Miguel Laborde | Cronista

 

MIGUEL LABORDE, CRONISTA: ‘CHILE ESTÁ CRUDO

Miguel Laborde ha dedicado gran parte de su trabajo a descubrir la relación entre el chileno (y el americano) y su medio natural, desde nuestros pueblos originarios, que vivían en una armonía cósmica con su entorno, hasta la mirada de las grandes metrópolis actuales, que parecen negarlo. En la presente entrevista buscamos dar luces de cómo podríamos cambiar esa negación histórica que viene desde la conquista y transformar la concepción moderna que se tiene del paisaje como un hecho solamente estético, valorando la crudeza de nuestro territorio como parte de nuestro patrimonio.

  1. ¿Qué es paisaje?

El concepto paisaje se me aclaró mirando un estudio de asentamientos precolombinos australes. Había 300 lugares posibles donde se podían asentar con sus botes los Alacalufes, los Yaganes, etc., lugares que tenían bancos de mariscos y agua dulce cercana. De esos 300 posibles se habían asentado en 27. ¿Qué características tenían esos 27? Eran los de mejor paisaje. Es decir los seres que Darwin consideró del último escalón de la humanidad, igual tenían un ojo afinado para observar los espectáculos que ofrece la naturaleza.

Eso es en el fondo, los espectáculos que ofrece el planeta, los lugares que el ser humano desde su ojo considera bellos. En todos los lugares grandiosos de la naturaleza el hombre antiguo creó mitos, leyendas y relatos que reflejan que admiró esos espectáculos.

  1. ¿De qué modo Chile se ha vinculado a su territorio? ¿Crees que Chile ha crecido de espaldas a su medio natural?

En Chile siempre ha habido una relación difícil con la naturaleza por razones bastante obvias: el desierto es muy duro, la montaña es altísima, hacia el sur hay un laberinto de canales donde se despedaza el territorio, la corriente de Humboldt es un desafío para toda navegación y el valle central es muy sísmico, es difícil asimilar los desafíos de una naturaleza tan desafiante.

Por otra parte, la guerra de Arauco generó una distancia del español frente a la naturaleza, creó esa tendencia a ‘limpiar el monte’ que significaba destruir la vegetación nativa; la agricultura era sinónimo de limpiar el monte. Eso le hizo un gran daño al territorio.

Igual que la Cordillera de la Costa que estaba entera arbolada, con grandes quebradas, con vertientes de agua dulce, era muy fecunda. Hoy uno la ve desnuda y no se puede imaginar cómo era. Eso fue culpa del español, que a lo largo de los tres siglos secó la cordillera de la costa. El inmigrante de otras partes de Europa no tuvo ese recelo frente a una naturaleza que incluso podría esconder un ataque indígena. El viaje por el territorio era un riesgo de muerte. Es lógico que hubiera esa distancia.

Lo extraño es que durante la república eso demorara tanto en despejarse. Pensemos que José Victorino Lastarria, cuando inaugura en 1842 la literatura chilena con su manifiesto y su acto poético junto al Mapocho y mirando la Cordillera de los Andes, llama a empezar a mirar los paisajes de Chile, recién. Entonces ha sido muy lento, aunque eso va cerrando un círculo.

Hice un trabajo sobre la cultura Mapuche: ‘La selva fría y sagrada’, donde trato el tema del Mapuche y el paisaje, y me llamó la atención mirando la historia del arte chileno que hacia mediados del siglo 20 recién el arte empieza a empalmar con el ojo Mapuche, de alguna manera empezó a sintonizar con el espíritu de lugar, en la misma sintonía que lo había percibido el Mapuche. Ahora podemos ver similitudes entre poemas de Elicura Chihuailaf o Raúl Zurita hablando de los volcanes o de las montañas, al fin hemos estado llegando a una relación más normal con nuestro paisaje.

  1. ¿Qué presencia tiene la idea de paisaje en el imaginario colectivo nacional?

El paisaje es muy fuerte en el imaginario chileno, también lo es en todas las culturas. Los mismos soldados en todas las guerras son un ejemplo: las fogatas previas a las batallas son relatos y evocaciones de paisaje, de comida y de paisaje.

Yo viví en Europa tres años y al juntarse con chilenos en algún minuto de la noche, más tarde que temprano, empezaba a fluir el tema de los paisajes. Hay una añoranza fuerte por el paisaje en el que uno crece y que a uno lo define.

