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Capítulo 09: Isfahán y la poética en la vida iraní

por Estelle Desallais

 

Empecé este viaje con una visión mal ilustrada: Irán, este país antiguamente robusto y triunfante, ahora solamente aislamiento y dictadura. Irán, este imperio de rostro destrozado por la arena del desierto, país de guerras y de rebeliones, donde la condición de las mujeres es a menudo desdeñada. Irán, este país que vive en el recuerdo de la vida pre-revolución islámica, soportando la nostalgia de lo que este imperio habría podido convertirse en un futuro y que todavía angustia a la población local.

Pero a menudo confundimos este país con sus vecinos. En el centro de Medio Oriente, en un continente desgarrado por los conflictos religiosos y políticos, Irán representa –sin embargo– un remanso de paz. Es verdad que este trozo de territorio tiene su parte oscura, que lo hace fascinante y paradójico a la vez. Además, el notorio encierro debido al embargo internacional establecido durante décadas, acentúa el misterio que rodea a esta parte de la Tierra, aunque igualmente desde hace algunos años el país ha cambiado  considerablemente. Hoy los viajeros se apuran para descubrir los vestigios arquitectónicos de la grandeza pasada del imperio Persa, aún visibles. Las torres de vientos de Yazd, los vestigios de Persépolis, la efervescencia de Teherán, los caravasares de la antigua ruta de la seda, las reliquias del zoroastrismo antes de llegue el Islam, los colores de las mezquitas. He aquí lo que motiva al viajero curioso a descubrir las joyas de las altas mesetas iraníes.

Mezquita de Lotf Allah, Isfahán

Bazar de Kashan

Tal vez porque tenemos tantos antecedentes que nos hacen viajar con una multitud de imágenes preconcebidas en la cabeza, Irán sorprende aún más: por sus sabores, sus materiales, sus colores y sobre todo por la impensada hospitalidad. Los iraníes reciben a cada invitado como si fuera un hermano.

Es cierto que los grandes monumentos maravillan y fascinan, pero lo que verdaderamente retiene toda nuestra atención es el equilibrio delicado entre el hombre y su entorno. Irán es como un mundo entero, un universo total donde cada región es un país diferente. Las autopistas que se internan derechas en el desierto desempeñan la función de fronteras, en el Norte las montañas escarpadas del Cáucaso se sumergen súbitamente en el mar Caspio, en el centro el desierto de arena desanima al más aventurado de los viajeros, luego las montañas áridas y por fin la costa dan forma a otro paisaje totalmente nuevo.

Y casi por todas partes el sol quema y el agua casi no existe.

Camino a Kermán

Desierto de Lut

Durante un mes de verano, ni una sola nube negra vino a ocupar el cielo azul límpido, casi haciéndonos olvidar la dulzura de la lluvia. Aquí cada día es más radiante que el precedente. Sobre el camino que lleva a Kashan, en la luz creciente del amanecer, el desierto ya se enturbia bajo los rayos poderosos del sol.

Aquí, en silencio, en el límite de los mundos, nos escapamos a la velocidad furiosa de la máquina en este territorio impermeable al tiempo. El aire es espeso. Los granos de polvos se quedan perezosamente en suspensión y la atmósfera se hace pesada. La luz de las refinerías en fuego ilumina el horizonte del desierto. Y a pesar del calor nuestros ojos se maravillan en esta confusión formidable.

Aquí, la sombra es vital, sin ella, no existiría espacio utilizable.

Desierto de Lut

Yazd

Después de cruzar el Desierto de Lut camino a Isfahán, llegamos a la casa de Shima –nuestra primera inmersión en la intimidad iraní– donde la grandeza de la acogida se percibe hasta en los menores detalles. En este pequeño edificio moderno de tres niveles de hormigón conviven cuatro familias. Al paso de la puerta de entrada las alfombras persas se abren bajo nuestros pies. La gran pieza está casi vacía, solamente el suelo está ocupado.

Cinco alfombras inmensas se estiran y se alargan hasta recubrir totalmente los azulejos de este asombroso salón. Los muebles desaparecen discretamente a lo largo de las paredes de este paisaje interior. Todas las cortinas están cerradas. Son las cuatro de la tarde y el departamento está sumergido por la oscuridad total. El escenario es desconcertante pero la frescura de la habitación tiene el beneficio de despertarnos después de este viaje interminable por el desierto ardiente.

Te en casa de Shima

Sentados en el suelo de la cocina, los pies de la mesa parecen las columnas de Persépolis. Aquí, aunque toda la comodidad occidental está presente (mesa de comedor, sofá, sillones), los muebles son sólo elementos de decoración, como un cuadro adornando una pared cualquiera. Aquí vivimos en el suelo, aquí cenamos en familia, vemos tele y reposamos.

También tomamos el té, ritual sagrado. Todavía escucho el tintineo de los platillos sobre la bandeja de plata, el ruido del té que nos sirven en pequeños vasos transparentes, el hervor del narguile que fuman los primos, el gusto azucarado de los dátiles que acompañan el líquido hirviente. En la intimidad de los hogares familiares los cuerpos se liberan, las mujeres pueden mostrarse sin velo, cabeza desnuda delante de sus hermanos e hijos. Las mujeres cantan y se ríen a carcajadas.

