Espacios naturales protegidos: cohabitando el territorio

 

El promedio de existencia de una especie en el planeta Tierra varía entre 7 a 8 millones de años; el origen de nuestra familia de homínidos se remonta 2 millones de años antes del presente y la edad del ser humano como Homo sapiens es de aproximadamente 200.000 años. El 95% de nuestra presencia en el planeta hemos sido recolectores y cazadores, directamente relacionados con diversos organismos y elementos de la tierra, momento en el cual aún no poseíamos mayor control de nuestro ambiente y su futuro. El siguiente 5%, hemos sido capaces de constituir una sociedad agrícola, dado que durante la época geológica conocida como “holoceno” se estabilizó el clima y la temperatura y comenzamos a ejercer mayor control sobre la energía de plantas y otros animales, con incipientes prácticas de domesticación vegetal y animal. Algunos grupos humanos lograron hace 10.000 años conformar los primeros asentamientos demográficos más densos de nuestra especie: las ciudades e imperios. Pronto estuvimos en guerra por el control de territorios y recursos. Hasta ese momento, se podría decir que aún vivíamos en una sociedad inserta dentro de los límites ecológicos del planeta. Luego, en el 0,1% de nuestra existencia, a partir de la industrialización, nace una dependencia casi absoluta de las máquinas y los procesos automáticos, además de una creciente fe en la ciencia.

En los últimos 200 años, la vida del ser humano ya no depende tanto del clima, las estaciones y sus consecuencias. Ahora nos pensamos capaces de controlar el futuro a partir de la transformación de energía y materia. De este breve análisis, se puede hacer la siguiente analogía: considerando nuestra corta edad como especie en la tierra, somos unos jóvenes aprendices de sus dinámicas, y hasta ahora, parece estamos reprobando la clase de supervivencia planetaria.

Nuestro siglo XXI es el primero en la historia del planeta en que el riesgo más grande de la extinción del humano y de muchas otras especies viene de la humanidad [1]. Se estima que nos encontramos en la sexta extinción masiva que ha experimentado la Tierra. Por otro lado, se ha podido ver que el escenario estándar (seguir sin hacer nada [2]) del Informe de los Límites del crecimiento (club de Roma 72’) tiene un nivel de predictibilidad alarmante. Entonces surge la pregunta ¿seguiremos haciendo lo mismo? Por el bien del planeta y sus habitantes, la respuesta debe ser un enfático NO.

Reserva Jeinimeni (futuro Parque Nacional Patagonia), Chile | © Tomás González

El cambio es inevitable, el colapso es un proceso que ya comenzó. Ahora más que nunca necesitamos ser capaces de romper las barreras que nos hacen sentir separados de la naturaleza. Dentro de algunas barreras podemos mencionar: (a) modelo de conocimiento científico basado en la dicotomía occidental entre cultura/razón y naturaleza/emoción, (b) el modelo económico neoliberal y (c) el modelo tecnológico. Es oportuno un aterrizaje forzoso, no sólo por el bien de nuestra especie, sino por la supervivencia de nuestro gran hogar, el planeta Tierra, el cual tiene límites que estamos desafiando. Para eso, necesitamos cuestionar la actual viabilidad ética y ecológica de nuestras ideas de libertad, familia, desarrollo, crecimiento, educación, propiedad privada, emancipación y progreso. Es prioritario un giro en el enfoque epistémico, en que la ciencia vuelva a estar al servicio de la vida y no a los deseos de los grupos de poder. Vislumbramos alternativas, como un futuro decrecimiento económico a partir de principios de austeridad y bienestar para permitir la vida presente y futura sobre el planeta (vivir mejor con menos).

En este sentido, es clave entender la enorme red de interacciones socioambientales, donde la desigualdad y el crecimiento económico (crisis social) repercuten directamente en nuestro entorno (crisis ambiental). Si no cambiamos nuestra relación con el ambiente, al amenazar nuestra propia existencia y la de muchas otras especies, difícilmente vamos a lograr una integración con los sistemas naturales.

