Algunas razones para conocer a David Hockney

David Hockney: pintor, proyectista, escenógrafo, fotógrafo e impresor inglés. Uno de los símbolos más influyentes del pop art de los años 60’ y, a propósito de su exhibición en el MET de Nueva York -el cierre de la trilogía de museos que exhibieron sus obras este pasado año, sus 80 años de vida y sus 60 de carrera artística- aquí van algunas razones por las cuales no debemos perdernos el placer de descubrir a este emblemático y multifacético artista.

David Hockney | Foto de Hervé Véronèse

Su carácter atrevido en el mundo de la pintura lo ha consagrado como una de las figuras artísticas más reconocidas de los últimos siglos. Y es que, desde que estudió, rompió estándares. Desde negarse a escribir un ensayo para poder titularse hasta hoy estar realizando imágenes en Photoshop, explorando múltiples modos de expresarse y que como alguna vez se escribió, se
reflejan en sí mismo.

Dicen que Los Ángeles lo liberó. O al menos que lo salvó de los colores fríos de Yorkshire, de su sexualidad reprimida, tanto así que en su obra apareció la pasión por el color y la pasión en sí misma, sus icónicas pinturas de la vida californiana, sus retratos casi a escala humana, sus collages y sus recientes pinturas de paisajes con una fascinante extorsión de la perspectiva que prometieron explorar movimiento, tiempo y espacio en un mundo en que las leyes del arte no se lo permitían a cualquiera.

Portrait of an Artist, 1971

Quizás fue el calor o el freno a su represión con la consiguiente expulsión de todo lo que había en él, quién sabe. Lo cierto es que desde esos años formativos en Los Ángeles hasta hoy se observa una versatilidad atrayente y cautivadora en medio del paradigma de las artes.

También se habla de la sinestesia. Esa extraña enfermedad que padece y que le genera ver colores en su cerebro en respuesta a estímulos musicales. Hockney, inteligentemente, lo ha utilizado a su favor como uno de los principios del diseño de sus escenografías en ópera y ballet.

Collage: Pearblossom Highway, 1986 | Fotografía de la autora, MET NY, 2017

Hoy continúa cambiando su estilo. Su obra avanza, se adecua en estos tiempos, no se duerme en sí misma sino que evoluciona a medida que avanza la tecnología. Su afán por las máquinas de impresión, por el fax, la impresora e incluso hoy por Photoshop son prueba de ello y lo consagran como un artista que se inventa y reinventa cada tanto y al ritmo de los años, que tiene la sabiduría de apropiarse del mundo que se ha ido componiendo a su lado para transformarlo en las muchas formas de arte en las que trabaja. Y la verdad, tanto lo de antes como lo de ahora, es igual de sorprendente.

Nichols Canyon, 1980

Sun on the Pool, Los Angeles, 1982

Y más allá de ese ojo polifacético y su talento para darle forma a esa visión, hay en Hockney una naturalidad asombrosa con la que parece aceptar el mundo plástico, sobrecargado e incluso frívolo que le tocó presenciar evolutivamente en el siglo XX. Da igual de donde venga la inspiración, lo suyo es enfrentar cada nuevo proyecto sin evitar cualquier forma artísticas y géneros pictóricos, desprovisto siempre de cualquier prejuicio.

Esto es lo que lo cataloga, sin duda, como uno de los grandes artistas del siglo XX. Y no sólo porque el Tate, el Pompidou o incluso el MET tuvieron los ojos puestos en él este año, sino que es su arte, es su forma, su color lo que lo convierten en, a mi juicio, un imprescindible. Algo así como un verdadero placer culpable a los que hay que volver cada cierto tiempo.

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Texto: Carolina Briones

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