Vivimos de espaldas a la cordillera. Esa gran madre de piedra que nos vigila desde el oriente y que nos separa del mundo, parece estar tan alta en su majestuosidad que preferimos mirarla desde lejos, como un bello fondo escenográfico para la foto de nuestra cotidianeidad. No la habitamos realmente, no entramos en ella. Es paisaje, pero no territorio.

Pensamos en sus rincones como depositarios de formas de vida que nos son ajenas, las del agua, la del viento, las de la nieve, las de las rocas; pero no la nuestra, la humana, tan pequeña en la escala del mundo. Hay en esa distancia un reconocer nuestra fragilidad, pues sólo entramos en la naturaleza cuando sabemos que podemos dominarla.

Estas fotografías son un intento por develar algo del misterio de esos pliegues que se nos esconden desde acá abajo, detrás de las cumbres, inalcanzables. Y son también un elogio -en forma de ensayo fotográfico- al puro hecho de estar ahí, inmerso en la cotidiana crudeza de nuestro entorno natural, pues hay que recordar que Chile también es la cordillera.

Para conocer un segundo de su verdad hay que estar ahí, ser ahí. Andrés San Martín lo llama Être, como un elogio a esa palabra que nos falta en el diccionario: estar siendo, o ser estando. Existir en un momento cualquiera de un día cualquiera, para capturar, aunque sea un segundo, la eternidad rocosa e indiferente de Los Andes.

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Fotógrafo: Andrés San Martín | www.andresanmartin.com

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Texto: Gonzalo Schmeisser 

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