Cuando el poder se confunde con el amor

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Como todo hecho histórico, un pequeño momento, un breve y pequeño momento que quedó guardado en los polvorientos cajones del archivo humano, ha sido determinante en la forma en que algunos comprenden el mundo hasta el día de hoy. ¿Comprenden el mundo?

Sí. Hubo una época preciosa en que no existían los títulos de propiedad, contratos ni transacciones agrícolas firmadas ante notario. No había papeles ni jueces que determinaran de qué forma podíamos pararnos ante el territorio que nos tocó de casualidad, sólo por nacer aquí. Todos sabemos quienes y cuando aplastaron esa forma de entender el mundo, decretando la muerte de la vida humana ligada a la naturaleza; la muerte de la madre.

Años después, ya instalado el hombre europeo en América, una circunstancial crisis de los precios del trigo chileno -bien muy apreciado en Europa durante el siglo XIX- botó al piso las economías locales a cargo de los hacendados, quienes se hacían cargo de dicha producción. La imposibilidad de los campesinos de competir en los mercados internacionales les abrió campo a los nuevos burgueses chilenos, quienes accedieron a importantes créditos incentivados por el Estado para la compra de maquinaria agrícola. El reducido grupúsculo que pudo comprar aquellos artefactos penetró con furia ese territorio que hasta entonces -sólo hasta cierto punto- era más propiedad de los campesinos que de los poderosos hombres de ciudad.

Así no más. El campo chileno pasó a manos de los latifundistas y terratenientes, y la escala social re ordenó sus jerarquías, quedando arriba estos últimos y abajo quienes habían dejado la vida y las manos en el campo desde la edad de la colonia.

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Hace muy poco, un típico joven miembro de la neo-aristocracia chilena, vaso de whiskey en mano, corbata bien amarrada, pelo peinado a la cachetada y un tono de voz claramente marcado por su educación de colegio ultra privado, me comentaba torpemente sobre su profundo amor por la naturaleza, reflejado -según él- en su cercanía con el mundo outdoor y su pasión por el campo. Su paradoja era simple como él: ‘amo a la naturaleza, me encanta vivir en Pirque ‘desconectado de todo’ y soy fanático de las motos’. Mi probable silencio y su apuro por recibir una respuesta afirmativa acompañada de una sonrisa fácil fueron más que elocuentes: su desconexión con el mundo natural era tan agobiante y evidente que ni él mismo era capaz de hacerse cargo de un discurso copiado que no entendía realmente. Su breve alocución – tan de moda hoy por hoy- se reducía a palabrería barata de red social, a frase hecha sin pensar, de esas que se acompañan con una selfie bajo el agua para ganar la mayor cantidad de likes posibles.

Claro, su asunto era el poder. Poder y sólo poder. La profunda alegría que le provoca a algunos sentirse dueños de la tierra, intención grosera proveniente de esa herencia cultural tan arraigada en los miembros de aquel pequeño grupo de chilenos: la propiedad y el poder sobre el patrimonio común, eso que nos pertenece a todos pero que algunas políticas colonialistas terribles han delegado en algunos pocos. Como si la posibilidad de disfrutar de nuestro paisaje fuera facultad sólo de aquellos que tienen heredado el derecho de propiedad sobre la tierra, aquellos que ganaron en la lotería genética.

La autoridad moral para hablar de amor por la naturaleza es tan cuestionable como vacía, y no da para un artículo muy elaborado. Así que el llamado es simple: no hay que dejarse llevar por la imagen. La imagen de hoy es la palabra vulgar de antes. Sólo publicidad.

Una auto-foto de un engreído musculoso saltando desde una roca al mar, o haciendo una fogata en medio de un bosque, o sentado frente al mar con su traje de baño Quiksilver y su tabla de surf apoyada en ángulo perfecto, o destruyendo inconscientemente un cerro con una moto repleta de colores y números; no significa una conexión con el mundo natural, ni menos con el verdadero, y muy real, paisaje chileno. El amor por el mundo outdoor (qué palabra terrible) no es -ni de cerca- amor por la naturaleza. Es amor por el poder y la imagen, por la idea de mostrarse de la forma en que la tendencia obliga; y todos sabemos que un discurso sin fundamento se deshace con el primer ventarrón.

En este sentido, el mundo y las conciencias de quienes lo habitamos no está cambiando para bien como parecen indicar los cada vez mas ‘verdes’ perfiles de Facebook, sino que se está volviendo tristemente autocomplaciente y superficial. Y lo peor de esto es que esa masa que se mueve como robot no hace nada más que dejarle un espacio bien abierto a quienes realmente tienen responsabilidad en la devastación del planeta, para que sigan con el show de la muerte en vivo mientras ellos andan distraídos tratando de verse aventureros y ecológicos.

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Texto: Theo S. Meisser

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