Vincent Van Gogh, el loquísimo pero genial pintor holandés, podía ver lo que otros no veían. Basta con mirar detenidamente (y ni tanto) sus pinturas de paisaje, en los que funde vivos colores y gruesos trazos para representar la oferta cromática del campo francés y holandés, y de pasadita plasmar la dura realidad de quienes debían su subsistencia a esos territorios agrestes.

Ya esto último fue algo novedoso. La verdad de los desplazados habitantes de los campos era como una pulga en el oído para una Europa industrializada y ultra colonialista que avanzaba a paso firme y orgulloso cargando la bandera del progreso. Para esto, recomendamos ver ‘Dos campesinos cavando’ (1889), ‘Sembrador a la puesta de sol’ (1888) y, especialmente, ‘Los comedores de papas’ (1885): hay que fijarse en la expresión de esos rostros curtidos y de semblante triste, apretados codo a codo en un comedor de 2×2. Algo muy lejano a la imagen que se tenía de la refinada Europa de entonces.

1

‘Noche estrellada sobre el Ródano’

Pero quizás lo más significativo de ese ojo – y esto es algo que nadie más ha podido comunicar con tal maestría – fue la verdad con la que retrató al cielo como un elemento del paisaje que responde a leyes físicas complejas y que es mucho más que un fondo de color amable. Van Gogh logró capturar en una imagen fija, en un momento y en una superficie plana, la dinámica y los ciclos de la luz que ocurren sobre nuestras cabezas sin que nos demos cuenta. El cielo, en sus cuadros, es puro movimiento.

Se tiende a pensar que la forma de representación que utilizaba el (en vida) muy subvalorado pintor, fue consecuencia de su desquiciada cabecita y sus habituales arranques sicóticos, pero lo de Van Gogh es ciencia pura. Su hábil pincel de trazo grueso fue el puente entre una realidad oculta (escondida más aún entre los gruesos biombos de la ciencia) y el arte para las masas, por cuanto pone de manifiesto procesos físicos intangibles a través del color. Tanto es así, que un estudio hecho por la CSIC de España, afirma que Van Gogh fue capaz de reproducir con óleo la complejísima teoría física de la turbulencia, mucho antes de que esta naciera como teoría propiamente tal, en manos del matemático ruso Andrei Kolmogorov en 1941.

5

Detalle de cielo en ‘Camino con ciprés y estrella’

4

‘Campo de trigo con cuervos’

Captar y comunicar este efecto físico mediante su pincel lo logró particularmente en tres de sus más conocidas obras, justo en la etapa final de su carrera (y de su vida): ‘La noche estrellada’ de 1889, ‘Campo de trigo con cuervos’ y ‘Camino con ciprés y estrella’ ambos de 1890. No hubo más porque Van Gogh moriría de un balazo ese mismo año, víctima de sus propios demonios.

En dos palabras, la teoría explica el comportamiento de los fluidos en un régimen caracterizado por baja difusión de momento, alta convección y cambios espacio-temporales rápidos de presión y velocidad… uf!

Para entenderlo mejor, se puede decir que un cielo muy turbulento es aquel que presenta una alta frecuencia de vibración de sus partículas, o sea, que se mueve mucho. Justo lo contrario – por ejemplo – a lo que sucede en el cielo sobre el desierto de Atacama que, además de estar casi siempre despejado, nada de lo invisible se mueve demasiado, por lo cual se le considera el mejor cielo del mundo para la observación astronómica, ya que nada interfiere el camino entre el observador y el objetivo.

En el caso de Vincent, quizás lo más impresionante de su hazaña físico-pictórica, es que en ‘La noche estrellada’ dibuja dos vórtices, uno para cada lado, cuestión que hoy en día es casi obligatorio en física para estudiar la mecánica de fluidos: dibujar una línea de flujo hacia un lado y luego compensar su efecto con otra igual hacia el otro lado. Operación altamente compleja y que Van Gogh realizó sin estudiar ni preguntarle a nadie.

2-1

‘La noche estrellada’

¿Igualmente imposible de entender? No importa.

Proponemos el siguiente ejercicio: mirar algún cuadro del notable pintor holandés y fijarse bien en el cielo; luego salir a la calle y levantar la vista para comprobar si vemos algo parecido (círculos, manchas, ondulaciones); finalmente volver a mirar los cuadros y comparar. Posiblemente nos encontraremos con la verdad: Van Gogh veía algo que nosotros los comunes no vemos… y además sabía pintar.

Así es que habrá que conformarse con el placer de contemplar una de sus bellísimas obras para conectar con la verdad de nuestro techo, y de pasada saber que la genialidad de este pintor es mucho más profunda y significativa que el puro buen gusto de salón.

Texto: Gonzalo Schmeisser | Imagenes: Vincent Van Gogh Foundation ©

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *