PUNKS EN EL AGUILUCHO

por Raimundo Gutiérrez – @radioerrante | *Para Santiago Adicto – @santiagoadicto

A fines de los años 50’ y principios de los 60’ en Chile, una generación empezaba a tener voz a través de movimientos político-estudiantiles y los no pocos espacios culturales abiertos. Manifestaban un profundo cuestionamiento de lo normado en el terreno valórico, moral, sexual, político, social, etc., exigiendo cambios. Fue un proceso al alza hasta que, como todos saben, en septiembre de 1973 se interrumpe de forma violenta por la irrupción un nuevo régimen autoritario que, entre otras cosas, instaló sus ideales totalitarios bajo el concepto de “reconstrucción nacional’.

A partir de ahí, los espacios de expresión quedan reducidos únicamente a aquellos que adhirieran al nuevo régimen o que, individualmente, reivindicaran una visión nacionalista y conservadora del acontecer artístico. Mientras tanto, a través de la censura y la violencia, el autoimpuesto gobierno va eliminando parcialmente aquellas demostraciones culturales que significasen cualquier tipo de “alzamiento del legado marxista”.

Producto de esto, más evidente a fines de los años 70’ y luego de aplacados los ánimos, comienza a circular abiertamente en la opinión pública la idea de que el país estaba viviendo una crisis cultural producto de la opresión de la dictadura, tema que se transformó en una suerte de impulso creativo para intelectuales, músicos y artistas que vivían su exilio en Europa y que, imposibilitados de poder actuar desde sus posiciones, crearon un movimiento de lucha a la distancia para ayudar a recuperar la democracia desde sus oficios.

El ejército se toma La Moneda, septiembre 1973

Consciente de esto, la Dictadura se esmeró en hacer campañas comunicacionales que señalaran que tal apagón no era real, mostrando a través de los medios ciertas actividades culturales manejadas desde el poder, con la obvia introducción de sus reglas y principios. Así, como si nada, en 1980 se declaró resuelta la crisis en este ámbito. La crítica obvia que venía desde el verdadero mundo del arte sobre la dramática aniquilación de todo tipo de expresiones, que duraron hasta el fin de la dictadura, eran salvadas atribuyéndose a slogans de la izquierda para desprestigiar al régimen.

Sin embargo, a pesar de los esfuerzos y las medidas de control del gobierno para erradicar este tipo de manifestaciones subterráneas, no tardó en aparecer un impulso juvenil expresado en grupos de acción subversiva que intentaba hacer lo suyo a través de la música, arte y otras expresiones que les permitieran canalizar el descontento social de aquella época.

Ellos, a diferencia de quienes hacían oposición desde la militancia o la filiación a movimientos como el Canto Nuevo, personificados en un mundo adulto de ánimo victimizante, intentaban demostrar que la resistencia no se podía hacer a través de una vía pacifista, si no que ésta debía ser provocadora y accionaria. Uno de esos movimientos fue el punk, surgido espontáneamente desde la rabia de un grupo de jóvenes que se sentía tan marginal como aislado, ajenos a un mundo que desconocían dadas las barreras impuestas por la dictadura y que apenas llegaba en discos y videos pirata con aquellos que tenían la suerte de viajar.

Pinochet Boys (©Bernardita Birkner)

Dadá

Corría el invierno del año 1986. Los integrantes de una de las bandas emblemas de la precaria escena punk local, provocativamente autodenominados Pinochet Boys, organizan en conjunto con otras agrupaciones un encuentro para reunir en un sitio a todo ese mundillo de “raros” y desamparados que pululaba en grupos escasos por la noche santiaguina. Para eso se consiguen un galpón perteneciente al Sindicato de Taxistas en la intersección de Avenida Holanda con El Aguilucho, en la comuna de Providencia, y dan forma a un festival autogestionado que denominan rimbombantemente el “Primer Festival Punk” capitalino.

Los problemas para lograrlo no fueron menores. Como ejemplo, la llamativa elección de la locación –un barrio residencial, tranquilo y lejos de la escena habitual– fue, en parte, por la idea de que al encontrarse el galpón en un barrio más acomodado, pensaron ellos, el arrendatario no se haría problema para pasarles el lugar y la policía no sospecharía lo que se estaba fraguando al interior.

Esquina de las calles Holanda y El Aguilucho, Providencia

Casa esquina Holanda con El Aguilucho

El barrio El Aguilucho fue llamado desde su fundación en 1896 como ‘Población Obrera San José’ y perteneció a la comuna de Ñuñoa hasta los años 70’. Ahí se gestó casi involuntariamente uno de los experimentos urbanos más interesantes de Santiago, y es que sus pequeñas calles con casas de fachada continua, entremezcladas con almacenes de baja escala, vulcanizaciones y antiguas fábricas, quedó suspendido en el tiempo, aislado y lejos de todo hasta que lo alcanzó la expansión de Providencia, cambiando de paso de jurisdicción. Y ahí quedó hasta el día de hoy, conviviendo con los distinguidos y clásicos barrios como El Bosque, Pocuro y Ricardo Lyon.

Resulta bastante llamativo que el barrio El Aguilucho sea actualmente uno de los pocos sectores de Providencia que ha podido mantener su carácter desde el origen. Todo pese a la llegada de las inmobiliarias que han arrasado con algunas de las mejores esquinas de la comuna. Aquí todavía es posible encontrar antiguos locales de restauradores, mueblistas y anticuarios, que sumados a las nuevas tiendas de diseño y oferta gastronómica, se ha convertido en un atractivo polo cuyo potencial está aún en proyección.

Fachadas en calle Holanda y El Aguilucho

Volviendo al tema en cuestión, el mentado festival logró realizarse y participaron en él desde bandas punk y new wave hasta colectivos artísticos que presentaban performances, e incluso gente ligada el mundo de la literatura y el cine.

Uno de ellos fue el colectivo llamado ‘Contingencia Sicodélica”, quienes presentaron una pintura sobre un cartón de unos 8 x 4 metros como telón de fondo al escenario, que retrataba con látex fosforescente algunas ideas sobre la actualidad política y la escena rockera de aquellos días, entre signos de anarquía e insultos en inglés. Debido a la efervescencia de los asistentes la pintura fue completamente destruida, mientras los artistas solucionaron todo lanzando pigmento amarillo en polvo al público.

Todo esto entre medio de peleas, vociferaciones extrañas en los micrófonos y estridentes sonidos salidos de las guitarras y otros instrumentos indeterminados que formaban una masa sonora espesa y apocalíptica. De punk al estilo inglés poco y nada, pero sí la actitud: el ruido ensordecedor, los gritos y los golpes se transformaron en un retrato lo más parecido a como se sentían ellos frente al modelo instaurado en esos tiempos.

Afiche del evento (Libro Pinochet Boys, Chile 1984-1987)

En una nota al pie de página del libro “Underground en Dictadura” (Libros la Calabaza del Diablo, año 2009) de Leonardo Aller, guitarra de los Dadá, detallan un poco más de este suceso: Para ese Festival Punk llegué de público. Me subí a tocar, era un caos: se subía cualquiera arriba del escenario”, recuerda Rodrigo Hidalgo, de Dadá. “En esa época nadie sabía tocar mucho. Los Pinochet Boys se subían y hacían cualquier cosa. Índice de Desempleo me parece que hicieron dos o tres temas”, agrega Cristián Azócar de Zapatilla Rota. “La verdad, tocamos dos temas. Cada grupo tocaba eso, quince minutos. Estábamos empezando”, coincide Cristián Millas, de Índice de de Desempleo. Azócar “Lo organizamos entre todos. Después de que armamos el escenario jugamos un partido de fútbol. Estaba la Zapatilla Rota por un lado, y por otro los Pinochet Boys, los Dadá, los Índice de Desempleo”. Millas: “Todos los punks contra los hippies. Nosotros éramos todos pelados. La pichanga la ganamos los punks”.

Pinochet Boys en vivo en el 1er Festival Punk, Santiago 1986 (©Gonzalo Donoso)

Hoy el barrio permanece tal y como si el festival hubiese sido ayer. Los mueblistas con sus sillas en la vereda, el almacén de adobe con el letrero pintado a mano en la pared, las cortinas de las casas cubriendo la intimidad de los dormitorios que dan justo a la calle y un mercado como sacado de otro tiempo demuestran que esta cara oculta de los márgenes de Providencia no ve pasar los años. Y a pesar de que ya no está el antiguo sindicato, aunque probablemente sí el viejo edificio, lo que encontramos hoy en esa esquina podría perfectamente ser el escenario de esa noche, intocado. Sólo faltan las cabezas rapadas, los mohicanos, las vestimentas estrafalarias y el derroche de un espíritu que ya no está, pues sólo le pertenece a esa época.

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Texto: Raimundo Gutiérrez 

Fotografías actuales: Gonzalo Schmeisser

Fotografías de archivo: Bernardita Birkner y Gonzalo Donoso

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