Hemos ido creciendo en eso, por ejemplo el desierto no existía en los años 50 o 60. A mí me tocó ir hacia el norte con dos amigos el año 1965 y fue como descubrir algo de lo que nunca había oído nada, llegar a San Pedro de Atacama, el pueblito donde estaba el Padre Le Paige y del que no se hablaba.

Una vez volviendo de Perú en los años 70 paré en la Hostería de Arica a descansar un par de días y pregunté en la recepción que podía conocer por ahí cerca. Me dijeron las playas, ninguna otra orientación. Y dando vueltas me topo al final con un letrerito que decía ‘subo al altiplano’, yo creo que nunca había oído la palabra altiplano… y subimos. Nuevamente fue algo inesperado. Ahora está lleno de fotos y referencias de Chungará y el Altiplano. En ese momento era inexistente, incluso Chiloé era inexistente.

En ese sentido existían los paisajes chilenos pero eran la cordillera y el mar, los lagos también, que fue como el primer referente de paisaje chileno. Ahora se ha complejizado y enriquecido y nos hemos dado cuenta de que tenemos una riquísima geografía. 

  1. Tú has acuñado la frase ‘Chile está crudo’, ¿Podrías explicarla? 

Lo de Chile está crudo me surgió a raíz del terremoto del 2010 cuando me tocó presentar los anales de la Universidad de Chile, que habían dejado de imprimirse y a raíz del terremoto volvió a sacarse un Número 1, una nueva etapa, y había un trabajo ahí dedicado a los distintos aspectos de los sismos. Específicamente un trabajo de un chileno que trabaja en el instituto de geofísica en Francia, y  ahí explicaba que el planeta está terminando de ensamblarse en Chile, de cerrarse, de configurarse, y que los geofísicos del planeta lo observan por que el día que termine de estabilizarse, llega a su fin el proceso de conformación del planeta, y ahí va a empezar lentamente a morir, por ende es una señal de vida lo que nos sucede con eso aquí en Chile.

De alguna manera me quedó esa imagen, que todavía estamos asistiendo a los últimos días del génesis, entonces somos un testigo muy privilegiado. Me acordé de Fitz Roy, el navegante inglés que trae a Darwin, que recorre el Estrecho de Magallanes, el Cabo de Hornos, Chile austral, y el siente exactamente que está viendo la mano de Dios, que está asistiendo a los últimos días del génesis. Por eso pidió traer a un científico, que fue Darwin, para que el mundo supiera esto; pensaba él, un hombre muy religioso, que esto iba a acercar al ser humano a Dios, el conocimiento de la naturaleza austral de Chile, para él sublime, conmovedora, sagrada.

En cuanto a la crudeza, eso también me golpeó mucho en Europa, el recorrer casi con desesperación los fines de semana por que estaba trabajando en cine, pasaba encerrado sin luz, y quería salir a tomar aire, y podía viajar mucho y nunca llegaba a la naturaleza. De alguna manera estaba buscando una naturaleza cruda, salvaje, no domesticada y que no existe en Europa, y empecé a valorar eso.

Otra vez Francisco Gazitúa, escultor, me tentó a que cruzáramos la Cordillera de los Andes por Los Piuquenes, por el fondo del Cajón del Maipo, y es casi risible porque el lado chileno es de mucha aspereza, de piedras filudas, golpea el viento, es muy áspero e intenso. Y uno cruza el hito y de inmediato se suaviza, vienen las colinas que parecen alpinas, niñitas tipo Heidi, florcitas amarillas, es una cosa de una blandura absolutamente opuesta. Por donde uno mire hay una intensidad en eso que creo que es un valor de la naturaleza chilena, y que la recogen encuestas del Sernatur y de Imagen de Chile, encuestando a viajeros – muchos europeos o de Estados Unidos – que perciben esto: la sensación de estar en un lugar donde nunca nadie había estado, y eso no se da en otros continentes, ni siquiera en otras partes de América. Es muy de acá. Ayuda que haya poca población, esa sensación de vacío y de pura naturaleza y puro paisaje es un valor, un atributo, un patrimonio de Chile.

  1. ¿De qué modo crees que afecta (o favorece) esta crudeza en el desarrollo de la cultura nacional o al desarrollo de nuestras ciudades? 

La crudeza de Chile ha favorecido el arte enormemente, pienso en Israel Roa – gran acuarelista chileno – que no pintaba en óleo sino que en acuarela porque el paisaje le parecía acuoso. Él era del sur, a los pies de la cordillera de Nahuelbuta, y crece sintiendo los aguaceros en invierno que parece que se fueran a llevar la casa, y el sentía después en primavera que estaba frente a un paisaje nuevo. Que todos los inviernos, entre las crecidas de los ríos y deslices de tierra en las quebradas, formaban un territorio nuevo.

