LLENO Y VACÍO

por Gonzalo Schmeisser | *Para Santiago Adicto – @santiagoadicto

 

‘La mejor forma de conocer una ciudad es observar cómo se trabaja, cómo se ama y cómo se muere en ella.’

Albert Camus – La Peste (1947)

 

Mientras observamos que en algunas ciudades de China el tranco vuelve lentamente a ser el de siempre (incluso esa eterna costumbre de llevar mascarilla ya no llama la atención), vemos con espanto el avance del Coronavirus en Chile y nos empezamos a preparar psíquicamente para aguantar un invierno que se asoma histórico e histérico. Y encerrado.

Santiago se vacía y lo que hasta hace poco parecía ser la recuperación definitiva del espacio público (para bien o para mal) por parte de los santiaguinos, es ahora una imagen congelada que se quedó para siempre entre octubre del 2019 y marzo del 2020.

El cambio es radical y de un día para otro parece que se nos vino el futuro encima y nuestras preocupaciones habituales pasaron a ocupar un plano secundario y hasta terciario detrás de la necesidad urgente de no morir o no matar. Hoy es más importante no contagiarse de un virus extrañísimo, capaz de subvertir incluso la noción que tenemos de que un resfrío es tan habitual como irrelevante. Un virus ínfimo pero más poderoso y peligroso que cualquiera de los enemigos públicos condenados a la horca hace solo unas semanas, y que no le importa ninguna consigna, no porta color político ni adhiere a ninguna tendencia, aunque ya se escuchan voces que tildan al virus de capitalista. Otros, de buena persona.

Es curioso ver como muchas de las frases de las pancartas desempolvadas que celebraban la unidad de los ciudadanos y que anunciaban por fin el ocaso de casi cincuenta años del más salvaje individualismo que llevamos marcado a fuego los chilenos, hoy parecen casi obscenas. Nos costó tanto juntarnos…

Otra lectura, más suspicaz si se quiere, es que ese miedo atávico del chileno a la escasez que ha llenado supermercados y farmacias -hoy es en el barrio alto, mañana en todo el resto de la ciudad- para llevarse todo lo que se pueda, incluso ante la insistencia de que todo eso seguirá abierto y funcionando normalmente, también es sintomática de un comportamiento profundamente egoísta que también es un sino de nuestra cultura. Un sello siniestro que se disuelve artificialmente durante las 24 horas que dura la Teletón o después de alguna catástrofe natural, solo para volver a expresarse en toda su naturalidad en situaciones que requieren justamente lo contrario: que seamos una sociedad de verdad y no un conjunto de individuos.

Av. Santa Rosa / Santiago 2020

Santiago se vacía, pero antes del vaciado sus habitantes se llevan todo lo que puedan para guardarlo en sus casas, como si comer papas fritas todos los días y tener el botiquín lleno de paracetamol pudiese hacer del encierro absoluto algo más llevadero.

Y es también una expresión demasiado elocuente de cuan adentro tenemos el germen del capitalismo en su expresión más voraz: el consumismo como único comportamiento posible, la obligación de tener y tener, siempre ojalá más que el otro. Tener aunque no lo necesite y aunque sepa que hay otros que sí. La filosofía del ‘no es mi problema’ es justamente la versión más depurada de nuestro trasnochado y tercermundista american way of life, que parecía haber muerto con el movimiento de octubre.

Nada de eso. Este Santiago vacío por la fuerza va a representar tal vez una inmejorable oportunidad de refundarnos como sociedad y sacudirnos bien del modelo, esta vez sí, sin panfleteo, ni edificios quemados, ni inocentes perros incautos de pronto dotados de valores judeo-cristianos y puestos de portavoces de una generación aburrida de todo y con bastante razón para. Santiago vacío y en silencio es la verdadera esperanza desde la mesura y la reflexión que nos va a permitir el encierro, para después salir como el hombre que sale de la caverna y ve la luz por primera vez.

Tendremos las calles y el espacio público sitiado y desnudo como una hoja en blanco para recordarnos cuán importante es saber proporcionar para eliminar cualquier rastro de equilibrios cargados y desmesuras absolutistas. Todo por un virus que nos recuerda también lo frágiles que somos y que la vida en la ciudad puede ser a veces solo un problema.

Cuando uno se inicia en los estudios de la arquitectura, uno de los primeros ejercicios para comprender el oficio en su forma más primitiva, es el del lleno y el vacío; saber proporcionar entre lo construido, la materia o la masa, y el espacio entre ellas. El descubrimiento que se tiene es parecido a un deslumbramiento: el vacío es igual o más relevante que el lleno, así como en la música el silencio es igual de importante que el sonido. Sin ambos elementos armónicamente dispuestos, no hay composición posible.

Texto y foto: Gonzalo Schmeisser

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