Área de Conservación Privada «Gotas de Agua» Jaen, Perú | © Ariane Claussen 

Gran parte de la biodiversidad del planeta se encuentra amenazada con la extinción, y lo que está en riesgo se vuelve valioso. El reto, por lo tanto, es generar una conservación sensata de las áreas protegidas y otras figuras e instrumentos de conservación, entendiendo que los deseos de proteger un determinado espacio nacen de la distintas formas de percepción valórica de una sociedad sobre su entorno, lo cual depende en gran parte de sus experiencias y emociones. Ahí está el rol de la cultura, donde la educación determina en gran parte cómo se percibe la naturaleza. Desde pequeños se nos enseña a pensar que “nosotros humanos” estamos separados de la naturaleza. Esto ha desencadenado que gran parte de la gestión de los espacios naturales protegidos sea a partir de una mirada reduccionista, generándose verdaderos parques-fortaleza, donde comunidades locales de humanos son expulsados de su tierra de origen por ser considerados destructivos para el área “prístina” que ha de protegerse [3].

Al igual que la educación, la salud y la agricultura; también las áreas protegidas y su forma de entender y gestionar el territorio replican el modelo económico vigente. Si analizamos el actual modelo de gestión de espacios naturales protegidos, se podría decir que son parte de la injusticia y placebos para la sociedad (al igual que una aspirina: es necesaria para aliviar los síntomas, pero no ataca el problema), en donde a pesar de las inequidades socieconómicas, mientras el fin de semana sea posible visitar parques naturales para relajarnos y olvidarnos del sistema de trabajo y deuda, todo estará bien. En este sentido, la ciencia puede ser una herramienta de comprensión del valor y la validez del conocimiento local, muchas veces extraño para los habitantes de las ciudades occidentales, así como para planificar a partir de una gestión sistemática y consciente de las estructuras de poder de los actores institucionales y territoriales. El problema es que pocas áreas protegidas (por lo menos en Latinoamérica) cuentan con los mecanismos mínimos para dialogar con otras formas de conocimiento y generar los estudios necesarios para entender los procesos y ciclos claves del territorio. Hay que dirigir el conocimiento para dar solución a los problemas ambientales actuales y que se consideren investigaciones recientes que identifiquen relaciones claves en los ecosistemas, como por ejemplo; las redes de micorrizas entre comunidades vegetales[4] y las nuevas formas de comprender el clima [5]. Las preocupaciones y aportes científicos que ven la diversidad biológica como una característica macroscópica de los ecosistemas son diferentes al enfoque y prioridades en las estrategias actuales de conservación de la biodiversidad, ya que conservar hábitats no es lo mismo que conservar procesos.

Lago Riñihue y nacimiento del río San Pedro, Chile | © Daniel Casado

Es decir, para una estrategia óptima, deberíamos abordar los problemas y también oportunidades desde distintas escalas ecológicas, a nivel de genética, de especies, de ecosistemas y macroecosistemas, siempre considerando que estos sistemas están interactuando entre sí, nunca aislados. Ante esto, nos preguntamos ¿qué queremos conservar: la diversidad de las especies,  la funcionalidad y procesos, o ambos?

Una manera de aproximarnos al territorio es la de paisaje, sus relaciones (conectividad) y los procesos de fragmentación. La definición [6] que nos plantea Fernando González nos permite visualizar los dos tipos de paisaje, el horizontal (procesos ecológicos, conectividad biológica y la relación de productividad y biomasa) y el vertical (conecta la estructura socioeconómica con el territorio). El paisaje se genera de la red bidireccional (interacción constante y recíproca) entre naturaleza, conectividad y espacios naturales protegidos y su relación con los procesos culturales, que a su vez generan una traducción a la idea de paisaje que determina su valoración y, por ende, las decisiones que se tomen.

Una gestión y planificación eficiente del territorio adquiere relevancia, ya que conservando el patrimonio natural y cultural, es posible generar bienestar social a través de las áreas protegidas. Un buen gestor debe reconocer que el ser humano es un elemento dinamizador desde dentro de los sistemas ecológicos y no perturbador desde afuera. Es alguien que sabe priorizar según principios y criterios, es capaz de leer las señales, tiene un espíritu crítico y visión sistémica y sabe que la gestión de las áreas protegidas es un arte en que hay que plantearse buenas preguntas y planificar e implementar las mejores respuestas.

