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Capítulo 08: Ciudad de México o el admirable mestizaje

por Begoña Uribe

 

Me enfrenté a Ciudad de México con prejuicios populares y sin mucho conocimiento real, como turista y arquitecta a la espera de ser sorprendida por una de las capitales más pobladas de Latinoamérica. Creo que es imposible o extremadamente complejo hablar de una ciudad por completo, por esto mi relato es completamente subjetivo y trata sobre la experiencia percibida luego de diez días en Ciudad de México.

Sobre mis prejuicios, esperaba encontrar una cuidad caótica, donde el ruido de las bocinas dominase la acústica y el caminar fuese obstaculizado por mares de gente que andan sin cuidado. Esperaba esencialmente una capital latinoamericana, vastamente poblada, contaminada, sucia y llena de aspiraciones primermundistas, con la identidad nacional transgredida por marcas importadas que borran cualquier vestigio histórico de ella. Pero no. Cada día ciudad de México se encargó de probarme lo contrario.

El paso por una ciudad generalmente está marcado por su arquitectura y la comida, la primera es lo que mejor conserva la historia de una ciudad y la segunda, si está bien dirigida y no compuesta de desayunos en Starbucks y almuerzo en un Vapiano, puede complementar la historia que esperamos encontrar en los edificios antiguos o contemporáneos que visitamos. Por mi parte viajo con un cocinero, por lo que mi relato subjetivo se ve influenciado por la cultura culinaria.

Central de Abastos, puesto de frutas y piñatas

A las 7.30 AM salimos del Aeropuerto Internacional Benito Juárez luego de una larga discusión con la operadora de la aerolínea, sólo para saber que no habían encontrado la billetera que dejamos en el asiento del avión. En un Starbucks obtuvimos wifi para tomar un Uber que nos llevaría a nuestra habitación en la casa de una pareja Chileno-Mexicana en el barrio Anzures, que conseguimos por Airbnb. En el Uber, el conductor nunca excedió los 60 kms/hr y su velocidad media se acercó más a los 30kms/hr debido a la gran cantidad de vehículos que transitaban las calles. Preguntamos si este era el famoso taco de Ciudad de México, nos contestó con una sonrisa en la cara: ‘esto no es nada, na`mas esperen a las horas punta’.

El Uber no tomó una autopista para llevarnos del aeropuerto a la casa, desconozco si fue por la inexistencia de éstas o bien por saltarse un atochamiento mayor. De todas formas, nos demoramos una hora y veinte minutos en transitar un tramo de 35 km. En el trayecto nos cruzamos primero con una zona suburbana que llamaba la atención por sus fachadas coloridas y luego con la intensa actividad mañanera del matadero de la ciudad. Una calle que cubría al menos unas cinco cuadras con animales y sus partes en exhibición para ser compradas por el mejor postor. Como pasamos a baja velocidad pude darme cuenta que se vendía todo tipo de interiores, y que la higiene y cadena de frío eran dudosamente resguardados. De los olores no puedo relatar ya que nos escudamos tras las ventanas del auto con el aire acondicionado prendido. Sí pude notar que el ritmo de las transacciones no daba espacio para novatos y ese barrio tenía algo mucho más mexicano que todo lo que habíamos visto hasta el momento.

Zócalo, Mural de Unión Evangélica – Avenida Reforma

Seguimos el recorrido por zonas más centrales, con fachadas siempre muy coloridas, calles anchas y hermosos jardines que parecían recién podados. El barrio de Anzures, al cual nos dirigíamos, queda justo en la transición de los barrios de La Condesa y la Roma hacia Polanco que, por lo que entendí, son los barrios hípster del momento.

