BAILANDO EN LA ALAMEDA

por Tatiana Bravo | *Para Santiago Adicto – @santiagoadicto

En la América colonial, las ciudades pertenecían a las grandes monarquías Europeas. Éstas establecían desde la posición en el territorio hasta la morfología de las nuevas edificaciones. En Chile, la corona Española a través de las Leyes de Indias definió incluso hasta los usuarios que podían gozar de calles y plazas públicas, además de los momentos en que estos lugares podían ser libremente ocupados.

En relación a los lugares de juegos y entretención en esta época, aparece la figura de la plaza como principal espacio institucionalizado de ocio y recreación. En ella se celebraban actos públicos y corridas de toros, se reunía el vecindario después de misa, y también se instalaba el mercado. Su libre goce estaba destinado a actividades particularmente solemnes —actos públicos y celebraciones colectivas—, y apuntando siempre a la clase acomodada y privilegiada de la época: españoles y criollos.

Pero desde siempre han existido prácticas realizadas por los habitantes de los asentamientos urbanos, que han parecido escapar a las regulaciones y exigencias de la ciudad. En este sentido, la Alameda, llamada por ese entonces ‘La Cañada’, acogió a todos aquellos habitantes de la ciudad a quienes se les negaba o dificultaba el uso de espacios públicos, escapando a la rigidez de la trama urbana, y por ende, a la predeterminación de las actividades y prácticas.

Las entretenciones del pueblo estaban no en la plaza, sino en la cañada:

“Nació la callejuela como Dios o el Diablo, sin que nadie supiera cuándo ni cómo… Se cree que las ráfagas del Mapocho trajeron de los carrizos riberanos las briznas de totora de las primeras ramadas en las que habría de anidarse el alma de la calle. […] A la vera del camino, hombres del pueblo dormían su borrachera, con los velludos pechos al sol, y otros, en pequeños grupos, jugaban a los naipes y tabas, mientras los chiquillos disputaban las clavadas de los trompos […]” (Zañartu, 1934, p. 52)

Frederic Sorrieu, La noche buena en La Cañada, 1872.

Una pelea, una carrera, una competencia de chueca jugada por muchachos, así la cañada se convertía en un primitivo estadio en donde la gente se agrupaba a mirar los torneos. Una ocasional pelea de gallos, o una carrera de caballos precipitaban a forasteros y vecinos de la cañada a la calle. La vieja Cañada sirvió como centro de convergencia y de atracción para sus vecinos, reuniendo trabajo, placer, religión.

Desde inicios del periodo republicano la Alameda se transformó definitivamente en la arteria principal de la ciudad. La instalación de monumentos, piletas y la construcción de obras de gran relevancia urbana, como la transformación del Cerro Santa Lucía en paseo, terminaron por consolidar su importancia para Santiago, como corredor y vía vehicular así como espacio de ocio, entretención y manifestación social. La Alameda ha sido por excelencia el lugar de encuentro del pueblo, fiel testimonio de sus momentos de grandeza y alegría, tragedias y derrotas.

Cueca en Los Héroes

Usos espontáneos del espacio público de Santiago

Hoy en día, la situación de la Alameda es bastante particular. Aparecen y desaparecen islas, donde a ratos, es posible encontrar rincones mágicos e inesperados si se llega a la hora precisa.

La mayor parte del tiempo, la predominancia vehicular, las restricciones de movilidad peatonal y el ancho de las calzadas, impiden en gran parte de la larga avenida cualquier actividad distinta al simple desplazamiento. El espacio termina inactivo, entre piezas inconexas de mobiliario urbano, basura y pavimentos rotos. Pero en ciertos puntos se abren explanadas, favoreciendo el encuentro y actividades multitudinarias, en otros, se cierra y se conforman espacios íntimos, de descanso y juego. Hay una diversidad de espacios secretos, grandes y pequeñas plazas, donde florecen las más diversas ocupaciones.

Malabares en la Alameda

Correr, rodar, gatear, saltar, girar, bailar, tocar algún instrumento, jugar.

A partir de estas acciones, los sujetos crean y fijan límites tempo-espaciales determinados, permitiendo la construcción de lugares y redefinición de la realidad. De esta manera, la Avenida Libertador Bernado O’higgins recuerda su pasado de la Cañada, y sin querer, los Santiaguinos escapan de los espacios institucionalizados de ocio y reunión, resignificando lo público a partir de la espontaneidad de sus usuarios, poniendo foco en la experiencia corporal y la construcción de ciudad y comunidad a través de la corporeidad.

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(1) Zañartu, S. (1934). Alameda de las Delicias. Santiago. Calles viejas. Santiago de Chile: Gabriela Mistral.

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Texto y fotografías actuales: Tatiana Bravo Maulén

Ilustración de archivo: Memoria Chilena, Biblioteca Nacional de Chile. Fuente: Archivo Visual de Santiago.

 

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