 Gestores del territorio en Paso del Mango, Colombia | © Ariane Claussen

Bajo nuestra mirada, las óptimas áreas protegidas deben ser espacios organizados, integrados dentro de la planificación territorial, de tal manera que den la oportunidad a más seres que puedan verse beneficiados de ellas. Su existencia no es independiente de lo que sucede fuera de ellas, por lo que es clave lograr una correcta zonificación según grados de naturalidad dependiendo de la perturbación, los procesos ecosistémicos y los objetivos locales y regionales existentes. Los espacios naturales protegidos deben ser espacios de equidad y poseer núcleos con un alto nivel de biodiversidad y otros que puedan sostener pequeñas perturbaciones para comenzar a generar una red de conservación que converse y potencie los usos humanos y permita la vida de las demás especies.

Es necesario un cambio del relato cultural hegemónico, donde nuestra presencia en el planeta no solo sea vista como una serie de perturbaciones negativas, sino que consideremos los espacios naturales protegidos como una oportunidad de convivencia con otras especies y bienestar para el ser humano. Las áreas protegidas pueden funcionar como catalizadoras del desarrollo local, la participación desde las bases en la gestión y el amor por el territorio. En este sentido, para integrar al humano y la naturaleza, es posible mantener espacios sensatamente intervenidos, visualizando su sostenibilidad como referencia. La tragedia de los bienes comunes [7], imposibles de ser manejados de manera comunitaria si no hay una regulaciones externas, se ha visto refutada por casos empíricos observados en las investigaciones de Elinor Ostrom [8], quien ha registrado que a partir de la comunicación entre los actores locales, es posible determinar formas de control, respeto y distribución equitativa de los bienes comunes del territorio. Un manejo multifuncional de los paisajes que combine conservación de la biodiversidad, producción de alimentos y mantenimiento de servicios ambientales es un posible comienzo [9] para desde la gestión local, tener repercusiones a escala global.

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Citas y notas

[1] Martin Rees (2004). Our Final Hour: A Scientist’s Warning. Basic Books: New York.

[2] Si se mantienen las tendencias actuales de crecimiento de la población mundial, industrialización, contaminación ambiental, producción de alimentos y agotamiento de los recursos, este planeta alcanzará los límites de su crecimiento en el curso de los próximos cien años. El resultado más probable sería un súbito e incontrolable descenso tanto de la población como de la capacidad industrial. (D.L. Meadows y otros, Los Límites del Crecimiento, 1972)

[3] Kareiva, P. & Marvier, M. (2012). What is conservation science? BioScience, 62(11): 962-969.

[4] Gorzelak MA, Asay AK, Pickles BJ, Simard SW. 2015. Inter-plant communication through mycorrhizal networks mediates complex adaptive behaviour in plant communities. AoB PLANTS 7: plv050; doi:10.1093/aobpla/plv050

[5] Sheil, D. (2014). How plants water our planet: advances and imperatives. Trends in Plant Science, 19(4): 209-211.

[6] Los materiales, las formas, los procesos, el agua, la vegetación, la fauna, los pueblos, las infraestructuras, los espacios agrícolas, etc., no se contemplan como partes diferenciadas sino en bloque. Este bloque sintético aparente del sistema territorial es lo que se manifiesta de forma perceptible y se hace paisaje cuando un sujeto lo percibe; tenemos, por tanto, lo que se manifiesta, fenosistema, y lo que subyace, criptosistema (flujos, tramas) (BERNÁLDEZ, 1981). http://oa.upm.es/10931/1/INVE_MEM_2010_100895.pdf

[7]  Hardin, G. (1968). The Tragedy of the Commons. Science, 162(3859): 1243-1248.

[8] Ostrom, E. (2009). A general framework for analyzing sustainability of social-ecological systems. Science, 325: 419-422.

[9]http://blog.cifor.org/48375/si-mas-agricultura-menos-bosques-se-puede-alcanzar-la-seguridad-alimentaria-sin-deforestacion?fnl=es

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Autores: Ariane Claussen – Tomás González – Jens Benöhr

Category: Artículos
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