Sutil, delicada y paradójica, esta vida de dos caras se nos entrega poco a poco.

Techos en Kashán

Kashán

Afuera las casas antiguas y los bazares tradicionales expresan por sí solos el arte de vivir del cotidiano iraní. Las calles y los pasillos de las regiones centrales de Irán se cubren total o parcialmente para proteger los habitantes de la naturaleza hostil e incierta del desierto. Y esa introversión de los espacios domésticos tiene algo de poético. Como si aquí trataran de protegerse de fuerzas enemigas. Cada casa es edificada como una pequeña fortaleza, sin dejar que ningún elemento exterior entre a perturbar la quietud y la serenidad del interior, así como también para mostrar respeto por la vida privada del seno familiar. Aquí, en este sentido, se hace una distinción neta y objetiva entre el espacio público y el espacio privado.

La entrada principal de una morada tradicional se abre en la parte menos oculta de la casa, luego un patio interior hace de lazo con los dormitorios donde habita la familia. Los espacios se encadenan alrededor de ese patio, ninguna puerta interrumpe este paseo delicioso. Las habitaciones se descubren en secuencia, cada espacio ofrece vista y paso al siguiente, uno por uno, sin encadenarse. Esa individualidad introspectiva tiene algo casi religioso. Todo está planificado para crear una armonía perfecta entre el hombre, su entorno natural y cultural: la casa protege del sol, de la arena, del viento… y también de los otros.

Casas en Meybod

Pero el tiempo y la globalización son inclementes, y la importación del modelo de habitar occidental en la cultura iraní revolvió algo el modo de vida local. No habiendo mucho más espacio exterior cerrado e íntimo, la inmensa mayoría de los iraníes vive hoy detrás del pobre filtro de las cortinas cerradas.

Podríamos creer que esa tensión entre modernidad y conservadurismo es culpa de las relaciones ambiguas entre las tradiciones religiosas islámicas y la realidad de las vidas actuales de los iraníes, pero esto es mucho más complejo de lo que parece pues la vida privada posee desde hace siglos un valor supremo y la modernidad se encuentra sometida invariablemente a la voluntad de que se mantenga púdica. Es muy difícil para una cultura introvertida conjugar su cosmovisión con la vida en una vivienda abierta hacia el exterior, entonces se termina por habitar el espacio moderno con las costumbres de la vida tradicional, es decir, viviendas del tipo occidental pero con las cortinas cerradas.

En la cultura tradicional el espacio interior es domesticado, el patio o el jardín es el elemento central y sensible de la arquitectura y, pese a la irrupción de la modernidad, la importancia del jardín en la cultura iraní no se aminora a través de los siglos ni con las diferentes civilizaciones que se han instalado sucesivamente en el país. El jardín sigue siendo sombra, agua, y vida. Gracias a una organización sabiamente trabajada en que la magia está en la percepción de una profunda paz. Ciertamente logra ese efecto: cualquiera querría quedarse ahí por horas.

Jardín interior en Kashán

La poética del hogar y el jardín están íntimamente relacionados con el modo de pensar de los iraníes, así como en su simbolismo más íntimo. Un ejemplo es que los intrincados dibujos de las alfombras que adornan las casas son a la vez reproducciones gráficas de los espacios del jardín persa.

El elemento alfombra habita el suelo de la casa como si fuera un plano desplegado del paraíso exterior idealizado, como para que el habitante no se olvide; entonces el espacio exterior cerrado, el jardín y la alfombra acompañan y supervisan el actuar cotidiano de los iraníes. Pero esta introversión de la vida privada no impide también una domesticación verdadera del espacio público que los iraníes habitan con facilidad, alegría y locuacidad. Un iraní no estará nunca sin su alfombra, en la calle, en los parques, en las plazas, bajo los puentes y sobre los puentes: todo se hace jardín.

Alfombras en Isfahán

Arcos en Isfahán

Por la tarde, cuando el aire por fin no es tan pesado ni el suelo tan ardiente, salimos a la calle para compartir una comida, cantar y tomar el té. Bajo los arcos de los puentes de Isfahán aprovechamos el eco para amplificar nuestra voz y recitar poemas de los grandes autores de la antigua Persia, como para comprobar esa sensorialidad en que el compartir, el sentir y el expresar parecen ser lo más importante.

Y por fin, apaciblemente, cuando la noche ya ha avanzado lo suficiente, cada uno enrolla de nuevo su alfombra y retorna al hogar a reencontrarse con su intimidad.

 

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Texto e imágenes: Estelle Desallais

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Sobre la autora: Estelle Desallais es Arquitecta de la ENSA París-Malaquais y tiene un post título de Diseñadora de Interiores en la Escuela Boulle, París. Además estudió cerámica en Suzhou, China, entre 2011 y 2012. También estuvo de intercambio en la Pontificia Universidad Católica de Chile en el año 2014. Ha estado en más de 26 países y actualmente se encuentra trabajando en París. Estuvo en Isfahán y en otras ciudades de Irán en 2018.

 

 

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