Si te diste cuenta que vives inmerso en medio de una de las ciudades más desaprovechadas del mundo, en que las luces no dejan ver las estrellas; los edificios de vidrio y acero tapan la cordillera; los parques, con tres tristes árboles, nos quieren engañar con la falsa impresión de estar sentados bajo una sublime obra de la creación; horrendas calles cubren de cemento lo que alguna vez fue tierra; y saturada de autos, motos y micros que mandaron al caballo al hipódromo para la entretención de los apostadores; tendríamos muchas excusas para recomendarte una larga vuelta por el campo, mar o cordillera que tengas más a mano y perderte un rato. Apagar la televisión y olvidarte de los programas de cocina y las noticias amarillentas; cerrar el laptop y dejar pasar las últimas novedades de Facebook; guardar el teléfono en el fondo del cajón e ignorar los mensajes al menos por un día.

Podríamos hacerlo, sí, pero sabemos que la vida no es sólo una ensoñación etérea de paisajes verdes y rutas de rafting por azulados ríos sureños. No es un volar de flores del diente de león por amplios prados verdes, ni  piñones dejando una estela de frescor mientras caen de un robusto pino. No es un retumbar de olas en una playa de arenas silentes que se quedan quietas mientras contemplan al sol dormirse en el horizonte.

 

La vida también es trabajo y responsabilidades que, obvio, podríamos evitar si entendiéramos bien de qué estamos hechos y porqué estamos parados sobre la tierra. Pero no lo entendemos y no lo entenderemos mientras no queramos hacerlo.

Así que el convite entonces es a olvidarse un poco de eso y volar sentado en tu escritorio, mientras revisas aburridos informes sobre aburridas estadísticas de contabilidad; dibujas soporíferos planos de soporíferos edificios que nunca construirías; firmas desalentadores documentos sobre desalentadores negocios que no eres capaz de dimensionar con tu calculadora; diseñas descorazonados jardines para descorazonados clientes que no entienden la enorme belleza del arte sobre la naturaleza; conduces un estrecho auto que te recuerda la estrechez de tus propósitos.

Pon play al video de más arriba, cierra los ojos y piérdete un momento flotando en las atmósferas espaciales de Brian Eno y su inmortal, imprescindible y absolutamente exquisito disco de 1983, ‘Apollo: Atmospheres and Soundtracks‘. Si la experiencia de desconexión momentánea no es satisfactoria, te devolvemos tu dinero.

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Texto: Mateo Gil y los Schmeissers del ritmo

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