriéndome con lo que tenía a la mano, proseguí con la tarea.

Empapada, ­con mis apuntes de medidas y dibujos ­–que solo yo podía entender– anotados en un cuaderno a punto de deshacerse por la lluvia, retorné al camping en Lido con el propósito de terminar la tarea. Esa tarde, el lugar se veía particularmente vacío y entre los pocos que allí estaban corría el rumor de que los profesores habían salido y se juntarían a tomar algo alrededor de las 8.30 en el campo San Margarita.

Sin dudarlo, emprendimos nuevamente el rumbo a Venecia y luego de una larga caminata por las torcidas calles –y de múltiples paradas– nos encontramos con otro grupo nómade al cual nos unimos, ya que, al parecer, sabían mejor que nosotros hacia dónde dirigirse. Pasadas varias horas de caminata, logramos llegar al lugar que estábamos buscando. Ya a esas alturas solo quedaba un local de pizza abierto y la mayoría del grupo, de alrededor de 80 personas, había decidido emprender el rumbo a un lugar con mayor actividad; por lo que nos dispersamos. Junto a dos compañeros –negados a la realidad de tener que volver después de tan largo viaje– conseguimos papel, una caja de acuarelas y nos internamos en el laberinto de calles sin nombre para descubrir una Venecia nocturna.

Desconozco si esta manera de recorrer es aplicable a cualquier ciudad, pero tengo el convencimiento de que Venecia –con sus tortuosas y laberínticas calles – obliga de cierta manera a la aplicación de esta estrategia, permitiéndonos entender la ciudad como una serie de movimientos que, en conjunto, conectan y develan distintos puntos; es decir, como un recorrido en sí misma. Si bien Venecia es una ciudad del siglo V, lo que la diferencia de aquella época no está en los edificios, sino en sus calles y en las relaciones que en ellas se desarrollan.

El acto de recorrer no es una construcción del espacio; sin embargo, implica una transformación en la concepción del lugar y de los elementos que en él existen; una transformación en la concepción de Venecia. Con sinceridad creo que –habiendo permanecido dos semanas en Venecia– si alguien me pregunta qué lugares visitar en la ciudad, no tendría por respuesta más que descripciones sobre caminatas errantes y lugares increíbles a los que nunca supe como llegué ni cómo se llamaban, pero que sin duda vale la pena conocer.

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Texto: Soledad Boetsch

Imágenes: Cortesía de Coloquio (Héctor Antúnez, Ivan Santibañez)

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Sobre la autora: María Soledad Boetsch Mejía es Arquitecta y Magíster en Arquitectura del Paisaje de la Pontificia Universidad Católica de Chile (2018). Actualmente reparte su tiempo entre sus labores de arquitecta independiente y como profesora adjunta en la escuela de arquitectura de la Universidad Andrés Bello. Es, además, cantautora de folclor chileno bajo el seudónimo de Solana del Mar. Estuvo en Venecia en agosto de 2016.

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