MEMORIAS Y PREJUICIOS DEL PORTAL FERNÁNDEZ CONCHA

por Carolina Briones y José Pablo Guzmán | *Para Santiago Adicto – @santiagoadicto

En la cara sur de nuestra Plaza de Armas, se alza solemne el afamado Portal Fernández Concha. Sin embargo, sólo basta con asomarse a la primera planta y ver que lo metódico de su fachada y de esa cara visible tan señorial que proyecta a la plaza fundadora de nuestra capital, es completamente distinta en su interior. Pero antes de cualquier cosa, como bienvenida, puestos de comida rápida: olores, colores, sabores y gente. Mucha gente que circula y otros que usan el edificio en su planta baja, temporalmente, en su condición de galería. El espacio público que se adentra y confunde los límites, difuminando la entrada hacia el interior.

El edificio tiene ya casi 150 años desde que se levantó. Ha presenciado décadas y décadas de historia y, por lo mismo va construyendo memorias. Ha visto el pasar de Santiago, justo donde todo comenzó. Y ha acompañado su evolución a través del tiempo. Todo igual hasta nuestros días, en que sus más de 400 habitantes (excluyendo a la población flotante) son la representación visible de un Chile no tan oficial, tal vez más inclusivo, de una ciudad que a veces es capaz de hacer convivir desde los usos cotidianos hasta las culturas, lenguas y razas que cohabitan en la metrópoli.

Plaza de Armas desde el interior

Desde la calle

El diseño es de 1870, obra del arquitecto inglés Hovender Hendry, en una época en que lo británico tenía mucha presencia en la cultura chilena. De este modo, Hendry, como muchos otros europeos de la época, proyectaron el Santiago ya independizado y le dieron la forma que ellos consideraban adecuada según sus propios gustos. En este caso, hay un claro homenaje al neoclasicismo anglo-francés. De ahí la fachada de dimensiones palaciegas pero con una mixtura de usos muy latinoamericana. Por ejemplo: ¿dónde más se puede ver eso de que la planta baja de un palacio sea destinada a locales comerciales, populares, y los pisos superiores a una sucesión de distinguidos hoteles?

Y hay que decir que esta total rareza funcionó bastante bien durante todo el resto del siglo XIX e inicios del XX, convirtiéndose rápidamente en uno de los edificios emblema de un Santiago pujante que miraba a Europa con admiración de niño.

Desde la calle

Acceso a galerías comerciales

Posteriormente, alrededor de 1929 y en concordancia con las crisis internacionales, el edificio entra en franca decadencia. Pero su evidente deterioro, que lo llevó primero al cierre, luego se convirtió en una buena oportunidad de renovación, que fue encargada a dos figuras consulares de la arquitectura de la época: la dupla padre-hijo Josué Smith Solar y José Smith Miller. Ellos le dieron la apariencia que conserva hasta hoy, proyectando un edificio más alto que el anterior, y con la introducción de elementos neoclásicos y modernos en su fachada, que evidencian la cercanía de sus creadores con la corriente imperante de aquella época pre-moderna: el art decó.

Este chorro de aire fresco hizo del edificio un referente de la bohemia de los años 40´y 50′, una especie de foco cultural de la época. Al mismo tiempo, a medida que el edificio ganaba en prestigio, despertó el interés de algunos ciudadanos de vivir ahí, lo que dio paso al progresivo ingreso de residencias permanentes que se entremezclaron con la antigua hotelería, abriendo un largo proceso de diversificación de usos que, hilando fino, determinó su funcionamiento hasta el nuestro tiempo.

Hoy es un edificio multicultural, plagado de hostales, departamentos, peluquerías, prostíbulos, oficinas, cocinerías y bodegas. Muchos de los antiguos departamentos fueron fragmentándose en pequeños dormitorios, residencias temporales divididas por cortinas y tabiques sin aislación. Incluso los antiguos ascensores de cargas y las bodegas se han convertidos en improvisados departamentos donde cohabitan personas. En esta super mezcla el concepto de adaptabilidad de un edificio se ha puesto en juego y se convierte en una paradoja eso de ver pobreza y hacinamiento entre medio de escaleras de caracol, pisos de mármol y puertas de roble.

Escaleras 

En el exterior y como muchos otros edificios del centro de Santiago, su primera planta es de galerías. Pasajes que atraviesan las manzanas compactas y estructuradas y permiten una nueva forma de habitar el espacio público, abriéndose a una ocupación más libre entre edificios, a la extensión del paso del visitante e incluso al atajo entre edificios. Su pasaje principal es famoso por sus fuentes de soda, locales de comida rápida y, especialmente, por su gastronomía típica. Incluso hay quienes dicen que el clásico completo chileno se originó ahí. Son locales pintorescos, siempre abarrotados de visitantes que día a día habitan temporalmente el edificio en su planta baja.

Un poco más allá, al interior de esta planta pública, aparecen las galerías; pequeños puestos de variados servicios, más vacíos que los de la entrada y que albergan todo lo imaginable que se puede encontrar en un solo lugar. Desde una escobilla para pies hasta un anillo de oro.

Pero volvamos al interior.

Pasillos interiores

Pasillos altos, amplios, fríos, vacíos y que provocan algo de temor producto de su poca luz que apenas deja ver una arquitectura de lujo, el art decó que siempre tiene algo para encantar a quien lo descubre. Aquí dentro se despierta una curiosidad morbosa y se develan realidades representativas de los grandes problemáticas sociales que caracterizan a la ciudad, justo en su corazón.

Un ejemplo es el del amplio hall de distribución del segundo piso, en que basta con quedarse unos minutos para notar inquietas puertas que abren y cierran incesantemente, y el movimiento de hombres que se mueven apurados y tratando de disimular el porqué de su presencia. Es tanto así que en los medios a veces se le califica como el ‘Portal del Sexo’, ya famoso por la presencia de prostíbulos, que han dado paso a una serie de consecuencias negativas como redadas por drogas, robos y baleos. Todo esto conviviendo con personas comunes y corrientes que todavía viven ahí.

Todo un mundo que subyace en plena cotidianeidad del ajetreado centro de Santiago, en uno de los edificios que más conserva memorias y que es tan representativo de la forma en cómo se ha ido construyendo Santiago, con esos aires aristocráticos pero venidos a menos.

Desde el interior de un departamento hacia la Plaza de Armas

Ahora, después de más de treinta años continuos de estos factores coexistiendo, pocos han sido los cambios logrados por los actores involucrados. Las normativas municipales son añejas y carecen de iniciativas con verdadera capacidad de cambio. Existe un comité de administración que está solo, sin apoyo e impulsando acciones que pocas veces son ejecutables para resolver el caos, pues nadie más parece interesado en salvar de la debacle a un edificio que debiera estar en la galería de nuestro orgullo patrimonial.

Lamentablemente, hoy su futuro es incierto y la paciencia se agota.

Los problemas del Portal Fernández Concha, mirados desde su raíz, encarnan el corazón de una sociedad sin brújula y van a perdurar mientras nos acordemos que así no más es la realidad y que el patrimonio es sólo una parte de los miles de problemas que necesitan una solución urgente en Chile. Pero este edificio es un caso de estudio digno de detenerse, más allá de que sea una joya de siglos pasados que merece esa atención, hay demasiados temas sociales pendientes que aquí encuentran su centro. Y es que está viva aquí la oportunidad de mirar cómo funcionamos verdaderamente detrás de nuestras fachadas, para  ver si desde ahí, quitándonos las máscaras, podemos comenzar a construirnos como sociedad.

— 

Texto: Carolina Briones + José Pablo Guzmán

Fotografías: Carolina Briones

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *