¿Conoce usted el edificio de la CEPAL?

*Para Santiago Adicto – @santiagoadicto 

Hablar de consenso en arquitectura es como hablarlo en política: un ejercicio casi imposible. Al ser la arquitectura una disciplina que trabaja con la creación de objetos funcionales pero que deben entrar a jugar a la complicada cancha de lo estético, los parámetros con que se la mide -y se la juzga- dependen siempre del ojo que la observa. Más aun, detrás de ese ojo se oculta la gran mochila cultural que carga el observante, es decir su formación, sus influencias, sus ideales. Todo eso que nos arma y que terminamos llamando gusto.

Todo objeto de arte está sometido a esa dictadura híper-personalista. Yo, yo y yo. No estaremos diciendo nada nuevo al constatar que la pieza de arte más bella para alguno puede ser el insulto más horroroso para otro. No es una cuestión de egolatría -valga defender a la raza humana-, juzgar de uno u otro modo es una conducta imposible de soslayar, como tener hambre o sueño. Viene con nosotros y no vamos a ser capaces de cambiarlo, por lo tanto nunca nos pondremos de acuerdo. No vale la pena siquiera intentarlo.

CEPAL | GS

Toda pieza de arquitectura está también sometida al juicio del gusto personal. Ninguna obra se lleva aplausos desde galería y platea. Todas son criticables y está bien que así sea, pues hay que mantener el equilibrio de la vida.

Pero como toda regla tiene su excepción que la confirma, en Chile, para los chilenos -más bien para los arquitectos chilenos-, un edificio se acerca bastante al ideal común de la obra perfecta, que sintetiza y sintoniza con los gustos personales de la mayoría y es capaz de ponerse al medio de la discusión sin salir herido. Ese edificio es el de la Comisión Económica para Latinoamérica y el Caribe, más conocido como CEPAL.

Mural de las manos | CM

Volumen nuevo | CM

Puede ser que a alguien no le guste su excesiva honestidad hormigonada o que alguien critique sus frías fachadas desprovistas de estucos y terminaciones; puede ser que alguien no entienda el gesto de guardar los verdes jardines adentro, dándole a la ciudad sólo rejas y estacionamientos; puede ser que alguien se ría del volumen achatado que sobresale desde el centro y que parece imitar infructuosamente al cerro Manquehue; puede que alguien confunda la pieza volante que marca el acceso con un sencillo toldo; puede ser que alguien no comprenda que la sede de las Naciones Unidas en Latinoamérica tenga un edificio así de modesto, tan horizontal que es casi invisible desde la calle, en vez de levantar una mega torre vidriada como la de Nueva York.

Interiores | CM

Interiores | CM

Todo lo anterior tiene algo de sentido si se mira el edificio como se mira un atardecer, pero deja de tenerlo si somos capaces de ver que cada uno de esos gestos responde a un propósito mayor, intencionado y hecho con rigor. Emilio Duhart, insigne arquitecto chileno de origen francés, concibió esta pieza -con todo lo anterior- así, a propósito.

Jardines interiores | GS

El hormigón a la vista está desnudo para honrar el origen de sus piedras, pues todo el material fue extraído del contiguo río Mapocho. Los patios interiores y sus jardines de especies representativas de los climas de Chile, así como su planta cuadrada vaciada al interior, son un homenaje a la casa chilena y a la medida de la manzana que legaron los españoles en nuestras ciudades.

Caracol + Tallados de la historia americana | GS

El caracol central que se yergue hacia el cielo no sólo dialoga con la geografía cordillerana de Santiago, también es un homenaje cilíndrico a los ascensos rituales de los pueblos originarios de América, con petroglifos que relatan la historia mestiza de nuestro continente. Sobre él, la vista en 360° de la ciudad y su paisaje es sencillamente asombrosa.

La estructura flotante que marca el acceso es un saludo escultórico invertido a la teja chilena, con esa particular forma lograda a partir de darle forma a la arcilla en los muslos del tejero de turno. Algo así como un saludo a la tradición artesana.

Teja invertida | GS

Jardines interiores | GS

Y, por último, la modestia del edificio en cuanto a escala -su horizontalidad- es la rendición del arquitecto ante la evidencia: Chile es su paisaje, su geografía inquieta, su naturaleza inmedible que nos recuerda lo pequeño que es el hombre aquí. Ningún edificio por alto o macizo que sea va a lograr igualar u opacar la majestuosidad andina y eso Duhart lo reconoce y se somete sin culpa. Su forma de rendirle homenaje es, en vez de imitándola y compitiendo con ella, apartarse para que aparezca en toda su magnitud.

Caracol | CM

Entonces no es sólo lo físico lo que impresiona de la CEPAL, no es sólo su impronta modernista, ni su virtuosismo ingenieril, ni su esbelta sencillez lo que genera consenso. Es también lo simbólico, lo metafísico o, dicho en fácil, lo que conquista transversalmente es lo que va más allá de lo puramente visible. Desde ahí se posiciona con naturalidad como una obra clave -tal vez la mayor- del Chile moderno y progresista, ese país extraño que fuimos antes de 1973 con su irreversible cambio de paradigma. Ahí estábamos nosotros chilenos, todavía desde uno de los bordes del mundo, haciendo patria, alzando la bandera del hombre.

Escalera central | CM

Auditorio principal | GS

¿Conoce usted el edificio de la CEPAL? Probablemente no. Entrar en el edificio es casi imposible, las reglas de seguridad internacional lo impiden. Aun así vale la pena mirarlo desde afuera y parar un segundo a reflexionar sobre la posibilidad que tiene la arquitectura de representar al hombre, de darle voz, forma, color; de agruparlo bajo un concepto algo difuso que se llama identidad, esa búsqueda tan humana por ponerse de acuerdo en algo. Si no se logra aquí, al menos hay un buen intento.

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Texto: Gonzalo Schmeisser | Imágenes: Gonzalo Schmeisser + Constance Mine

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