Antoine y el desierto

Antoine de Saint-Exupery, escritor y autor de una de las novelas fundamentales del Siglo XX, El Principito, fue además un eximio piloto de aviación que se desempeñó en diversas labores del aire desde que hizo su servicio militar en 1921 y hasta el día de su desaparición – justamente arriba de un avión – en 1944.

Durante su trabajo como cartero del aire, Saint-Exupery viajó innumerables veces por Europa, África y América y, sensible y observador, aprovechó sus muchísimas horas de vuelo en tratar de conservar en su memoria todos los paisajes que distinguía desde el aire: en ellos veía la forma del mundo. Esa imagen onírica fue llevada después a su literatura, de un tono reflexivo y nostálgico tal como él, un tipo de aire soñador y melancólico. Siempre etéreo.

Si bien decía conmoverse con selvas, pampas, mares y montañas, sintió siempre gran admiración por el desierto. Luego de un accidente en pleno Sahara en 1935, en que su avión cayó en las dunas y pasó varios días totalmente desorientado, delirando, alimentándose escasamente de un par de naranjas y salvado apenas de la muerte por un beduino en camello que pasó providencialmente por ahí, su amor por este paisaje se estrechó. Plasmó esta experiencia en el excelente relato ‘Tierra de hombres’.

desert

Rosa en el desierto / Ilustración de Saint-Exupery

Fue ahí donde concibió – probablemente preso de las alucinaciones – su obra cumbre: la historia de un pequeño niño ultra reflexivo y sensible, que se preguntaba en clave de metáfora por el destino del hombre.

En él, y a modo de manifiesto, Saint-Exupery utilizó la voz de su personaje – y un pequeño pensamiento propio – como excusa para expresar su vínculo con el desierto, su amor por este paisaje, que dejó para la posteridad en el siguiente diálogo:

El Principito estaba cansado y se sentó; yo me senté a su lado y después de un silencio me dijo:
– Las estrellas son bellas, por una flor que no se vé…
Respondí ‘seguramente’ y miré, sin hablar, los pliegues que la arena formaba bajo la luna.
– El desierto es bello – Añadió
Era verdad; yo siempre he amado el desierto. Puede uno sentarse en una duna. No se ve nada. No se oye nada. Y, sin embargo, siempre hay algo que resplandece en silencio…

Texto: Gonzalo Schmeisser

Category: Apuntes
Entrada anterior
Subiendo por el Valle de Cochamó | Los Lagos
Entrada siguiente
¿Que te gusta de Chile?

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Rellena este campo
Rellena este campo
Por favor, introduce una dirección de correo electrónico válida.

Menú