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Capítulo 06: Correr París

por Andrés San Martín

 

En este relato encontrarás algunos datos –siempre desde la perspectiva del autor– pero en ningún caso es una guía Michelin; se describen algunos buenos lugares a visitar, pero no es una guía turística; se muestra una serie de fotografías análogas de observaciones y situaciones, pero no intentan ser un registro a modo postal; aparecen ciertos aspectos y hechos históricos, pero jamás es ni será un ensayo de historia; propongo algunas canciones de ciertos discos, pero no pretende ser un review de música rock. Es simplemente un relato basado en mi experiencia de correr y recorrer por la ciudad, sin mas pretensión; una observación, un modo de habitar París.

Monmartre desde mi pieza

12ème

Día frío; diciembre en París. Las calles atestadas, olor a navidad y luces color rojo con gente tomando café y vin chaud aux épices.

Es difícil conocer a un habitante de París que sea un verdadero ‘parisino’; por lo general son bretones, marselleses, roueneses etc., que por estudios o trabajo llegaron a la ciudad y se situaron en ella y que por algún motivo les acomodó. Es por esto que para las fiestas todos mis amigos salieron de la ciudad, dejando tras ella una vastedad de edificios vacíos, cafés, turistas chinos, inmigrantes turcos, lituanos y afganos; una infraciudad no globalizada que alberga a gente de todo el mundo, en dónde supermercados como el Lidl se transforman en verdaderos paseos de fin de día donde comprar pan congelado. París ya no es una fiesta.

Invierno en el 19ème

L’Ecole Maternale du 19ème

Vuelvo de clases de francés en el Centre Pompidou –dónde de manera completamente gratuita y en conjunto con vagabundos y gente bastante especial, por no decir más, puedes acceder a clases de diversos idiomas frente a un computador– dejo mi abrigo, mochila y ya no tengo nada más que hacer. Ni mis compañeros de departamento están. Entonces sin pensarlo mucho saco del fondo de la mochila una bolsa del Santa Isabel con mi ropa deportiva que no ocupo en meses, salvo para un par de pichangas en Kreuzberg, Berlín, con Calito y el Ché.

Lleno una botella de agua, me abrigo bastante y pongo en el teléfono el Lonerism de Tame Impala. Olvidándome del frío salgo al Parc de Bercy –contenedor de la antigua tradición vitivinícola francesa– decidido a correr hasta la Cathédrale Notre-Dame por medio del río Seine, revisando antes que son 8 kilómetros ida y vuelta. Cerca de mi récord personal: 10k en la maratón de Santiago que corrí con mi hermano más de 8 años atrás.

Desde el camino principal del parque encuentro a mucha gente practicando rugby, uno de los deportes nacionales y que causa tanta efervescencia como el fútbol. Otros en entrenamiento funcional, entre el espeso barro mezclado con pasto –en París durante el invierno llueve mas menos 4 veces al día– y las escaleras casi interminables que dan al río Seine, haciendo unas reverencias abdominales hacia el estadio AccorHotel Arena y la biblioteca Françoise Mitterrand, pieza fundacional del mas grande proyecto de renovación urbana del siglo XX.

Río Seine en Bercy

13ème

Me encamino hacia la pasarela Simone de Beauvoir y cruzo al 13ème, la famosa Rive Gauche (orilla izquierda) con la intención de correr por el río. Por lo gélido casi no hay gente y dudo un minuto sobre mi propia idea. Pero mis ganas de matar el tiempo y no seguir encerrado pensando en estupideces son más fuertes que el mal tiempo, y me auto convenzo de que el frío parisino es capaz de congelar también mis pensamientos.

Bordeando el río descubro el pequeño tesoro de los barcos habitables, que contienen programas a veces insólitos: una piscina pública, una sala de teatro, pseudo castillos flotantes y algunas casas que parecen jardines botánicos. Incluso creo haber visto a una pareja tomando desayuno en la proa de su barco, cual domingo de verano en la terraza. Dos nómadas del sedentarismo global.

Jardín de una casa-barco nómada

Los primeros metros siempre son los mas difíciles, por lo que no me percato cuando paso bajo los puentes de Bercy y Charles de Gaulle, este último que lleva directo a la Gare de Lyon con su icónica torre que recuerda la época dorada del tren en Europa. Pieza fundamental de la movilidad francesa que conecta París con grandes ciudades del sur como Toulouse, Lyon, Marsella; y también a España por Perpiñán, a través del SNCF (Servicio Nacional de Ferrocarriles de Francia) con ese inolvidable jingle musical que ocupó David Gilmour en su canción Rattle That Lock.

Pont d’Austerlitz

Camino a Rouen en Tren

Primer Fotograma en el 5ème

5ème

Más real que el propio cansancio que empieza a avisar, es vislumbrar la Bastilla a lo lejos. Calculo mentalmente que me falta algo así como 1 kilómetro para llegar a mi punto de retorno y decido fijarlo ahí. Cruzo la calle al tiempo que me llega desde el este un agradable olor a caca de animal mezclada con vegetación, todo proveniente del Jardin des Plantes, ese solar en medio de la ciudad que contempla un jardín botánico, el Museo de Historia Natural y Geología y el Zoológico parisino.