Anzures es completamente residencial, con algunas avenidas principales. Sus edificaciones no sobrepasan los tres pisos y de primera podría tratarse de un suburbio Londinense, si no fuera por la arquitectura ecléctica de cada una de las construcciones, su variedad de colores y completa arbitrariedad en el uso de la forma, lo que le entrega un carácter de desorden que agrada al ojo como si cada construcción reflejase la personalidad de quien vive adentro. Bueno y de suburbio nada, a diez cuadras nace un conjunto que se encuentra en parte en construcción de no más de cinco edificios con más de 60 pisos cada uno que irrumpen en la vista del horizonte y le dan una nueva densidad e intensidad al barrio.

Por curiosidad pregunté qué hacía este conjunto de nada más cinco torres en un barrio tan residencial, la respuesta que obtuve por parte de mi anfitriona mexicana fue ‘la gente que vivía aquí decidió que quería trabajar junto a sus casas y pues, construyeron sus oficinas aquí al lado’. La verdad la respuesta se me hizo antojadiza, pero luego de recordar la historia política de México plagada de coimas y corrupción, pude imaginarme una situación así. Sin embargo, no le di mucha más importancia al tema y no volví a preguntar.

Central de Abastos

Tortillas Callejeras – Central de Abastos, representación religiosa en un puesto de papas 

La primera recomendación que tuvimos en Ciudad de México fue ‘vayan a desayunar al Eno en Polanco, es buenísimo y tiene comida mexicana; luego dense una vuelta por el Parque Chapultepec’. Sin más y con ganas de salir a descubrir esta nueva ciudad, nos encaminamos por la ruta sugerida.

Las calles residenciales para llegar a la Avenida Holanda estaban húmedas debido a las lluvias de la noche anterior. La humedad exaltaba el olor a distintas flores y arbustos de los cuales logré reconocer buganvilias en flor e incontables especies cactáceas. Los olores se ven realzados por el cuidadoso y a veces excéntrico trabajo con el que están cortados los arbustos, mayormente al ras, como si quisieran parecerse a un jardín francés del más alto nivel, y en ocasiones tomando las formas más insólitas.

Tanto era el trabajo en los jardines que en una caminata de diez minutos nos topamos con al menos tres podadores en distintas esquinas. Pensé que esto sólo pasaba en los mejores barrios pero luego de unos días me llevé la grata sorpresa de que el cuidado y producción de jardines es algo así como una política nacional que trasciende las barreras sociales.

Central de Abastos, puesto de carnes y cecinas

Central de Abastos

Dando la vuelta en Avenida Holanda percibimos un olor que superó totalmente al de las hojas recién cortadas de las calles interiores, un olor cálido, seco y salado; olor a cal y maíz tostado que son la base para las tan características y transversales tortillas de maíz que se encuentran en cada esquina y dentro de los mejores restaurantes. El olor a tortilla se vuelve reconocible, familiar y casi necesario para Ciudad de México y es uno de los vestigios más significativos de los pueblos originarios, quienes basaban su dieta en el maíz.

Este olor provenía de un puesto con un cilindro con carne de cerdo similar al tan aclamado kebab, pero sazonado con una salsa de un intenso color rojo. Era un local de comida tradicional que servían los famosos ‘pastores’. Luego de unos días en México, caí en la cuenta de que había un sin fin de estos puestos con variedades de comidas típicas, con un factor común, la tortilla de maíz.

En la primera mañana de recorrido, el colorido y variedad formal en que se presentaban las casas, el orden y excentricidad de los parques y jardines, y el olor a tortillas de maíz fueron tres cosas que me hicieron entender la cultura de Ciudad de México. El uso de colores y formas propias manifiestan el orgullo que tiene el mexicano por su país y las tradiciones, además de un deseo de expresión que no se ve opacado por la gran metrópolis. Los segundos representan el oficio que tienen los mexicanos en todo lo que hacen y su expresión en la ciudad.

Finalmente, la presencia transversal de las tortillas de maíz revelan el arraigo del mexicano con sus raíces indígenas que no se ven superadas por ningún otro tipo de comida. Entendí que esta capital no sería para nada insípida y globalizada, sino que llena de carácter y ganas de progresar sin dejar atrás su pasado.

