Un 1 de septiembre de 1952 salía al mundo una de las novelas fundamentales en la historia de la literatura, de esas que todos debiéramos leer alguna vez en la vida: El viejo y el mar.

En ella, un avejentado y barbudo Ernest Hemingway, nos entrega un sencillísimo pero significativo relato sobre lo que significa la vida de un ser humano en la tierra (o en el mar). En al rededor de 100 páginas, el notable escritor estadounidense narra las peripecias de un viejo pescador (Santiago) y el desafío de atrapar al pez más grande del caribe, algo que – en su ideal – podría traer de vuelta sus mejores días.

Aquel enorme pez se transforma en su leitmotiv, el único hecho que le da sentido a su existencia, hasta hace algunos años mejor.

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Hemingway escribiendo en Cuba

Lo trascendental del texto es que con esa breve reflexión – un viejo solitario intentando pescar con una caña algo de esa gloria que se fue – Hemingway nos quiere hablar de cuatro principios básicos con los que se puede definir una vida: la soledad, la perseverancia, la lucha y la amistad. Todo arriba de un barquito en medio del paisaje del caribe.

Se quiera o no, el relato no es más que eso. Una parábola sencilla pero con una enorme moraleja: la vida es un constante ir y venir, una lucha eterna en que cada batalla merece ser peleada.

Hemingway – personaje absolutamente fascinante – dividió su vida en tres: primero la del ‘good american‘, hombre rudo, aficionado a las armas y al box, que se fue de puro macho a pelear en la primera guerra mundial y salió herido a bala pero curtido, maduro a la fuerza; segundo aquella etapa parisina, conectada con la elite cultural de la época, ultra bohemia, repleta de alcohol, pero donde vio florecer su aguda inteligencia; y una tercera en Cuba, más solitaria pero repleta de alcohol igual (recordar esa frase suya: “Mi mojito en La Bodeguita, mi daiquirí en El Floridita”), siempre conectado pero con la naturaleza, dando largos paseos solitarios por las sierras y pasando días completos arriba de su barco llamado ‘Pilar’, sin hablar con nadie, escribiendo cartas con los pies en el agua.

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Hemingway arriba del ‘Pilar’ con su hijo Bumby

Y es quizás esta última etapa la que más lo marcó en cuanto a su imagen, ya que en el imaginario colectivo Hemingway es un hombre de mar. Y no nos equivocamos tanto al decirlo, él mismo se refiere al paisaje cubano y a su mar como determinantes en su obra, el único lugar del que no se separaría jamás:

“El paisaje cubano influyó en mi obra en el sentido más directo (…) ejerció gran influencia en mi vida y en lo que yo intenté hacer en la literatura. En particular el mar de la costa norte de Cuba, en donde hay gente tan noble y aún más noble que la que yo intenté describir en ‘El viejo y el mar’ (…) Los pescadores de Cojímar son cosa seria”.

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Hemingway de pescador

Hemingway en aquella etapa marina no necesitó para ser feliz nada más que su clásica libreta Moleskine, su botella de ron, un pequeño barquito a vela y el viento salino que venía desde el atlántico que, mezclado con el abrasador sol tropical, hacían de sus días un curioso mix de literatura y sudor de ron, aderezado con una pizca del siempre increíble paisaje americano.

Sólo con eso se terminó de construir a sí mismo, y que nos sirva de lección. ¿Necesitamos realmente mucho más que eso para construirnos a nosotros mismos?. En caso de dudas, no olvidemos esa hermosa frase que el mismo Hemingway dejó para la posteridad: ‘el hombre que ha empezado a vivir seriamente por dentro, empieza a vivir más sencillamente por fuera’.

Texto: Gonzalo Schmeisser

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