América aún no ha sido descubierta. La llegada de los españoles en 1492, producto de una coincidencia (des)afortunada, fue sencillamente un momento en la historia. Una fecha de calendario. Y, si bien es cierto que nuestro continente nunca volverá a ser el mismo después de ese día, el verdadero legado que nos dejó ese episodio está muy lejos de lo que un descubrimiento significa si lo ligamos a la verdad de la palabra: encontrar, revelar… incluso crear. Aquí fue todo lo contrario.

Tuvo que pasar mucho tiempo para que algunos europeos comenzaran a admirar el verdadero sentido de América y su gente, la historia que subyace bajo libros que cuentan una verdad a medias, consecuencia de largos siglos de una herencia desarraigada y que aún no cuaja del todo.

Thor Heyerdahl escribiendo con la imagen del dios Kon-Tiki al lado

Nuestro explorador de hoy es uno de esos pocos que se han sacudido los ojos y han entendido la magnitud de la violación europea en América. Thor Heyerdahl, biólogo noruego, había estado viajando por la Polinesia junto a su mujer, enfrascado en la idea de vivir como los habitantes de las Islas Marquesas. En un momento de epifanía (o de encuentro), seguramente mirando un amanecer hacia el Pacífico, se le ocurrió la idea de que estas islas, más acuáticas que terrestres, repartidas en el medio de la inmensidad oceánica, habían sido pobladas por indígenas americanos venidos desde el otro lado del mar.

Cierto o no, Heyerdahl -que era un joven e imaginativo investigador de la Universidad de Oslo- decidió pasear su teoría por el mundo buscando financiamiento para comprobarla de primera fuente, con él mismo como conejillo de indias. Dejó familia, trabajo y viajó a Lima a construir una balsa hecha de paja y madera -a la usanza de los incas- y zarpó con la idea de llegar en 100 días a la Polinesia, sólo guiado por los vientos y las corrientes marinas.

La única tecnología a bordo fue un sextante, que falló repetidas veces; una máquina de escribir para registrar el viaje (notas que luego darían paso a su libro best seller) y una radio para comunicarle a la prensa que todos los vaticinios negativos estaban equivocados.

Thor Heyerdahl en el Kon-Tiki y en la Polinesia

Vivió de todo. Rebeliones internas, enfermedades, rutas equivocadas, tormentas impresionantes y hasta casi fue tragado por un tiburón mientras filmaba la balsa como un punto en medio de la inmensidad desde un bote salvavidas. Pero lo logró al día 101, equivocando tan sólo en algunas horas el cálculo inicial.

Se convirtió en héroe nacional y se ganó el mote del ‘último explorador’, pues sus métodos tenían más que ver con una forma romántica de ver la vida y su discurso era el de quien cree firmemente que la evolución tecnológica no es tal, sino que cada período tiene su razón de ser y el hombre, bajo cualquier circunstancia, sigue siendo el hombre.

Quizás te suene la palabra Kon-Tiki. Y es que el nombre del viaje transoceánico comandado por Heyerdahl pasó a la historia, no sólo por la valentía de su capitán, sino que por la nobleza de sus propósitos. El noruego quería que el mundo supiera que los antiguos americanos, los originales, sabían leer las señales del mundo con una agudeza forjada por miles de años de observación y comprensión de la naturaleza; que la tecnología no nos ha ayudado a ir más lejos de lo que lo hicieron los humanos que se desarrollaron a fuerza de entender el mundo con ojos y manos propias.

A bordo del Kon-Tiki

Que no es necesario equiparse hasta las uñas sino que vale más saberse habitante de un todo, para moverse con soltura por el mundo. Que no hay que preocuparse tanto de calcular cada segundo, sino que vale más dejar que las corrientes de la vida nos arrastren por los mares a su voluntad, pues, al final, el puerto siempre es el mismo.

Heyerdahl le tenía pánico al agua. Entonces su hazaña, muchas veces descrita como la aventura más increíble de los tiempos modernos, es doblemente valiosa, pues no sólo superó los límites impuestos por las convenciones modernas, sino que también superó los propios. Y, como si esto fuera poco, dejó otro mensaje más; algo que los chilenos -seres enfrentados a miles de kilómetros de costa- deberíamos empezar a entender: el mar no es un obstáculo, es un camino posible… y que el verdadero territorio americano aún está por descubrirse.

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Texto: Gonzalo Schmeisser

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