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Capítulo 03: El Dublín de mis recuerdos

por Carolina Briones

 

De un día gris emerge el Dublín de mis recuerdos. De un día cualquiera, frío como siempre, con el viento que te come y te hiela hasta los huesos. Con la lluvia, tan acostumbrada a caer en esta isla, desprendiéndose del cielo como si nunca fuera a parar. Y alguien que me dice –con un acento muy particular y la cara sonrojada– que el cielo es así, que los días grises van y vienen, que el sol se asoma poco. Sin embargo esta ciudad fascinante, su gente y su inigualable cultura, al final, convierten lo adverso del clima en un atributo más.

Dublín, a diferencia de las grandes capitales europeas, no es majestuosa. Es cierto que está cargada por siglos de historia, de memorias codiciables y una mitología única, pero aun así pasa desapercibida. Como si hubiera crecido a la sombra de un padre sobreprotector: el gran imperio británico que no la dejó darse a conocer, debutar y menos lucirse. Y es por eso mismo que, a pesar de ser capital, sigue teniendo escala de pueblo, de barrio, escala humana. Sus calles son estrechas, sus suelos muchas veces de adoquines y los edificios no son imponentes ni de grandes alturas.

Rio Liffey | CB

Centro y Río Liffey | AS

Tal vez por eso las grandes guías de turismo la olvidan a menudo, describiéndola con desdén como un destino prescindible que, aunque dueña de una vibra y ritmo envidiable, distancias caminables, un centro compacto y tranquilo, con pocas pero cautivadoras atracciones, no tiene nada más de lo que se puede encontrar por mil en otras ciudades europeas. Sin embargo mis recuerdos guardan una imagen totalmente distinta.

Como buena urbe europea, a Dublín la cruza un río: el Liffey. Un enorme cuerpo de agua que se interna desde el mar irlandés hasta el núcleo, dividiéndola marcadamente en dos partes de una misma ciudad. Primero un norte abandonado, de barrios obreros, humildes, algo así como el Limerick de McCourt pero no tan desmesurado ni extremo. Aun así, esta zona aloja la única avenida ancha y de proporciones monumentales de toda la ciudad, en un intento moderno de lustrar y sacar brillo a esta zona rezagada de la capital. Y de algún modo logra su objetivo, pues llama la atención y logra que el visitante deje por un rato el mucho más luminoso lado sur.

Puente Samuel Beckett de Calatrava | AS

Río Liffey nocturno | AS

Ese sur dublinés, mucho más aristocrático y que concentra la mayoría de las atracciones turísticas, donde es más común ver a la gente paseando entre la sofisticada elegancia de su marcada arquitectura georgiana. La zona de donde provienen las fotografías y postales que aparecen en la prensa; de los frentes y puertas coloridas que dan a conocer a Dublín para aquellos que no han tenido la suerte de visitarla. Esta es la ciudad de las fachadas continuas, el ladrillo, los pubs, restaurantes. La Dublín de las manzanas regadas de músicos callejeros, arte en todas sus demostraciones y constante ambiente festivo. No importa el frío ni el clima, los irlandeses salen igual, pasean, aunque llueva, truene o relampaguee.

En mi recuerdo veo las terrazas llenas, los bares alegres, la gente chispeante caminando hacia el sur, hacia Temple Bar, una zona cero para turistas e irlandeses jóvenes y no tanto. Como si el frío no se sintiera y el viento pasara por el lado.

Este precioso barrio es el icono por excelencia de la cultura irlandesa, de la tradición de cerveza y de la vida nocturna en las calles. Es pequeño pero representa a la perfección lo que ocurre en otros puntos de la ciudad y, por lo que me cuentan, del país. Pequeños encantadores bares que proyectan ese ambiente acogedor que sólo los irlandeses saben transmitirle al turista. Desde adentro emanan destellos de música –la mayoría de los días en vivo– y son lugares propicios para una fascinante reunión de todas las edades, todas las clases sociales y culturas en torno a la música. La sana costumbre del show en vivo y, obvio, la contagiosa tradición de la cerveza.

La noche en Temple Bar | CB

Al pulso de una clásica pinta de cerveza –hay de todos los tipos, tamaños y orígenes– es sorprendente mirar alrededor y ver cómo existe una verdadera cultura de bar, real, propia y original de los dublineses, que convoca, mezcla y reúne, y que va mucho más allá de la típica caricatura.

Más al sur de la ciudad habrán otro tipo de buenas tradiciones. Un ejemplo es la prestigiosa universidad irlandesa Trinity College, construida hace un centenar de años por los ingleses para educar a sus propios hijos en el protestantismo. Un edificio símbolo la guerra entre el imperio y los rebeldes irlandeses, que ya pensaban en separarse. Aquí hay parte de esa historia y el increíble campus se levanta como una de las cicatrices visibles de la antigua supremacía británica en la isla del trébol.

Eso sí, es una cicatriz que dan ganas de admirar por su impresionante belleza arquitectónica, por su esbeltez y por su centenar de años cobijando el aprendizaje de una cultura que se ha forjado a sí misma con valentía. Y, además, la posibilidad de encontrarse en medio de un paisaje bucólico a dos pasos de la cotidianidad del centro. Un espacio de descanso, apacible, placentero y sumamente refinado antes de volver al ajetreo del caminar por la ciudad, para volver a encontrarse con la gente.

Saint Stephen’s Green – Calle en Temple Bar | CB

Y es que Dublín no es sólo arquitectura, pasto y bares, es –especialmente– su gente. La cultura irlandesa no sería lo mismo sin la gente, que te entrega a cada rato sonrisas cálidas, saludos y cortesías inesperadas en las calles. Aires acogedores que pocas veces he experimentado y que me demuestran que la calidez no es sólo latina. Aquí hay una vibra amable que se respira y se percibe en cualquier esquina de la ciudad. Una sorprendente cultura de la hospitalidad que dudo que hayan heredado de los vikingos que los colonizaron, ni de los normandos que dieron origen a la raza, ni menos de los ingleses que los sometieron a la fuerza. Es su sello y nada más.

Es la identidad cálida de una cultura que se sostiene a sí misma. Que se independizó de la corona británica precisamente para demostrar que no todos los pueblos de esta zona son iguales. Que persiste en su originalidad y se esmera en dar una afectuosa bienvenida a la ciudad. Al país de los duendes, de los pubs y de los prados verdes.

Dublín nocturno | AS

Esta es la casa de Joyce, de Wilde, de Beckett y de otros gigantes de las letras, que ya con eso merecería un poco más de atención. Para desacostumbrarse a no aparecer nunca en las primeras planas de las guías de turismo europeo y dar a conocer algo más de su relato propio, valioso y distinto, que transita por su propio carril, lejos de casi todo el canon europeo. Tan distinto y original como el acento con que los dublineses expresan su forma de ser con una sola palabra. Y tan festivo como su ritmo, como su gente, como su cultura, como su vibra. Todo eso que ilumina para mi recuerdo el gris perpetuo de sus días.

 

Texto: Carolina Briones | Imágenes: Carolina Briones y Antonia Sánchez

Sobre la autora: Carolina Briones es Arquitecta y Magíster en Arquitectura del Paisaje de la Pontificia Universidad Católica. Lleva un año colaborando con Landie y ha desarrollado su labor como ayudante en talleres de formación en su universidad junto al Premio Nacional de Arquitectura Teodoro Fernández. Actualmente trabaja en proyectos de espacio público para Santiago en la oficina Lyon Bosch + Martic. Vivió en Dublín en el año 2013.

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