Imágenes y tiempo

Tired of lying in the sunshine, staying home to watch the rain
You are young and life is long and there is time to kill today

Pink Floyd – Time

 

1

Hoy.

Ahora: cuando la historia ya se acabó.

Tan aburrido o quizás, tan estático. ¿Tan rápido? O tan banal. Tan unremarkable.

¿Soy yo o es el tiempo?

El filósofo pop-heideggeriano Byung-Chul Han en su libro El aroma del tiempo se hace la misma pregunta.

Su tesis es simple: llegado el fin de la historia, el tiempo va dando tumbos, avanzando a porrazos; las comunicaciones se han acelerado, el mundo se ha acelerado, pero no el tiempo. Lo que a este le ocurrió fue una pérdida de su norte, el tiempo se ha vaciado de significación, ha perdido su aroma. “Cuando la línea pierde la tensión narrativa o teleológica, se descompone en puntos que dan tumbos sin dirección alguna. El final de la historia genera una atomización del tiempo, convirtiéndolo en un tiempo de puntos”. Puntillismo temporal producto de una descomposición del sentido en el tiempo. El pasado se pierde en la memoria y se solidifica para el presente: libros y montañas de bits acumulando recuerdos que dejamos en la parte de atrás; el futuro, por otra parte, se convierte en la mera extensión del presente. La continuación asintótica de un vector, un futuro que se ve igual que el presente, con más pixeles, o más HD que ayer, pero cualitativamente igual. El pasado y el futuro dejan de existir para la conciencia del presente, y el presente adquiere una singularidad asfixiante, se crea a sí mismo constantemente sin cohesionarse con nada. Las cosas pasan, pero no se conservan en la memoria, una eternidad de zapping. Como asegura el filósofo: “(…) los acontecimientos se desprenden con rapidez los unos de los otros, sin dejar marca profunda, sin llegar a convertirse en una experiencia”. Todo pasa y nada se siente.

Subrayemos: la memoria se pierde; la que habita dentro. Quien haya asegurado que vivimos en la cultura del desperdicio se equivocó: hoy vivimos tiempos densos, viscosos, que no dejan olvidar nada. Vivimos en montañas de desperdicios materiales; y nuestra memoria es la casa de Diógenes. Una telaraña de hipervínculos, hashtags y recuerdos: una cultura de la conservación de museos del pasado personal y colectivo; una anti-obsolecencia programada del recuerdo. Aquí acumulamos todo, lo guardamos, lo remasterizamos, lo archivamos. Ahora bien, llenamos montañas de recuerdos de las que nunca logramos ver su inicio. Una montaña sin centro, un eterno presente de puntos que van dando tumbos, que se acumulan en la pieza de atrás.

2

¿Qué hacer con el presente?

Construirlo. Y así mismo, limpiar los cimientos para poner las vigas maestras y poder levantar sus paredes: escribir la historia recortando todo el tiempo a la mitad para luego, juntar sus pedazos. La historia siempre se escribe desde el presente para ahuyentar las pesadillas del pasado y poder traer al presente lo que se perdió y lo que debe recuperarse. El pasado es un libro abierto sobre el que siempre podremos inclinar la cabeza para leer el presente; pero es un libro que está ya en la estantería y que hay que convertir en memoria. Recortar para pegar y construir. El pasado es una dimensión vertical bajo cuya superficie late un volcán difícil de aprehender; la historia es una guía y un bastón para ver en la oscuridad y la opacidad bajo la superficie.

3

El tiempo es un círculo, una serpiente que se come la cola; eterno retorno, diría Nietzsche. Quizás tenga la razón; lo que sí, el presente es una dimensión vertical. Una intersección en la que los vectores se cruzan para hundirse; una dimensión densa. El pasado y el futuro se hunden y burbujean por debajo de la superficie. Fantasmas inconscientes, sueños rotos, esperanzas no cumplidas, sueños por venir, justicia por venir: todo en un solo punto. Jacques Derrida proponía el fantasma o el espectro; eso que bordea el cuerpo y el espíritu, algo que sea y no sea a la vez. Si ya desde siempre había propuesto la filosofía entender el ser como una entidad con existencia positiva e idéntica a sí; Derrida propone la fantología (hauntologie), una donde los espectros “siempre están ahí, aunque no existan, aunque ya no estén, aunque todavía no estén”. Pensar un tiempo en la que la continuidad del este se quiebra y se enreda: las migajas de un pasado y las posibilidades del futuro terminan por amontonarse y ‘embrujar’ el presente. Uno donde el tiempo de hoy se acaba y se mezcla en una eternidad quieta, en la que toda la historia está en la palma de la mano.

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Texto e imágenes: Tomás Herrera Asenjo

Bibliografía:

Han, B. (2016). El aroma del tiempo. Un ensayo filosófico sobre el arte de demorarse. Barcelona: Herder Editorial.

 

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