LA CIUDAD COMO CANASTA DE HUEVOS

por Paulina Montero | *Para Santiago Adicto – @santiagoadicto

 

El pasado 18 de octubre, como todos los viernes después de las 7 pm vuelvo a mi casa recorriendo desde Los Leones a Pedro de Valdivia. En un tramo de pocas cuadras, ruido, humo y gritos indistintos, añadían un toque de dramatismo al instante en que cruzaba con algún transeúnte cierta mirada perdida en busca de respuesta. Agitando el paso llego a Marchant Pereira con Nueva Providencia, exactamente a una cuadra de donde vivo. Elegí vivir ahí porque estoy a metros de una gran avenida y, sin embargo, gozo de poco ruido y despierto mirando la copa de un árbol que da a la ventana de mi pieza en un cuarto piso. No necesito más.

Casi como en un ritual ancestral, al llegar a la estación Pedro de Valdivia, un grupo heterogéneo de personas, desde oficinistas a estudiantes, se reúnen en torno a la llama de un par de metros que emerge desde la salida sur poniente de la estación. Siendo una espectadora pasiva y confundida, me quedo fuera de la situación y llamó a mi mamá, porque podré tener casi 30 años pero en ella sigo buscando siempre las respuestas. Contesta y digo: ‘Mamá, están quemando el metro, que pena, es tan lindo’ y, en una cachetada que no vi venir, me responde: ‘Bueno, hay que romper un par de huevos para hacer una tortilla’.

Cabe mencionar, que mi madre no es una mujer particularmente política ni reaccionaria. De origen sencillo, dedicó 30 años a trabajar como empleada en un banco y tiene la gran virtud de ir adecuándose a los tiempos. La respuesta me despierta y me saca de la incomodidad que me produce por unos momentos que estuvieran destruyendo ‘mi’ barrio, donde la molestia se centraba particularmente en la quema del metro, símbolo del progreso y modernidad de Santiago. Mi relación con lo que sucede en la estación en un instante se vuelve personal y logra rápidamente que cuestione mi privilegio con respecto a cómo habito la ciudad, sin imaginar que el mismo evento se repetiría en otras estaciones de Santiago y que sería uno de los gatillantes de la crisis social y política más grande de los últimos 30 años.

Santiago Dalí

Es así que aquel evento me sitúa por primera vez de manera consiente en una ciudad cargada de símbolos latentes como lo es el metro de Santiago y me pregunto con cuales me topo a diario sin reconocer el poder intrínseco que tienen, sin saber que es necesario para que su carga simbólica se active y sea capaz de gatillar hechos (o al menos aportar en su origen) de la envergadura como lo fue la revuelta social que comienza en octubre del 2019.

Todo eso me lleva a creer que eventos de esa magnitud, sin ir mucho más lejos, como el confinamiento que hoy vivimos por el coronavirus, nos aterrizan a un estado de lucidez mayor con respecto a la ciudad. Así como suele ocurrir con el cuerpo, que hasta que no nos enfermamos no logramos conectarnos con él, la ciudad pareciera que funciona de la misma manera: lamentablemente los eventos traumáticos son los que nos logran posicionar dentro de la red que conforma la urbe.

Ahora, ¿Cómo conseguimos tomar conciencia de nuestra ciudad sin tener que recurrir a un acto traumático?, claramente no tengo la respuesta, pero si propongo humildemente pensar en la ciudad como una canasta de huevos. Me gusta la idea de pensar los edificios, espacios e infraestructuras por donde transitamos como si fueran huevos, que por su naturaleza los consideramos frágiles, pero que al mismo tiempo cargan con el poder de ser la materia prima de un cambio de paradigma. Cualquier evento que los ponga en peligro es responsable de llevarnos a estados de alerta, de activar una nueva relación con nuestro entorno, es decir con la capacidad, como decía mi madre, ‘de hacer una tortilla’.

Texto: Paulina Montero

Ilustración: Juan Pablo Bravo

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