El recién cerrado año 2015, quienes disfrutamos de la música tuvimos que lamentar varias partidas de próceres de la canción, hombres y mujeres que nos regalaron desinteresadamente un segundo de placer, alguna epifanía o la melodía que suena perfecta como fondo para algún capítulo de nuestras vidas. Entre ellos se cuentan BB King, el rey del blues, Margot Loyola, la ‘Violeta Parra’ de nuestros días, Scott Weiland, líder de los noventeros Stone Temple Pilots y, hace algunos días, el bueno de Lemmy Kilmister, el mitológico (no mítico) vocalista de los fundacionales Motörhead.

Como ellos, otros creadores que también llenaron el mundo de sentido partieron, pero silenciosamente. Es el caso del talentosísimo Jack Rieley, artista subterráneo y compositor genial. ¿Pero quién fue Jack Rieley?

John Jack Rieley III fue, en pocas palabras, el manager de los Beach Boys en su época más experimental (y más interesante), y el compositor de una de sus más bellas pero desconocidas canciones: ‘A day in the life of a tree’.

Si bien esta impresionante oda en primera persona a un árbol que envejece y se lamenta por los buenos tiempos pasados, fue compuesta en conjunto con el genial Brian Wilson, Rieley se lleva todos los aplausos por que además la canta, y su profunda voz cargada de sentimiento es sencillamente conmovedora; logra transmitir y comunicar y, si uno está con los sentidos bien abiertos, parar los pelos.

Dice la historia que ningún miembro de los Beach Boys – y hay que decir que a ninguno le faltaba voz – quiso cantarla porque era muy triste, abriéndole el camino a Rieley. Y de que es una canción triste, lo es.

 

‘Un día en la vida de un árbol’ nos relata el lamentable estado del mundo y el tremendo deterioro que el ser humano le ha provocado a la naturaleza, especialmente desde la revolución industrial. Desde ahí, y con el progreso como estandarte, hemos visto desaparecer bosques completos, derretirse los hielos  y avanzar los desiertos.. y aún así, no entendemos la gravedad real del asunto.

Para graficarlo, Rieley utilizó el relato de un día en la vida de un árbol como metáfora de la tierra. En un mundo globalizado el daño local no existe, puesto que cuando se hace daño a un árbol.. ¡un sólo árbol!.. estamos dañando un sistema completo y, obviamente, a nosotros mismos.

Es cierto que parece haber una conciencia mayor hoy, pero es, a todas luces, aún muy superficial y no pasa de ser un discurso facilón del tipo matinal de TV.

Bombardeados de información y palabrería fácil, hemos perdido la capacidad de asombro, y ya parece ser demasiado tarde. Fuimos. Y no es únicamente la contaminación en forma de polución – que tan bien conocemos en Santiago – la que mata al ‘árbol’, lo es también la creciente pseudo conciencia ambiental y ecológica que creemos tener hoy, tan banal como escasa en aporte a la solución del problema real, tan influenciada por los medios masivos y sus medias verdades.

Y lo más penoso de esto es que se ha caído en una inescrupulosa puesta ‘en venta’ del paisaje como un concepto de modé, vendible e intercambiable como cualquier bien de mercado, algo que hay que vitorear sin saber bien porqué, sólo porque es la tendencia y todos lo hacen. Los medios se regocijan con los fondos verdes, los paisajes y sus supuestos líderes, premiando cada tanto la vanidad del caudillo de moda, ese que nos promete salvación pero que parece estar más preocupado de las cámaras y los aplausos que de generar una conciencia colectiva o un bien común.

Hoy el árbol, y como tal el paisaje, se está transformando en un objeto puesto en una vitrina como un artículo para ser comprado. Y cobran más sentido entonces las palabras de Riley cuando dice – a través del lamento del árbol – que sus ramas sufren y sus hojas ya no tienen el brillo de antes. Si, sufren por el mundo y sufren por el hombre, hijo malagradecido de su madre.

Es nuestra responsabilidad, la de quienes estamos metidos en esto pero también de quienes habitan un territorio (o sea todos), que esas hojas vuelvan a brillar. Pero a brillar de verdad, quitando de en medio la nefasta influencia de la contaminación menor (no podemos hacer mucho más frente a quienes realmente contaminan, industrias y megaproyectos) y olvidándonos un rato de nosotros mismos. Hay que trabajar de verdad, sin soberbia, con la cabeza y las manos, escuchando a los verdaderos próceres que vienen cantando nuestra desgracia mucho antes de la irrupción de los blogs y las redes sociales.

Hay que evitar la destrucción de nuestro pequeño medio primero apagando el ego con que nos empleamos en ‘mejorar’ el planeta sólo desde el discurso y la imagen. El compromiso tiene que ser genuino, limpio de fines utilitarios, sino el árbol que Rieley nos legara en la memoria, va a ser plastificado antes de su muerte natural y puesto en un museo como testimonio de la estupidez humana; y seguramente seremos nosotros mismos quienes aplaudamos tan bella pieza, una vez más sin hacernos ninguna pregunta.

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Texto e imagen de portada: Gonzalo Schmeisser ©

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