Música y Paisaje | Parte 2: Selva

Hace poco más de 20 años, en 1993, la banda francesa de rock mestizo Mano Negra, liderada por el a estas alturas mítico Manu Chao, se internaba en plena selva colombiana en un destartalado tren que ellos mismos se encargaron de poner en marcha luego de agotadores esfuerzos.

Chao desde pequeño tenía una obsesión con la América salvaje que conoció gracias a la extensa biblioteca de su padre escritor y a sus notables amigos ligados al mundo intelectual. Por ese chalet del barrio de Boulogne-Billancourt, en las afueras de París, pasaron – entre otros – ilustres de las letras latinoamericanas como el cubano Alejo Carpentier, quién regaló al pequeño Manu su primer instrumento: unas maracas con las que el inquieto muchacho se fogueaba desde temprana edad.

Igualmente, si no eran presencias físicas no había problema, varios grandes de la música latinoamericana estaban presentes en espíritu con sus melodías. El padre de Manu solía escuchar nuestra música desde bien temprano, así es que notables de este lado de la tierra, como Atahualpa Yupanqui y Violeta Parra, fueron parte de la banda sonora de su infancia.

13

Manu y su hermano Antoine cuando niños | Gabriel García Márquez

Lo mismo ocurrió con la literatura. Según cuentan, García Márquez y otros personajes del boom, eran asiduos visitantes del hogar de los Chao, cuando Manu, su hermano Antoine y su primo Santi, eran aún unos niños acelerados, mal portados y adictos al Rockabilly. ¿Se imaginan ser un preadolescente, estar vagando por la calle todo el día con los amigos, chuteando una pelota y tirando piedras a los vidrios de las fábricas; o mejor aún, escupiendo directo a la calva de un abuelo que va pasando por debajo de un puente y salir corriendo; y después llegar a tu casa muerto de la risa y encontrarte con el mismísimo Gabo – con su característica sonrisa escondida bajo su cuidado bigote – en medio de una tertulia de alturas?

Como podría no hacer sentido entonces aquella frase de García Lorca que el mismo Chao padre – un español exiliado en Francia – reseña en el libro que escribió durante su expedición americana (Mano Negra en Colombia: Un tren de hielo y fuego) y que parecía ser una ley en aquel departamento parisino: ‘para ser un buen español, hay que tener una dimensión latinoamericana’.

Es entonces fácil entender el estrecho vínculo que el músico francés tenía con aquella ‘Amérika Perdida’, como llamaba a lo más recóndito de nuestro continente.

En 1992, un año antes de la proeza selvática, para la celebración (¿celebración?) del quinto centenario del descubrimiento (¿descubrimiento?), Manu y sus amigos se habían subido en un barco para hacer una curiosa gira que llamaron Cargo ’92, zarpando desde la costa de Nantes y navegando el Atlántico desde Europa hasta América, como lo hicieran sus propios antepasados 500 años antes.

6

Una calle de París flotando en medio del oceáno

En un acto fundacional, llevaron música y teatro a los puertos de América. Arriba del barco (llamado Melquíades en honor al personaje de la novela de García Márquez, con quien se reencontraron en Cartagena) prepararon cuidadosamente una representación de una calle de París para mostrar cómo se vivía en Europa, y no escatimaron esfuerzos en montar grandilocuentes obras de teatro en las calles sobre la Primera Guerra Mundial, con explosiones y todo.

Este gesto podría entenderse como un ‘redescubrimiento’ de América pero desde el amor y el arte. Una reivindicación histórica de Europa ante la triste imagen que esparcieron por el continente desde 1492. La paz estaba firmada.

Pero el clímax de esta historia llegaría al año siguiente. A sus jóvenes 32 años, Manu decidió volver a internarse en América con plazo indefinido, en búsqueda del corazón del continente soñado. Viajaron por las orillas del Magdalena, desde Santa Marta hasta Bogotá, nuevamente junto a la compañía de teatro Royal de Luxe y nuevamente llevando música, baile, teatro y circo. Pero esta vez en tren, por el medio de la jungla colombiana.

¿Pero por qué la selva?

11

Amazonas desde el aire

Como sabemos, nuestro continente es mucho más que sus selvas: el Amazonas, las sierras colombo-venezolanas, la selva tropical de Centroamérica o el impenetrable Chaco paraguayo; es también desierto y pampa, ríos enormes, mares cálidos y fríos, lagos helados, montañas increíblemente altas, valles verdes, hielos eternos e islas tropicales.

Sin embargo es cierto que la mayor parte de la superficie de América Latina está cubierta por enormes extensiones de un tupido verde que no deja ver ni una gota de tierra. Basta con mirar las imágenes satelitales que nos regala Google para que quede todo claro: el único elemento de la geografía que interrumpe el avance de la selva, es la cordillera de Los Andes y la pampa argentina.

En todo caso, no hay país americano que no esté tocado por al menos un pedazo de frondas verdosas en forma de selva, incluso Chile, con su versión fría en Valdivia. Es, por definición, nuestro paisaje.

