Compartimos aquí el increíble trabajo gráfico de la joven arquitecto del paisaje francesa residente en Chile, Paloma Stott. Un cruce virtuoso entre técnica, observación y belleza. Un elogio a la profesión y al oficio. ¿Pero porqué compartir este trabajo específicamente?

Porque Chile, históricamente, como buen país mestizo y extremadamente joven, tiende a copiar modelos extranjeros e importarlos sin medir demasiado si su adaptación será posible y calzará con nuestras necesidades. Ejemplos de esto hay muchos, positivos y negativos, los vemos cuando nos subimos a la micro y cuando almorzamos en un restorán de comida rápida, pero también lo experimentamos -sin darnos cuenta- cuando vamos al consultorio o mientras nos educamos en las universidades.

Casi todo lo que vivimos a diario viene de un modelo ajeno que se ha ido incrustando a la fuerza en las grietas obvias de un país tan nuevo como el nuestro, y de uno u otro modo han ido configurando la idea de una nación.

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Por estos días en que (insistimos) el paisaje, la vida al aire libre y el amor por la naturaleza se han convertido en algo así como el sello característico de nuestra incipiente juventud -como lo fue ser ‘urbano’ hace algunos años- podríamos aprovechar de darle a esta coyuntura, sumamente positiva por lo demás, el toque que le falta para que no se convierta en la moda pasajera que se acaba cuando aparece otra más cool.

Ese toque debiera ser, a nuestro juicio, tomarnos el paisaje como un asunto serio y que escapa a la caricatura obvia -típica y aburrida- de la foto bonita tomada por el explorador de turno. Mejor aún, sacarlo del alcance de los mercaderes oportunistas que se vanaglorian de su ‘tendencia verde’ e incentivan el consumo de nuestros bienes naturales como si fuera el chicle más fosforescente o la zapatilla más cara.

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Una forma de hacerlo, es que las universidades tomen partido por profesionalizar las disciplinas que trabajan la idea del paisaje, más allá de las carreras científicas y la arquitectura. Y eso no quiere decir volverlo denso y convertir el amor genuino por la naturaleza en algo tosco y espeso. Es posible incentivar el análisis profundo de los sistemas que componen al paisaje, sus necesidades espaciales, el factor humano y sus componentes biológicos, con la representación, el arte, el color y la forma; en suma, con lo comúnmente asociado a la belleza.

Abrir el eje (y el ojo) de como se manipula un tema tan delicado como la construcción (real e imaginaria) del medio en que habitamos. Está más que demostrado que el arte y la técnica unidos, jamás serán vencidos.

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69En esa idea, la arquitectura del paisaje -entendido como el trabajo sobre el territorio y no la jardinería- puede dejar de ser una cola en los programas de estudio, un breve taller o un postgrado en las escuelas de arquitectura para profesionales decepcionados o para gente que busca un fundamento ‘académico’ para hacer un lucrativo negocio.

La arquitectura del paisaje puede ser, tal y como en la Europa que admiramos tanto, una carrera que se aprende, se estudia y se aplica en parámetros reales en la sociedad. Y que se lleva a la práctica con la misma seriedad con la que se ejerce la medicina o la economía.63

 

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Justamente un ejemplo de este cruce, es el trabajo de la arquitecta del paisaje Paloma Stott, francesa (formada en Escocia) que está pasando algunos meses en Chile aprendiendo y representando un paisaje que, según cuenta, fue toda una sorpresa encontrarse.

Ella estudió la carrera universitaria de ‘Arquitectura del paisaje’ en Escocia y su formación abarcaba tanto la comprensión de los sistemas ultra complejos, como el arte de la representación. Y en esto está lo más relevante del asunto, ya que la representación artística salta de ser una consecuencia de lo que se aprende, a ser una herramienta más para aprender, para recolectar información y expresar una idea.

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Basta ver en sus creaciones la relevancia del ambiente, y cómo los lugares no son sólo un espacio repleto de cosas sueltas por aquí y por allá; cada elemento es parte fundamental en la composición de una atmósfera, nada sobra. Y en eso no sólo importa el talento del pincel o la rapidez del mouse, sino que priman la agudeza del ojo y la voluntad de narrar la verdad intangible de los lugares.

El trabajo de Paloma es un gran ejemplo de cómo se podría abordar la disciplina, que es mucho más compleja de lo que parece, siempre confundida con el bello arte de hacer jardines o el acto natural de intervenir un sitio. Y es que combinar arte y conocimiento da como resultado la bajada a la tierra de cosas que parecen muy difíciles, haciéndolas abordables y llamativas, pero sin perder el rigor.

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Y como forma de honrar su precioso trabajo -una dotada mano para el dibujo sumado a un gran manejo de la tecnología- y testimoniar de qué forma la representación cobra un valor utilitario y comunicativo, expusimos aquí una selección de sus mejores fotomontajes. Arte, técnica, conocimiento y profesión para desarrollar durante toda la vida, y de pasada hacer un aporte desde la academia hacia la forma en que habitamos nuestro territorio. He ahí la respuesta.

Paloma Stott nació en 1991 en Mâcon, una localidad cercana a Lyon, Francia. Estudió Arquitectura del paisaje en la Edinburgh School of Art en Escocia y egresó en 2010. En 2014 viajó hasta Santiago atraída por un país ‘de geografía extraña’ y para descubrir algunos de nuestros paisajes más famosos. Una pasada de unos meses en la oficina de la reconocida arquitecto y paisajista Teresa Moller, se ha convertido en una estadía prolongada y que se puede extender aún más pues todavía le falta conocer el norte de Chile. Actualmente, prepara la presentación de su oficina en la XV Bienal de Arquitectura de Venecia 2016.

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Texto: Gonzalo Schmeisser ©

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