Museo de Antropología, patio central

Cuando llegó la hora de comer, en lugar de ir a la recomendación, lo natural fue ver lo que podíamos encontrar al paso, en uno de los locales de los cuales provenía ese adictivo olor a maíz. El local no era más que un carro de comida con un fierro para asar en vertical, algunos interiores y unas cuantas salsas operado por un pastorero. ‘A la orden, ¿que le sirvo?’ me decía el pastorero mientras terminaba un pedido de seis pastores, doble tortilla de maíz con cerdo al palo, cebolla, cilantro y un pedazo de piña asado, servido con rapidez y talento. ‘Dos pastores’ dije, con suspicacia. En menos de un minuto ya tenía mi orden de pastores y pensaba si comer otro de esa extraña, pero deliciosa mezcla callejera de Ciudad de México. Hablando un poco más con el pastorero, lo posible en medio del ajetreo diario, me pregunta de donde vengo y cuantos días me quedaré. Luego de recibida la información y con gran sorpresa mía, me contestó con una guía muy detallada la ciudad, que probar y además, qué museos visitar.

Con el paso del tiempo entendí que Ciudad de México está plagado de museos; Antropología, artes, artesanías, comida, telar, textil, y más. Y quienes más van a estos museos son en efecto los propios mexicanos con curiosidad de aprender sobre su país. Incluso en los más turísticos, el mayor público que tenían eran los propios.

Mexicanos. En un mundo abierto quedan pocos países que estén tan orgullosos de su cultura y la consuman diariamente, como el pastorero de la esquina de Polanco.

Plaza de Armas – Detalle Caja de fósforos

Además de museos visité algunos de los parques de esta ciudad, el parque Chapultepec (parque urbano), la Plaza España (plaza de barrio) y el Zócalo (plaza de armas). Cada uno presentaba diferencias en cuanto a su tamaño y funciones; el parque Chapultepec es de una inmensidad majestuosa, sus bosques son nativos de la selva mexicana y rara ves encontramos una especie introducida. Fiel a los orígenes selváticos del parque, es difícil encontrar en él grandes extensiones de pasto para descansar. Más allá de su vegetación, el parque, en su composición, estaba ricamente poblado por caminos de piedras, monumentos y fuentes de agua. A medida que se baja la escala de los parques, aumenta el eclecticismo de la vegetación, con mayor preocupación por el corte ornamental y menos por la naturaleza selvática.

El Zócalo o Plaza de Armas es un parque completamente duro, sin vegetación alguna, rodeado por construcciones coloniales. En la esquina nororiente se asoman ruinas de la ciudad enterrada que encontraron cuando se construyó el metro en la ciudad. En ese momento se supo que los españoles habían construido sobre la ciudad Maya y estos a su vez sobre una laguna, razón por la cual el primer piso de los edificios está a más de un metro sobre la calle. Las capas de historia de la ciudad se encuentran hoy cubiertas de carpas de campaña que albergan puestos de comida y artesanías.

UNAM, patio de UNAM, la rectoría

UNAM

El parque por excelencia es el campus de la UNAM (Universidad Nacional Autónoma de México). Ubicada en el sur de la ciudad, ésta se presenta casi como un estado aparte, con su sistema de transporte, señalética y estilo arquitectónico propio. Entrar en ella es como sumergirse en una selva de tupida vegetación, interrumpida por construcciones modernas en hormigón. Algunas de ellas presentan grandes explanadas para poder darse a conocer, mientras que otras se refugian entre las ramas de los árboles como si quisieran quedar sumergidas bajo la inmensidad del paisaje. En este lugar la arquitectura moderna es apropiada por los mexicanos, haciendo lo que mejor saben hacer: el mestizaje. El edificio principal se adueña de las formas simples y expresa la complejidad mexicana en un mural de azulejos que abarca la totalidad de la fachada, mientras los demás usan texturas y colores llamativos como el rojo y el azul.