Toda esa mezcla de olores da la bienvenida al 5ème, el barrio de la Margaux y cuna de la increíble Rue Mouffetard; una muy vivaz calle semi-peatonal llena de bares y puestos de quesos, mermeladas, mariscos y  bombones típicos franceses. Ahí es donde antes solía comprar mi tradicional baguette en Le Fournil de Mouffetard, la más rica de París, para luego proceder al obligado ceremonial del ‘despunte’ a la salida de la panadería.

Rue Mouffetard, 5ème

Final de la Rue Mouffetard, 5ème

4ème

Antes de llegar a la Île Saint-Louis giro frente al Institut du Monde Arabe y se me aparece súbitamente el magnánimo rosetón de colores de la fachada sur de la iglesia de Notre-Dame. Es la primera vez que comprendo, luego de 4 meses de estadía, lo que puede regalarte una vida en París: salir a correr con frío antes de pasar una navidad completamente solo y contemplar en movimiento cómo se te acerca la inmensa catedral con sus fachadas iluminadas, caras pétreas que he visto tantas veces en fotos durante los años de estudio en la universidad. Una blanca montaña que maravilla al paseante cuando ve cómo a lo lejos se yergue la máxima expresión física del amor, la devoción y la fe en Dios. Una arquitectura sin arquitecto, sin tiempo y sin ambición. Y otro cambio en el punto de retorno.

Keep On Lying de fondo, con ese bajo descompasado de larga secuencia, mientras el rosetón lentamente me absorbe a medida que llego a la Île de la Cité y mi paso se ralentiza con los adoquines que señalan el antiguo encauzamiento del río Seine.

Cathedrale Notre-Dame

Subo la escalera lateral, que te deja frente a la librería Sheakespeare & Co. –lugar de peregrinación de algunos ‘perdidos’ como Hemingway, Fitzgerald, Joyce y otros–  y me escabullo entre la fila de turistas. Llego al límite de los arbustos que flanquean el acceso –lugar preferido para sentarse a dibujar– y contemplo las dos torres asimétricas. Ya van 4 kilómetros.

En mis oídos el bombeo de batería y teclado aceleran mis pensamientos y decido llegar al Louvre, tomar el Pont des Arts y volver a casa. Me prometo que va a ser el último cambio en la ruta.

Retomo el paso por medio de la Île de la Cité, paso justo enfrente de la Saint Chapelle y del Palais de Justice de París –que fue el edificio mas elegantemente iluminado luego de los atentados terroristas ocurridos unos meses antes– y veo desde la Conciergerie mi nuevo punto de retorno: el Musée du Louvre. Cruzo por primera vez a la Rive Droit (ribera derecha) hacia el lado más sofisticado de la ciudad y, ya no sintiendo cansancio alguno, alcanzo con la mirada el antiguo acceso de los plebeyos al palacio de la realeza francesa, cuando aún convivía con sus cortesanos y su pueblo, mucho antes de alejarse de la chusma y relegarse a Versailles.

Île de la Cité

1er

Ya es hora de regresar, volver por la ribera opuesta para ver de frente por última vez en el día a mi bella señora de piedra, pero el siguiente puente está ahí, solo un poco más adelante, y pienso que, si ya llegué hasta acá, ¿por qué no avanzar un poco mas y volver por el siguiente puente? Total que está ahí no más.

La llegada al Louvre –siempre caótica por la cantidad de automóviles que circulan por la lateral del río– es una vereda estrecha pero con muy buenas vistas y, por primera vez en el recorrido, veo la Tour Eiffel iluminándose con el primer atisbo del ocaso. Desde ahí el emblema de París se convierte en el principal referente de la ciudad, por sobre los antiguos mojones medievales y románticos que ahora sólo parecen premios de la búsqueda del tesoro.

Otro puente surge en el horizonte: el Pont du Carrousel. Estoy demasiado cerca, así que vuelvo a aplazar el retorno.

Paso de largo el Pont Royale, a lado del antiguo Jardin des Tuilieries, y noto que en mis oídos suena la sección escondida de Expectations, lejos lo mejor que ha hecho Tame Impala en sus 3 discos. Abandono el cuerpo al ritmo de esa batería energizante, acorde a la forma de correr, y decido –sin imaginarme cómo voy a levantarme al día siguiente– llegar a la Tour Eiffel, tocarla y al fin regresar.

Los jubilados en las canchas de Le Jardin du Luxembourg

8ème

La Place de la Concorde y el olor a vino caliente con queso fundido, pan de pascua y galletas de jengibre que emana de la feria de navidad de los Jardins des Champs-Élysées, surge como un recordatorio de que estoy en París a final de año y lo extraño que es para mí una navidad con abrigo, pantalones y cosas calientes para comer; en vez de shorts, piscina, sandía, pepino y helados.