O si pensamos en Neruda, cuando habla de la Araucanía con sus araucarias enormes, los truenos y relámpagos, ese drama que da lugar después a momentos de quietud y silencio en los bosques… eso es una crudeza que siempre nos está dando algo nuevo. O en el mar, una persona que no ha navegado pensará que todos los días son iguales, sin embargo en los mares chilenos no hay dos días iguales y eso lo sabe el navegante.

En todas partes hay una riqueza de lo crudo que es tan fascinante que estimula la adrenalina, excita,  y frente a eso otros paisajes nos parecen dormidos o domesticados.  Eso nos ha configurado una manera de ser, una cierta resignación y fatalismo, porque sabemos que lo que estamos haciendo se va a caer en un tiempo más, eso es duro de resistir. 

  1. ¿Crees que se podría extrapolar esa crudeza a toda América y transformarse en nuestro sello distintivo, una condición propia de América y diametralmente opuesta a la de Europa, que ya está totalmente hecha? 

La crudeza en cierto grado la compartimos con toda América Latina. Tenemos el cordón andino asociado al cinturón de fuego del pacífico y al volcanismo, la corriente de Humboldt parte en Perú, la selva amazónica, el pantanal; son territorios salvajes y nos resultan en ese sentido satisfactorios: ahí también encontramos una naturaleza intensa, dramática, interesante.

Hay en general algo que nos distingue como América Latina y que nos ha marcado como escenario de tierra salvaje, de tierras vírgenes, de futuro más que de pasado.

Asia y Europa son continentes que ya están dados por vistos: la naturaleza se asentó y se domesticó hace siglos. Son África, América del Sur y el Caribe las que tienen esta condición nueva y fresca, y América Latina más, porque su diversidad es más rica que la africana.

En ese sentido hay que ver la desembocadura del Orinoco, con sus millones de aves, miles de distintas especies viniendo desde el hemisferio norte anidando en sus islotes y ciénagas; eso es un espectáculo que no tiene precio: no hay en otras partes del planeta la posibilidad de ver cómo pudo haber sido el mundo entero hace millones de años, eso es lo propio de nuestra región. 

  1. ¿De qué forma las grandes ciudades chilenas, que ya parecen estar definidas como negadoras de su entorno, pueden cambiar y favorecer la interacción con un medio natural tan rico? ¿Es posible a estas alturas o necesitamos que cada cierto tiempo venga un extranjero como Brunner a recordarnos que vivimos rodeados de una belleza escénica única? 

Para eso preferiría quedarme con las tres lecciones de Vicuña Mackenna: primero que nuestras ciudades deberían ser miradores de la Cordillera de los Andes, pensarse en esa posición de plataforma desde la cual contemplar la cordillera. En segundo lugar, todas nuestras son de borde fluvial, y eso debiera estar presente como política, como dialogamos con nuestros ríos. Y tercero los cerros isla, que es una condición muy única, veintitantos cerros que pueden ser veintitantos parques es un privilegio. Yo dejaría eso: cordillera, ríos y cerros isla. 

  1. Los pueblos originarios de América parecían vivir en armonía con su entorno, diseñando una arquitectura sumamente sofisticada que reconocía a los elementos naturales presentes como rectores de su forma y fundamentales en la conformación de sus asentamientos, justo lo contrario a lo que ha sucedido desde la llegada de los colonizadores, ¿Qué crees que podría rescatarse de esa armonía para el desarrollo futuro de las ciudades americanas? 

El indígena habitaba el territorio y eso debiéramos traspasarlo a la escala de la ciudad desde lo mínimo. Pienso en el poeta Gonzalo Rojas al que le preguntaron si era cierto que se había ido a vivir junto al Rio Renegado, y él dijo: “no, yo me fui a vivir AL Río Renegado, me pertenece. Desde el origen arriba en la montaña yo siento pasar los troncos perfumados aguas abajo cuando hay inundaciones; siento la desembocadura al llegar al mar, el río completo es parte de mi casa”. Nosotros debiéramos ser capaces de tener ciudades que dialogan y se posicionan de esa manera con el territorio.