Ahora, si bien el paisaje y la arquitectura mexicana expresan muy bien su cultura, no hay mejor lugar para entender las raíces que el gran mercado de la ciudad, y el de mayor tamaño en el mundo: la Central de Abastos. Este mercado, ubicado al noreste de la ciudad, abarca 337 ha y es el segundo lugar con mayor flujo de dinero en la capital. El área de galpones tiene 27 de éstos dedicados al minoreo. Cada galpón está ilustrado con un gran mural que marca la entrada, algunos con motivos de comida y otros difíciles de relacionar a un mercado, pero dando identidad propia a cada lugar.

Central de Abastos, mural del galpón K

Central de Abastos

En el mercado se encontraban desde elotes (maíz) hasta frutas exóticas, pasando por todas las partes comestibles del chancho e infinitas variedades de tortillas. El colorido de las frutas es característico de todos los mercados. Lo que hace que éste resalte es el orden y composición de cada puesto, la expresión de sus santos venerados y la presencia de productos locales de todo México en un solo lugar. El hecho de que éste sea el mercado más grande del mundo habla de lo importante que es el consumo local para los mexicanos que, si bien aceptan lo importado, su cultura es lo más importante y siempre va a trascender lo que esté hecho en México.

De entrada, este mercado puede parecer caótico al igual que la postal que cargamos de Ciudad de México, donde prevalece el desorden y tráfico por sobre todas las cosas. Tanto mi paso por el mercado como por la ciudad refutan esta tesis. Entre gritos y carros de comida, es fácil acercarse a un puesto y preguntar cualquier cosa. Sorprende la amabilidad con la que responden y el interés que muestra cada uno, igual que el pastorero del primer día.

Central de Abastos

Después de diez días de viaje, de conversaciones con turistas, mexicanos y extranjeros radicados en Ciudad de México pude comprender un poco de lo que se trata esta compleja ciudad. Es la más poblada del país y de Norte América, el puente de conexión entre América del Norte y América del Sur y la ciudad bisagra entre América del Sur y el resto del mundo. Esta ciudad ha tenido que responder rápidamente a las presiones externas de lo que significa ser una metrópolis. Su respuesta, a mi parecer, ha sido particular ya que logra que todo lo foráneo se someta a lo propuesto por los mexicanos.

Y, como si esto fuera poco, logra llenar de simbolismo a la arquitectura moderna; es capaz de convertir el kebab árabe una comida local; disfraza y ornamenta la rigidez de la religión católica; e incluso le da personalidad a casas suburbanas que en cualquier parte del mundo no serían nada más que una copia de la del lado.

En el escenario mundial Ciudad de México se rige bajo su propio orden, nunca deja atrás su pasado, su lugar; lo incluye y lo mezcla con las necesidades de la gran urbe, logrando un mestizaje admirable que todo latinoamericano debería ver al menos una vez en la vida.

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Texto e imágenes: Begoña Uribe

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Sobre la autora: Begoña Uribe es Arquitecta de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Apasionada por los viajes, conocer lugares y no solo pasar por ahí, estuvo de intercambio en Copenhagen, principalmente interesada en la escuela de Bellas Artes de dicha ciudad. Trabajó dos años el sitio web Plataforma Arquitectura, en el área de editorial latinoamericana y España; y posteriormente estuvo en el área de estudios urbanos de Urbana ED, principalmente en proyectos de parques urbanos. Hoy se encuentra montando su propio estudio. Está en México actualmente.

3 thoughts on “10 Ciudades 10 Arquitectos | Capítulo 8: Ciudad de México o el admirable mestizaje”

  1. Que buen relato, tenía los mismos prejuicios que tú …. que mala prensa tiene Méjico. Me alegro que la realidad sea tanto mejor. Se me abrió el apetito y las ganas de caminar por esa cuidad!!

  2. Muy buen relato de la Ciudad de Méjico. Sin conocerla aún me hice una idea fascinante del lugar que me dejó con ganas de comer en cada carrito y mercado que encuentre. Un abrazo y que sigan las publicaciones!

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