AMERICA LATINA EN BUSCA DEL PARAÍSO PERDIDO

por Miguel Laborde

La geografía se descubre cada vez más determinante del proceder de las sociedades: ello genera vínculos, roces, empatías y conflictos. O sea, relaciones intensas.

Suceda lo que sea en las fronteras entre los países, incluso en casos de guerra, los vecinos aparecen asociados ante el resto del mundo. Desde América del Sur, Bulgaria y Rumania pueden confundirse. Alemania y Francia, a pesar de sus guerras y obvias diferencias, son visualizados como afines: potencias europeas relevantes, desarrolladas, de pasado colonialista, etc…

América Latina tiende a ser vista como una masa de países similares, tal como sucede con África. Incluso los más distinguibles – Brasil, México y Argentina- tienden a ser percibidos como fundamentalmente parecidos, para bien y para mal. Ante esa realidad global, más vale actuar conscientes y tener una línea de acción común, que fortalezca, enriquezca y potencie las relaciones entre los latinoamericanos, lo que ha comenzado con las inversiones empresariales y la migración de profesionales y técnicos entre países de la región. Estamos en el mismo barco.

Después de todo, hay antecedentes milenarios de relaciones y, por ello, vínculos lingüísticos y otros culturales, entre zonas muy distantes. Hay palabras que se presentan tanto en el Caribe como al interior de la selva amazónica, y el mismo mundo caribe sirvió de puente para que indígenas del delta del Mississippi intercambiaran productos con los del norte de la actual Colombia.

Un manto selvático y caluroso, de violencia y narcotráfico, dictaduras y revoluciones, corrupción y siestas largas cubre todo la enorme variedad de América Latina. Aunque nos sorprenda, es nuestra imagen regional, sazonada con nuestros destinos turísticos y productos musicales de exportación, los que son percibidos como complementos. Todo se relaciona a un imaginario marcado por el relajo y la expresión abierta de sentimientos y emociones, lo que viene muy bien en vacaciones y tiempos de ocio.

¿Somos el patio de recreo del planeta, tal como Cuba era el alegre prostíbulo de Estados Unidos?

Hay una condición llamativa, de espectáculo natural, que ha sido parte de nuestra imagen desde Colón y Vespucio en adelante, pasando por Humboldt y Darwin, algo que nos define como seres cercanos a la naturaleza y nos envuelve en un aura de luz colorida.

Aunque ello sea ajeno a las estepas australes o a las montañas andinas, ese sello es parte esencial del imaginario que proyectamos, potenciado por una literatura que, entre Alejo Carpentier y María Luisa Bombal, José Eustasio Rivera y Juan Rulfo, Pablo Neruda y Gabriel García Márquez, vibra en esa misma frecuencia. Decir que tenemos los lagos más altos del mundo, o los ríos más grandes del planeta, es casi redundante; es parte del ADN creado en torno a América entera, desde el día en que Cristóbal Colón se asomó al delta del Orinoco y, estupefacto, como escribió en una de sus cartas, creyó haber encontrado el Paraíso Terrenal.

El colombiano William Ospina, en su libro ‘América mestiza’ (2013), usa la palabra mestiza en un sentido amplio: somos una región de encuentros, de variedades, de gran riqueza en su diversidad de fauna y flora, pero también de etnias y culturas.

En este sentido toma fuerza la idea americana de Rubén Darío; aquí hay espacio, grandes llanos y extensas estepas, montañas habitables y selvas infinitas, todo un continente de grandes dimensiones – Europa cabe varias veces en él –, que podría dar a luz una nueva fase o dimensión en la historia de la humanidad.

El espacio es esencial. Aquí tienen sentido los conceptos de lo vasto, lo remoto, lo inconmensurable. Es una dimensión muy presente en nuestra cultura, la que se asoma a lo deshabitado. Esto es, justamente, lo que hace posible y provoca una relación intensa del latinoamericano con la naturaleza; el poder alejarse de las ciudades, los pueblos, las aldeas y los caseríos, hasta llegar a la naturaleza virgen, no domesticada. Donde emerge, como diría Edmund Burke, lo ‘sublime’ de ella.

El ser humano, desde los tiempos neolíticos, manifiesta su admiración ante las fuerzas de la naturaleza, en un terremoto, una erupción volcánica, una avalancha, un tsunami, la caída de un meteorito o de un rayo. Estos fenómenos en América Latina son parte del paisaje. Aquí, las erizadas cumbres andinas, la intensidad vital de la Amazonía o el ímpetu frío y marino de la Corriente de Humboldt ofrecen al habitante una cercanía a lo sublime, lo que se expresa culturalmente en lo mítico, el sentido de lo mágico o la elevación trascendente.