12

Chaco paraguayo

Es entonces el viaje de Chao y compañía una declaración de principios. No es la selva por ser la selva. No es Colombia por ser Colombia. Es la selva y es Colombia por ser América. Un modo de definir al continente de la utopía desde el elemento más distintivo de su paisaje.

Varios años antes, los vanguardistas poetas y arquitectos de la Universidad Católica de Valparaíso guiados por Godofredo Iommi, cantaron la idea de una América definida por un enorme e inexplorado ‘mar interior’, un corazón americano que no conocíamos. El poeta había logrado infiltrarse en el interior del continente y se había sorprendido de lo que allí vio: la verdad de nuestro origen, ubicada en la médula del territorio y cuyo espeso volumen no dejó pasar a los conquistadores españoles. Estos últimos debieron levantar – a duras penas – sus fundaciones en nuestras periferias. Como dirían ellos mismos: ¡Vaya símbolo! ¿Pues no es a su vez la periferia en América Latina la encarnación misma de la miseria?

La selva aparece entonces como el corazón, lo medular. Por lo tanto aquella expedición iniciada en 1993 por estos aventureros músicos franco-españoles, y que tuvo su punto culmine en Aracataca, el pueblo donde nació García Márquez y que inspiró su más célebre obra obra (100 años de soledad, para el que no sabía), fue un viaje al corazón. A nuestro centro. A nuestro origen.

3

Un tren de hielo y fuego

Para colmo de bienes, en un acto romántico y profundamente evocativo, el tren que montaron ellos mismos (reparación de rieles incluida) fue acondicionado con un vagón refrigerador en el que llevaron una inmensa pieza de hielo que iban exhibiendo en los poblados, en una cita al libro que los inspiró.

Mano Negra cantó la selva. Le puso música al baile espontáneo del mono en el árbol, al vaivén de los generosos pechos de las bellas mujeres afroamericanas, al calor del trópico, al sudor, a los temblores, a los volcanes, a los ríos repletos de pirañas. Pero también cantó la violencia, la droga, las balas, la calle, el abandono de los niños de un continente dejado de la mano de Dios, lejos del mundo, siempre a las puertas pero sin poder entrar.

Después de tanta historia viva, tanto suceso y tanta verdad, el desgaste físico y mental del grupo fue inevitable. La selva los gastó, los consumió. Uno a uno fueron abandonando Colombia y marchándose de vuelta a Francia. Manu no se opuso, esas alturas daba lo mismo: el continente había sido refundado.

1

Mano Negra en plena catarsis musical

5

Algunos integrantes del grupo sobre el tren

Lo paradójico es que, para la mayoría, quienes formamos lo que llaman la cultura popular, hayan tenido que ser extranjeros quienes nos muestren el camino hacia nuestro propio interior, y es que parece que vinieron desde el otro lado para abrirnos los ojos sobre lo que estaba pasando desde siempre por aquí: la alegría, la naturalidad, la sabiduría, sí; pero especialmente la violencia, la pobreza, el abandono; aquello que los medios se encargan de encubrir con la imagen fantasiosa de un continente que avanza y que anhela ser como sus hermanos mayores lo más pronto posible. Un continente de ciudades modernas y de suburbios a la usanza norteamericana, pero con un lindo paisaje como escenografía ideal para el acto del progreso.

Un lugar pintoresco en que los aborígenes mestizos ya no son un problema, todos viviendo felices tomando plátanos desde los árboles, bailando día y noche al son de los tambores afro de Totó y la Momposina.

Los franceses lo descubrieron en el medio de la selva: América es otra cosa, y está verde aún.

Desde el rock latino, Los Fabulosos Cadillacs con su ‘Rey Azúcar’, Maldita Vecindad con ‘Baile de Máscaras’, Todos tus Muertos con ‘Dale Aborigen’, Illya Kuryaki & The Valderramas con ‘Chaco’, entre otros, siguieron trazando el sendero de este nuevo despertar que pareció florecer, con un poco más de verdad, durante el resto de la década de los 90.

4

Mano Negra durante uno de sus conciertos

Lo significativo es que surgió desde ahí un canto general furioso para las masas. Un despertar de mucho mayor alcance, puesto que lo que había cantado la poesía de Neruda y la canción de Violeta Parra muchísimos años antes – esa deuda que tenemos pendiente de saldar antes de mirar para adelante – pareció remecer tan sólo a unos pocos y a escala local.

Ahora el grito sonó mucho más fuerte y su eco rebotó mucho más lejos. Un grito salido desde lo profundo de la selva y en clave de rock, para quien quiera escucharlo.

Texto: Gonzalo Schmeisser | Imágenes: Directo Bogotá – Ignorancia.org – Mano Negra – GGM – World Land Trust

 

Category: Artículos
Entrada anterior
Sendero de algueros Llico-Lipimávida | VII Región del Maule
Entrada siguiente
Una breve mirada sobre la Patagonia chilena

1 Comentario. Dejar nuevo

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Rellena este campo
Rellena este campo
Por favor, introduce una dirección de correo electrónico válida.

Menú