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Lucía Berlin: la felicidad es una pistola caliente

 

Oscuramente encandilada por la luminosidad de la vida, Lucía Berlin vivió para contar la epifanía de estar viva y padecerlo al mismo tiempo. Para entregarse a esa paradoja no tuvo más armas que la palabra como la escofina que talla la corteza de una madera dura pero moldeable.

Escribió para recordar, incluso cuando todavía era muy joven y los recuerdos eran escenas vivas de algo que le estaba ocurriendo ahí mismo. Los hijos, los maridos, el jazz, los viajes, la droga, el alcohol, los paisajes, las ciudades. Y después escribió tarde, cuando los recuerdos eran recuerdos de verdad y se dio cuenta que nadie dueña de una existencia así de novelesca podía guardársela.

Escribió pero fue reconocida tarde, como buena parte de los genios que escriben o que pintan o que esculpen y que son mucho mejores cuando ya no van a molestar más: Van Gogh, Matta-Clark y mejor no seguir porque la lista es muy larga.

Lucía y su hijo David en Albuquerque, 1963

Hay que dejar en claro un dato: empezó en serio tarde, cuando ya no tuvo que hacer todo tipo de trabajos para alimentar a sus cuatro hijos: fue enfermera, mucama, profesora, telefonista. Por mientras escribió poco, más entregada a vivir cada experiencia con una disposición vital y una profunda consciencia de que los fenómenos más cotidianos de la vida son lo suficientemente espectaculares como para rellenar novelas completas y vender miles de copias. Una vida vivida a medio camino entre la valentía y el pánico, que aplacaba con litros de vodka y whisky como intuyendo que su fragilidad necesitaba un ansiolítico poderoso para no doblarse ni colapsar ante el influjo de la circunstancia.

Muchas vidas en una sola mujer, que de Alaska se fue al corazón minero de Estados Unidos y de repente aterrizó en Santiago para vivir una vida prestada entre cortinajes franceses, muebles Luis XIV y un jardín con tres jardineros que podaban y regaban flora nativa frente a la iglesia El Bosque. Una vida de colegio privado, glamour y fiestas con embajadores en la mansión que habitó en Hernando de Aguirre con Las Dalias casi solo por su porte y sus ojos azules, mientras su madre no era capaz de levantarse de la borrachera en el segundo piso.

Y de repente Lucía cae en México, después de dos divorcios y casada otra vez con un músico de jazz encantador pero adicto a la heroína. Ahí vivió en una casa con piso de arena, sin muros y con techos de paja que se volaban con el viento. Días soleados, de niños sin polera ni zapatos, tardes frente al mar donde a veces bajaban a pescar con lanza y asaban el almuerzo a leña, mientras el marido se pinchaba el brazo en el baño.

Casa en Yelapa, México

Y mientras todo eso ocurre, la arquitectura está siendo narrada y construida con la prosa como escuadra. Hoteles, casas de apuestas, mansiones, comisarías y botillerías en medio de la noche. La casona de Santiago y la choza de Yelapa en México.

Lucía escribió sin gastar palabras en delinear la vestimenta ni los movimientos ni la luz del horizonte y menos en las palabras de quienes animan sus relatos, tan reales como honestos: madres alcohólicas, maridos desaparecidos, vecinos cuchicheando y un sinfín de idas y vueltas por las Américas. En sus letras es la arquitectura la que cuenta, la que arma, contextualiza y dramatiza. Así como no lo hace ella con su propia y doliente vida, a la que parece mirar con distancia, sin autocompasión. Es la casa lo que importa, el espacio habitado, las vigas de madera y los pisos de linóleo, los marcos de las ventanas, los antejardines floridos, el viento que se cuela por las rendijas, los muros de tierra, la luz de la mañana y el polvo que hay que barrer de la cocina después de las seis en el desierto.

Escenas de una vida familiar, Albuquerque

Leyéndola queda claro que fue feliz a pesar de que todos saben que la felicidad es una pistola caliente y a pesar de estar siempre rodeada de tragedias. Para entrar en ellas no hay mucho más que los tres libros publicados en español hasta ahora, dos compilados de cuentos increíbles y muy autobiográficos –en que la fábula es la pieza que usa para completar los vacíos de la memoria– y un compilado de crónicas breves sobre las casas en las que vivió.

En este último es donde mejor construye, como arquitecta de la palabra, los espacios físicos que reúnen los actos de la vida. Relatos breves como postales de una vida adornada con hechos mínimos que ocurren entre cuatro paredes, el espacio nutrido con lo que acontece adentro. La vida misma, básicamente.

Un ejemplo. Una casa de clase media en Albuquerque, Nuevo México. Un marido indolente, iletrado, escultor y bohemio, que no le habla y que decora la casa a su antojo, con objetos que ella no habría puesto. Ella, muda. Un hijo chico ignorado por el padre. Un mal día queda embarazada del segundo hijo. El tipo se va. Ella, muda. Levanta las cortinas, descuelga cuadros y pone mantas mexicanas sobre los muebles modernos del marido retirado. Se suelta el pelo, se hace dos trenzas, se sirve un vaso de vodka, pone a Big Joe Turner en el tocadiscos y se sienta a leer con los pies sobre la mesa. La puerta se abre de golpe. Es el marido que vuelve porque el auto se echó a perder a las dos cuadras. Ella, muda, prende un cigarro y sigue leyendo.

De la autora en español:

  • Manual para mujeres de la limpieza (Alfaguara, 2016)
  • Una noche en el paraíso (Alfaguara, 2018)
  • Bienvenida a casa (Alfaguara, 2018)

Texto: Gonzalo Schmeisser / Imágenes: Libro ‘Bienvenida a Casa’

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