La primera vista del Pont Alexandre III, con su bella iluminación, marca el punto en dónde hay que comenzar a esquivar a los turistas que intentan sacarse una foto con el puente y la torre de fondo. Toda esta rivera del río es perfecta para las fotografías grupales y los perfiles de Instagram, pero el espacio es poco para tanta gente. Decido que es más fácil correr por la ciclovía que va por el borde y -con alivio- descubro que los parisinos no son tan mañosos como los berlineses si le invades su espacio ciclista: no te golpean ni gritan, sólo se remiten a pasarte por el lado.

A lo lejos, flanqueando al padre de nuestro Palacio de Bellas Artes de Santiago, el Grand Palais, vislumbro el París que no quiero conocer: Gucci, Swarowsky, Zadig & Voltaire, portadores de la nueva antiescencia del Paris contemporáneo. Un París que se ve en las tiendas, que aleja de las calles y las perspectivas que generosamente entregan las obras de urbanismo militar realizadas por la descendencia de Napoleón Bonaparte, bajo el mando ciudadano del Barón de Haussmann.

Ruta 16k Bercy – Tour Eiffel – Bercy

7ème

Sigo corriendo y al otro lado del río veo Les Invalides, la antigua casa de hospedaje de Luis IV construida para los veteranos de guerra y que es actualmente el museo del ejército. En sus jardines, durante el verano, se reúnen los mejores jugadores de frisbee. Sí, frisbee, ese deporte que en Chile se ve casi ridículo. Y los jugadores son impresionantes, lanzan el disco entre las piernas, lo reciben de espalda para volver a lanzarlo nuevamente, ahora con la rodilla.

Sun`s Coming Up y se acaba el disco. Estoy lejos de mi casa, así que selecciono otro disco (un poco de shoegaze) para recargar energía. Suena ahora Atila de los chilenos Velódromo. Un guiño personal a la historia, pues ese nombre guarda a uno de los invasores de Lutecia, ciudad que luego fue llamada París. Este mismo pedazo de tierra por donde corro ahora.

16ème

Ya casi toco la Tour Eiffel y siento el cansancio en las piernas, mientras observo a los miles de turistas chinos, turcos, brasileros, argentinos y rusos. Paso en enfrente del Palais de Tokyo que anuncia su cartelera en esa extraña fachada a modo de arcada que reverencia la geografía de París. Un grupo de colinas que rodean el punto mas angosto del río Seine, lugar propicio para cruzarlo en las distintas rutas de peregrinaje y comercio entre el alto Europa y España-Portugal. He aquí la importancia de la Île Saint-Louis y Cité, lugares que explican el nacimiento de Lutecia –hoy París– una de las capitales mas importantes del mundo.

Colina del 20ème

De aquí en adelante la corrida se transforma en algo así como una gincana. Hay que esquivar la horda de turistas fotografiándose con la Tour Eiffel iluminada, torpes, estropeando el paso de cualquier peatón, ciclista o runner que se le ocurra pasar por aquí, pidiendo incluso que les saquen una foto. Cuando vives en París, esta zona se convierte en el punto por el que siempre hay que evitar pasar.

Vuelvo a sentir olor a navidad, esta vez chocolate caliente proveniente de la feria navideña de Trocadero. Ahora sí son los últimos metros del quiebre necesario en la ruta trazada. Giro y veo la imponente imagen postal de la torre que, aunque uno la haya visto mil veces en afiches, programas, revistas y powerpoints de las clases de Teoría, no deja de emocionar. Aquí recuerdo que siempre he tenido la sensación de que en algún momento se encenderán los cohetes que están escondidos en sus fundaciones y despegará directo a la luna para quedar clavada en ella.

7ème

Espero el semáforo entre la multitud, cruzo del Pont d`léna y por fin accedo al atrio debajo de la misma torre. Doy unos pasos y me pongo exactamente bajo el punto medio de la torre, ahí donde hay una tapa de alcantarilla. Miro hacia arriba y distingo la geometría perfecta que forma la unión de los cuatro pilares, mientras tomo un poco de aire. Estoy en París y recién he llegado a la mitad de mi recorrido.

 

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Texto e imágenes: Andrés San Martín

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Sobre el autor: Andrés San Martín Toloza es Arquitecto y Máster en Territorio y Paisaje de la Universidad Diego Portales. Actualmente está dedicado a la fotografía análoga, con especial énfasis en la creación de obras que toman a esta técnica como medio de representación de ideas y miradas sobre paisaje, temporalidad, movimiento y experimentación, desarrollando su trabajo en diversas ciudades del mundo. Paralelamente ejerce como docente en el área de Paisaje y Territorio en la Universidad Diego Portales y Andrés Bello. Estuvo en París entre los años 2015 y 2016.

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