El mapuche por ejemplo, en su misma ruca bioclimática tenía 18 elementos vegetales, algunos eran juncos que iba a cortar a los lagos andinos a más de 3.000 metros de altura y madera de bosques a veces bastante lejanos. En esos 18 elementos, en esa ruca tan sencilla que según los españoles era una choza, había 18 elementos bien pensados que son parte del territorio y que se reúnen ahí.

La misma vivienda atacameña tiene esa capacidad de concentrar el calor durante el día e irradiarlo hacia el interior durante la noche para calefaccionar, gracias a sus muros de piedra. Los atacameños estaban también habitando el desierto de manera adecuada.

¿Nosotros hemos pensado como habitar el desierto? ¿Cuál es nuestra ciudad para entrar en el desierto? Hemos creado una Calama que destruyó el gran oasis, que era la riqueza de lugar. Eso no es habitar el desierto, no es saber construir una ciudad en el desierto.

¿Cuál es nuestra ciudad andina?  Sewell es la única y por una razón minera, pero no hemos sabido instalarnos en la cordillera; por ejemplo Suiza está de ahí para adentro, dentro de lo que para nosotros es territorio perdido, ahí está Suiza, ciudades enteras; nosotros no hemos sabido hacerlo, no hemos pensado siquiera hacerlo, ¿queremos hacerlo o no?.

En ese sentido el indígena fue mucho más capaz de desplazarse por el territorio y de adaptarse a distintos medios. Nosotros recién estamos pensando: ¿lo hacemos o no? ¿Dónde debiéramos?

  1. ¿Imaginas al hombre americano del futuro tan dependiente de la ciudad como lo es hoy, o ves posible el transito paulatino hacia una nueva forma de habitar el territorio?

Creo que cada vez más estamos dándonos cuenta de que queremos habitar el territorio. Ese tema no importaba a principios del siglo 20 por el tamaño reducido del 98% de las ciudades en el planeta, pero eso ya no existe, se rompió ese equilibrio. En ese sentido necesitamos que penetre el territorio y se haga visible al interior de la ciudad, que vivir dentro no signifique romper con el territorio. Que sepamos abrir ejes biológicos, ejes de flora y fauna, cultivar las riberas de los ríos y mantenerlas como vías estructurantes.

Todo eso nos debe llevar a estar más cerca del territorio y no promover ciudades de poblaciones descaradamente absurdas en tan poco espacio. Espero que avancemos hacia eso. 

  1. ¿Ves algún esfuerzo individual o colectivo en Chile tendiente a reconocer a nuestro paisaje como EL sello distintivo chileno o americano?

Sí y no. Yo creo que estamos entrando en una segunda fase.

En los años sesenta – y eso fue un fenómeno mundial – hubo un retorno a la naturaleza y Chile no fue la excepción, es ahí donde comenzamos a descubrir nuestra riqueza y a hablar de Rapa Nui, de la Patagonia, del desierto de Atacama, del altiplano… en eso estuvimos casi treinta años.

Creo que recién ahora estamos aprendiendo a equilibrar el paisaje con el ser humano y a ver como es la relación entre los dos. No el paisaje puro, porque tampoco podemos pretender vivir en el paraíso porque ya somos muchos y tenemos un peso sobre la naturaleza; más bien tenemos que hacernos cargo de como dialogamos con ella, pero no podemos seguir viviendo en tierras vírgenes.

Eso nos exige escoger muy bien cuál debe ser el camino que se debe seguir. Tenemos decisiones brutalmente fuertes por delante: tenemos una crisis de energía que podría significar tirar a todo lo largo de la precordillera de Chile un frente de torres de alta tensión eléctrica. ¿Ese es el camino? ¿No hay una alternativa para cruzar el territorio completo con torres de alta tensión? Yo no lo puedo creer.

Además se está trabajando con políticas dudosas, por ejemplo en el valle de Limache que es maravilloso. La empresa que ganó la concesión cobró menos pero exigió elegir el trazado, ¿Una empresa extranjera va a decidir como va a cortar el valle de Limache para siempre?

Necesitamos políticas para habitar este territorio tratando de defenderlo – no podemos defender todos los paisajes, tal como en una ciudad no se pueden defender todos los barrios y hay que ver donde se densifica -, lo que sí hay que ver donde se interviene la naturaleza y cuáles son los paisajes que habría que mantener como patrimonio, tal como lo hicieron los indígenas: no todo era territorio ancestral, no todo era tierra sagrada. ¿Cuáles son nuestras tierras sagradas?

Imagenes: Gonzalo Schmeisser © + Javiera Infante © | Textos: Gonzalo Schmeisser

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