CIUDAD TOMADA

por Francisca Cortínez | *Para Santiago Adicto – @santiagoadicto

 

Dos hermanos habitan en soledad su enorme casa familiar, hasta que un día escuchan ruidos a lo lejos: la mitad de la casa ha sido tomada. Con el mate en la mano y con toda naturalidad, el narrador de Casa Tomada le dice a Irene, su hermana, que se han tomado parte de la amplia casa donde han vivido toda su vida. Con la misma naturalidad ella responde: “entonces tendremos que vivir en este lado,” cerrando la maciza puerta de roble que divide la casa en dos y dejando atrás todas sus pertenencias perdidas para siempre al otro lado de la puerta.

Como en un cuento de Cortázar, de un momento a otro el espacio que ocupamos y la ciudad que conocemos se reduce y se condensa dentro de los muros que -ahora más que nunca- nos refugian. Nuestra ciudad, como muchas otras en el mundo, ha sido tomada por algo peligrosamente imperceptible e invadida por un sentimiento de amenaza que nos mantiene resignados, como a Irene y su hermano, en nuestro lado de la puerta. Y de la misma forma que los dos hermanos, sin mayor cuestionamiento, cedimos el resto de nuestro espacio cotidiano a algo que no vemos, pero cuya presencia no podemos dejar de notar.

El narrador del cuento rememora una casa que ya no le pertenece, extrañando sus libros de literatura francesa y una botella de Hesperdina. Por mi parte, que libros y botellas tengo, revivo y reconstruyo en mi cabeza esa ciudad cotidiana que ahora me hace falta. Esa misma ciudad cuyos límites antes se me hacían tan distantes, ahora se reducen al alcance de mi vista y al tercio de la cuadra que alcanzo a ver por mi ventana. Ese recorrido en bicicleta por la mañana ahora se resume en los doce pasos entre mi pieza y la cocina. Y esos dos o tres cerros que veía durante el día ahora los tapan las hojas inmóviles de los plátanos orientales que llegan hasta mi ventana en el sexto piso.

‘Open Doors’ – Vilhelm Hammershøi

Esta ventana que delimita mi paisaje del encierro deja entrever una de las principales avenidas de Providencia, por donde hoy solo veo caminar a dos o tres personas a la vez, que a estas alturas ya reconozco. Pasean a boca tapada por las dos veredas enfrentadas que son ahora las protagonistas de mi ciudad en cuarentena. Y mientras el otoño deja caer algunas de las hojas de los altos árboles de un Lyon a ratos desierto, aparece con él mi vecino del frente. Esta es mi ciudad acotada que ahora empieza y termina en el encuadre de mi ventana.

Sin embargo, antes de que la palabra cotidiano cargara con tanto peso, mi itinerario diario no alcanzaba más de cinco kilómetros por tramo en una ciudad que acoge más de seis millones de personas. Mi ciudad, y me atrevo a decir que la de todos también, siempre ha sido un recuadro de una escena mucho mayor cuyos límites rara vez atravesamos. Tal como Irene y su hermano, quienes finalmente admiten que pocas veces cruzaban la puerta de roble para instalarse en la otra mitad de la casa, nunca habitamos toda la ciudad que ahora reclamamos. Y quizás protestamos esta ciudad que creemos nos pertenece porque en los últimos seis meses ha sido más nuestra que en los últimos treinta años.

Pero esa puerta de roble que divide el resto de Santiago de nuestra ciudad cotidiana siempre ha estado ahí. Y si el encuadre de nuestra ciudad en cuarentena es más o menos amplio, no hace mucha diferencia. Lo radicalmente distinto es nuestra reciente condición de espectadores, pues es precisamente eso lo que la ventana a través de la cual hoy la observamos permite. Si antes sus calles formaban parte intrínseca de nuestra rutina de todos los días, ahora simplemente las contemplamos como un público inquieto y expectante, demandando nuestra presencia en ese Santiago alarmantemente vacío. Sintiéndonos exiliados en esta ciudad tomada.

Texto: Francisca Cortínez

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