Un bosque de Pataguas y Boldos en plena Cordillera de la Costa de la Quinta Región – justo en los límites del Parque Nacional La Campana – es el protagonista de esta sencilla obra, cuyo principal elemento a trabajar fue la luz y la interacción entre habitante y paisaje, interior y exterior como un único.

Sus dueños habitualmente dormían bajo su pequeño bosque. Entremedio de los troncos y cobijados por la cálida sombra de la vegetación nativa de la zona, instalaban su campamento y disfrutaban de la inquebrantable tranquilidad de los cerros de Olmué durante años. Una vez tomada la decisión de incorporar arquitectura, se estableció una premisa única e imposible de eludir: la obra no podía perturbar al bosque, por el contrario debía regirse por sus leyes y hablar de él desde adentro.

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Desde esta idea se proyectó un espacio central unitario y de geometría rectangular, sin mayores pretensiones que cobijar los actos diarios y que impliquen mayor temporalidad de usos – estar, comedor, cocina – a partir del concepto de borde-no-límite, rodeados de cerca por el paisaje exterior. Para esto se trabajó la idea de un perímetro vidriado que de la sensación de estar dentro y fuera a la vez, participando de su entorno pero con las comodidades propias de una casa.

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Al mismo tiempo, la modulación de los pilares con la cubierta y el suelo, proponen enmarcar el paisaje exterior, apareciendo éste como telón de fondo y a la vez parte del acto interior, integrándose sobre un mismo plano visual texturas, formas y colores, independiente de si se está dentro o fuera.

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La terraza se propone como un espacio de circulación perimetral y que al mismo tiempo sea soporte del traspaso interior-exterior. Sobre la cara sur, la forma propuesta – un ángulo en punta con quiebre hacia el oriente – busca potenciar un dialogo más cercano con el bosque, quedando la parte más alta de lo construido a la altura de las copas más bajas de los árboles que rodean, y los mismos otorgando cobijo y sombras al área habitable.

A modo de complemento a lo construido, el mobiliario interior y los quiebra-vistas interiores y exteriores, fueron diseñados y construidos en obra por los propios arquitectos, a partir de la solicitud de simpleza, rusticidad de materiales y la importancia del juego luz-sombra proyectada que se planteó desde un comienzo.

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Del mismo modo, el trabajo de paisajismo es obra de los dueños de casa, quienes participaron activamente en la creación de su espacio ideal. El jardín, en juego con el bosque, ofrece un desarrollo paulatino de si mismo, y se inició anterior a la primera ejecución de la obra como un rector de la forma.

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De esta forma, se entiende al entorno natural como un proceso dinámico que repercutirá directamente – en un tiempo continuo y con paulatinas variaciones – en la arquitectura. La obra misma se irá fundiendo con el lugar, pasará a un segundo plano y será, al fin y al cabo, un elemento más del paisaje.

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Arquitectos: Álvaro Mühlhausen y Gonzalo Schmeisser | Fotografías y textos: Gonzalo Schmeisser ©

 

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