El habitar América, desde los tiempos precolombinos, aporta una experiencia trascendental, cósmica, por supuesto asociable a las de los celtas europeos y japoneses arcaicos, entre otros.

Aquí hay una magnitud que acentúa y masifica la experiencia, volviéndola colectiva. Esa pureza virginal, ‘cruda’ diríamos, está en la matriz de nuestra geografía y nuestra identidad. Durante cerca de 2 millones de años, mientras el ser humano se expandía por el Viejo Mundo, aquí la naturaleza creció a su antojo, sin controles humanos. Cuando llegaron aquí los primeros seres humanos su impresión debió ser sobrecogedora, lo que explicaría el que sus religiones sean todas de una acentuada matriz mística. La naturaleza ya se había adueñado del espacio, el hombre debió aprender a adaptarse a ella.

Es como lo que comparara Vittorio di Girolamo entre el Partenón y Machu Picchu. Allá las piedras están cortadas prolijamente en medidas exactas, sujetas a una norma, se apilan en estructuras de ‘escala humana’ y se accede a la obra por columnatas que replican las proporciones del cuerpo humano. Aquí, por el contrario, el muro ‘resulta’ de la voluntad de la naturaleza, el constructor conserva la piedra en sus dimensiones y forma, para que ella siga hablando por toda la eternidad.

De ahí que Machu Picchu parezca emerger del paisaje, como otra variedad más en el esplendoroso medio ambiente. Es un paisaje devoto de lo natural, casi un homenaje a la Creación, no al servicio del agrado humano o del espectáculo para sus ojos. Es un paisaje que busca el acercamiento a los dioses, rozar el misterio.

Mencionemos al respecto que Machu Picchu fue ‘descubierto’ por el mundo en 1911, y que siguen apareciendo ciudadelas perdidas en lugares remotos de América Latina, mientras los entomólogos siguen encontrando especies no catalogadas.

Si el turista europeo, norteamericano o asiático, dice haber sentido en América Latina, en ciertos lugares, la sensación de ser el primero en haber ahí llegado, nosotros los latinoamericanos experimentamos algo muy similar: que estamos en un mundo que no ha terminado de descubrirse. Los mapas de aquí no son definitivos.

Si en Europa nos parece que podemos caminar pocas horas antes de encontrarnos en una ciudad histórica, ante un monumento, una obra de la cultura, aquí sentimos lo opuesto; que basta avanzar pocas horas para llegar a un lugar que parece de otro espacio tiempo, puro y virginal, en estado ‘crudo’.

Germanos y anglos, europeos cercanos a lo salvaje, debieron hacer un enorme fuerza de disciplina y orden, duro y exigente, para lograr convivir en ciudades y sociedades; todavía añoran sus frías selvas desaparecidas, sus tierras altas desnudas: ¿Perderemos nosotros, también, el marco natural? Si sucediera, nos enfermaríamos, física y psíquicamente.

Debemos, imperativamente, aprender a vivir en estos territorios dejándolos respirar. Es más, debemos aprender a conservarlos al interior de las ciudades, con su topografía y cursos de agua. Debemos estar dispuesto a demoler construcciones para dejar al aire elementos del paisaje oculto. América Latina, su sino diverso y natural, no puede seguir siendo expulsada de las ciudades.

Por fortuna, al fin, están surgiendo generaciones conscientes de que ese riesgo, de hacerse realidad, nos provocaría una herida casi mortal en nuestra identidad. Podemos saber quiénes somos, porque hay una América Latina aún viva en sus territorios. Pero, si sigue avanzando la domesticación, como ha sucedido en el Viejo Mundo por el demoledor avance de ‘la autopista de Occidente’, nos sería muy difícil responder a la más fundamental pregunta de todas: ¿Quiénes somos?

Texto: Miguel Laborde

Miguel Laborde Duronea (Santiago, 1949) es profesor, cronista, narrador, historiador y arquitecto honorario, con una larga trayectoria en las letras nacionales. Ha especializado su pluma en temas de historia, ciudades, arquitectura y paisaje; y ha concentrado sus esfuerzos en descifrar como desde ellos se ha construido el relato e imaginario de nuestro país.

Foto Portada: Libro ‘América Mestiza ‘ de William Ospina ©

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