Jamiroquai, banda mítica del renacido movimiento funk de los años ’90, no sólo nos hizo bailar y querer usar gorritos de lana inca en la cabeza; también -sólo si dejábamos de mover los pies y empezábamos a poner atención- nos ayudó a abrir ojos y oídos ante las miserias medioambientales, políticas y sociales de las que el ser humano (como siempre) es culpable.

El bueno de Jay Kay, ese galancete que cantaba como niña y que bailaba como robot aceitado, fue un activo defensor del medio ambiente durante la primera etapa -y la mejor- de su archifamosa banda.

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Carátula interior de ‘Emergency on Planet Earth

En sus primeras letras podemos encontrar frases tan filudas como ‘With these chains of hypocrisy, the shame of my ancestry, forever stained by blood in which you tread’ (‘Con esas cadenas de hipocresía, la vergüenza de mis ancestros, para siempre manchado con sangre donde pisas’); o, ‘The consequences are so grave, so so grave. The hipocrites we are their slaves. So my friend to stop the end on each other we depend‘. (Las consecuencias son graves, muy graves. Somos esclavos de los hipócritas. Así que, mi amigo, para frenar el final, dependemos de nosotros mismos’).

O que decir de la profética frase ‘Now don’t talk about quantity, cos’ there’s no fish left in the sea. Greedy men been killing all the life there ever was’ (Ahora no hables de cantidad, porque ya no hay peces en el mar!. El hombre codicioso ha estado matando toda la vida que había’). ¿Les suena algo parecido a lo que sucede ahora mismo en Chiloé?

Video del hit de 1993 ‘When you gonna learn?

Los dos primeros discos, Emergency on Planet Earth (1993)  -título más que elocuente- y ‘The Return of the Space Cowboy‘ (1994), fueron dos gritos de alerta en código bailable sobre el desastre que significa la presencia humana en el planeta. Esa huella profunda que ya no tenemos forma de borrar, ni aunque las potencias se comprometan a bajar sus emisiones de gases después de sus suntuosas e hiperventiladas conferencias, repletas de whisky caro y Mercedes Benz manejados por gorilas con pistola dispuestos a matar a cualquiera que se atreva a lanzar un inofensivo huevo en forma de protesta; o bien que algunos ingenuos soñadores hagamos paginas web de divulgación con información que a nadie le importa demasiado.

Jamiroquai inventó un género: el funk con conciencia ambiental. Y si no lo crees, escucha alguna canción de James Brown o alguien parecido y busca alguna referencia al medio natural y su honda belleza. Sí, por mucho que nos hagan zapatear, ahí no hay mucho más que obvias referencias sexuales y vulgares guiños a las noches de exceso.

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Se le olvidó

Eso hasta que JK conoció la dulzura embriagadora del dinero. Y de pasada los Ferrari, las mansiones, los yates y se enteró de que que su encanto natural y su look en cuidado desorden atraía como imán a las mejores modelos y actrices. La mayoría de sus letras se olvidaron del bosque y del mar, y empezaron a versar sobre chicas cósmicas y motores de autos a 150 km por hora. Hasta ahí con la historia consciente y jugada.

Hoy el tipo parece ser un resto de sí mismo, pero nos queda grabada su imagen juvenil, bailando con su típica camisa estilo Maya y su sombrero de búfalo, en pleno desierto, en el video de ‘Too young to die’. O, mejor aún, nos queda el funk suave con voz en armoniosa rabia preguntándose ‘So where has the love all gone?’ (¿donde se fue todo el amor?). Parte de la letra de su mejor canción por lejos: Manifest Destiny. Ese canto desesperado al abuso de la esclavitud de la que hoy parecemos libres. Pero ojo, ser y parecer no es lo mismo.

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Texto: Gonzalo Schmeisser 

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