Flores en el desierto
Ella era algo mayor y no importaba,
por enamorados.
También era de ella el auto, y qué.
Y fue la que propuso, aunque algo tarde,
vámonos al norte,
manejamos unas horas y acampamos
en el desierto.
Así fue y llegaron,
oscuro ya y sin ver nada.
Torpes -hacía frío- armaron la carpa.
Con el sol despertaron los ateridos cuerpos,
tocándose,
hasta sentir el sol adentro.
Recién entonces miraron y ahí estaba,
el desierto florido.
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Texto: Miguel Laborde
Fotografía: Gonzalo Schmeisser



