Salar de Uyuni | Bolivia

Si alguna vez has tenido el placer de caminar por el desierto de Atacama y notar su vasta extensión de arenas, arcillas, piedras y montes lejanos, en que hay tanto horizonte que se te pierde la vista en todas partes; imagínate lo mismo, pero toda esa extensión cubierta de un alucinante y prístino manto blanco. Algo así el Salar de Uyuni, emblema del paisaje boliviano.

Conocido como el desierto de sal más grande del mundo (con unos 10.000 km2 de superficie), es uno de los parajes icónicos de los paisajes sudamericanos y uno de los que mayor cantidad de gente recibe al año (60.000 personas aprox.) venidas de todas partes del mundo, especialmente de Chile por su cercanía con San Pedro de Atacama.

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Erosión producto del tránsito vehícular

Uyuni en lengua Aymara significa ‘lugar de concentración o aglomeración’, posiblemente una definición vernácula que habla de la acumulación de sal en la superficie interior de la gran cuenca de Uyuni. Esta cuenca albergó alguna vez varios lagos – especialmente grandes y salados – y cauces de agua que lo alimentaban con aguas repletas de minerales que bajaban desde las cumbres; estos se fueron secando y evaporándose en un proceso que duró miles de años y que dio paso al salar que conocemos hoy.

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Costras de sal

Su función va más allá de ser un atractivo turístico: se ha transformado en parte fundamental de la actividad económica del país altiplánico, ya que se extraen enormes cantidades de sal para diferentes usos, incluso la construcción de un hotel con bloques de sal. Se estima que el salar contiene unas 10 mil millones de toneladas de cloruro de sodio y una extensa reserva de litio, la más grande del mundo.

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Cactáceas en Isla Incahuasi

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Arquitectura local en piedra, paja brava y madera de cactus

Lo negativo de ser un lugar tan cotizado, por ser un paisaje único y muy publicitado, es la falta de tino de muchos visitantes y las pocas indicaciones que hay para transitar. Hoy, desde la isla Incahuasi – quizás el punto más extraño y contrastante de todo el salar, con enormes cactus, animales y casas de piedra – es posible ver las innumerables marcas que han dejado los 4×4 que transitan a sus anchas por aquí, dejando una huella de erosión difícil de recuperar. Lo mismo ocurre con los preciosos flamencos, quienes se ven forzados a convivir (y muchas veces a cambiar de habitat) con los turistas a escasos metros, quienes – en búsqueda de la mejor foto – invaden las lagunas donde se alimentan.

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Cactáceas en Isla Incahuasi

Más allá de los procesos geológicos, económicos y las creencias vernáculas, lo impresionante del salar es la extensión, que muchas veces escapa al horizonte humano perceptible, perdiéndose la vista en un plano de un intenso blanco que encandila. Lo mismo cuando la superficie se llena de agua, asimilándose a un gran espejo. Sus muchos reflejos y espejismos, entremezclados con las nubes y los tonos blancuzcos, dan a ratos la impresión de ser un enorme campo de hielo o de estar suspendido en medio de las nubes, donde no hay una línea clara que divida cielo y tierra. Visual y sensorialmente, toda una experiencia.

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Viviendas locales en Isla Incahuasi

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Extensión del salar

Texto: Gonzalo Schmeisser | Fotografías: Fernando Márquez de la Plata ©

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