Florencia Vicuña | Representando el (sub) mundo de lo invisible

En nuestra búsqueda por descubrir de qué forma se define el paisaje (y todo aquello que lo compone), desde quienes trabajan con esa idea, hemos descubierto una tendencia cada vez más notoria: el arte, como representación de la sociedad y expresión humana, se está volcando en masa – nuevamente y como todo buen ciclo – hacia la representación de la naturaleza que nos rodea, sus formas, colores, hábitos; poniendo de manifiesto visualmente un montón de cosas que no vemos, porque sencillamente no nos damos el tiempo de hacerlo.

Y no es sorpresa que el arte sea el motor de los más significativos descubrimientos humanos, incluso – a veces – antes que la todopoderosa ciencia (ver ‘el cielo según Van Gogh’). Desde que el hombre es hombre y el arte es arte, los artistas han sido los portadores del farol con que se alumbra el camino por el que transita el hombre común, por cuanto avanzan a ciegas abriendo la senda de lo desconocido, circulan por donde otros no se atreven. He ahí su valor.

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Entonces, ¿por qué el arte parece estar tan atrás en la filita de las actividades humanas?

La habitual subvaloración que tiene el arte hoy, no es más que la consecuencia nefasta de que vivimos encerrados en un sistema que le da prioridad a lo instantáneo, a lo eficaz y, lo que es más agobiante y penoso, a lo rentable. En esa dinámica, no es extraño que quede relegada a un segundo plano toda actividad u oficio que se haga con fines no comerciales, sino que por el puro gusto de hacerse, de explorar y descubrir.

Todo aquello que se haga con pasión, con calma, con tiempo, pero que no signifique necesariamente cocinar una fortuna, se ubica hoy en el tercer subterráneo del enorme edificio que es el conocimiento humano y, por lo tanto, las búsquedas interiores deben estar bien guardadas en nuestras bodegas personales, bajo ocho llaves, juntando polvo.

Triste, muy triste, pero cierto.

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Por eso es gratificante conocer a artistas como Florencia Vicuña, quien hace de sus propias búsquedas interiores y gustos personales, un camino posible. Su exploración no sólo va de la mano de un talento innato, sino que de las ganas de experimentar y soñar con las posibilidades que nos abre el sencillo gesto de usar los ojos y percibir con agudeza el entorno que nos rodea. ¡Qué más humano que eso!

Florencia trabaja con la idea del mundo invisible de las plantas y los seres vivos que habitan con nosotros pero de los que no nos percatamos, o el submundo de los ‘organismos’, como llama ella a la serie que la tiene de cabeza en el papel hoy. Su apuesta es la de representar ese pequeñísimo cosmos desde una percepción personal, propia e íntima, alejada de lo científico pero apostando a un fin común: descifrar la belleza de lo invisible, de lo mínimo.

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Organismo 1

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Organismo 2

En esa travesía con el lápiz hacia el corazón de lo vivo, de los sistemas, descubre lo complejo de lo que aparenta ser simple y lo pone de manifiesto con una naturalidad notable, que parece estudiada pero que no lo es. Y aquello no es más que dejarse llevar por la intuición pura, otra característica humana muchas veces olvidada.

Sus formas nos conducen a lo que nos podría mostrar el microscopio que nunca tenemos a mano y que deberíamos tener si quisiéramos entender realmente que el mundo no se compone sólo de lo visible, lo tangible o lo cotidiano. Y en cuanto al paisaje (concepto cada vez más manoseado), creemos que es solo eso que se nos muestra a simple vista y a ojo descubierto, ¿pero cuánto hay detrás que desconocemos? ¿y qué es el paisaje si no el mundo que nos rodea, dese lo más pequeño e invisible, hasta lo más grande que se escapa de nuestro alcance?

Ese mundo se construye con el ojo, pero a su vez está repleto de capas ocultas, escondidas, y aquí – a través del arte – hay un punto de partida para seguir explorando.

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Organismo 3

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Organismo 4

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Estudio sobre flores y humanos

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Taller

En su obra también caben los animales sacados de su contexto habitual, las plantas y su sexualidad, las flores y su movimiento, y – por supuesto – el ser humano, como recordándonos que no somos más que otro elemento de la naturaleza, que nos creemos mucho y nos damos tanta importancia, pero somos sólo parte del paisaje, como cualquier planta, cualquier bicho o cualquier árbol.

Quizás lo más destacable de su trabajo, es que va justo en contra de la idea de que algo tan etéreo y antojadizo como nos hacen creer que es el arte, puede ser un medio para descubrir procesos reales, acercárnos a la verdad de las cosas y, de este modo, volver a pegarnos en la frente y darnos cuenta de que no sabemos nada.

Su trabajo es aún joven, está recién partiendo, y eso es quizás lo mejor de todo. Asistimos al inicio de un proceso que no sabemos bien dónde va a terminar, pero que no importa, pues la virtud está en atreverse a emprender la búsqueda sin importar el fin. Salir de la zona de confort y meterse con alegría en los terrenos pantanosos que están fuera de los caminos conocidos,  y disfrutar a fondo mientras logramos cruzar o nos hundimos. Eso es lo de menos. Como bien dice Jorge Drexler en una de sus mejores canciones: hay que ‘amar la trama, más que el desenlace’.

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Florencia Vicuña Hogge nació en 1991, es artista visual de formación, egresada de la UFT en el 2013. Ha vivido toda su vida frente al mar – en la V Región – pero actualmente está radicada en Santiago, concentrada en terminar su serie ‘Organismos’, buscando espacios donde exponer su trabajo y explorando el mundo del tatuaje como manifestación artística.

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Texto e imágenes: Gonzalo Schmeisser ©

Category: Perfiles
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