Termas de Puritama | San Pedro de Atacama

La quebrada de Puritama (‘Agua caliente’ en lengua Kunza) se encuentra 28 km al norte de San Pedro de Atacama y es una de las atracciones turísticas más llamativas y visitadas de la zona durante todo el año.

La particularidad paisajística de este sitio, más allá de su belleza escénica, es que es un sistema mixto de aguas reunidas en uno sólo. El agua de vertiente que baja desde el altiplano se mezcla con aguas termales que fluyen desde napas subterráneas, y cuyas temperaturas fluctúan entre los 30° y los 37°, haciendo de este punto un lugar único en el desierto.

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Pero no es únicamente el agua su virtud, puesto que es un lugar rico en vestigios arqueológicos que nos hablan de una extensa historia como un lugar clave en el éxito de los asentamientos humanos en el desierto. Si bien en este lugar no existen rastros que hablen de asentamientos fijos, si es posible – aún hoy – ver en sus laderas gran cantidad de terrazas de cultivo secas, que se abastecían de las crecidas de las vertientes andinas durante la época de los deshielos.

El resto del tiempo predominan las aguas cálidas ricas en minerales, que los atacameños utilizaban para la cura de enfermedades reumáticas y baños rituales. Esto, sumado a la particular forma de los pozos, dispuestos en terrazas desde lo alto hacia el último tramo, dieron en la antigüedad a este lugar una connotación simbólica que nos habla de la relevancia del agua como un elemento fundamental en la cosmovisión originaria. Más allá de las obviedades reductivistas del hombre moderno, podemos encontrar en esa mirada una ‘nueva’ función del agua, puesto que en este caso el elemento trasciende a las funciones utilitarias.

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Otro hecho que distingue hoy a Puritama de otras vertientes andinas es que presenta desde hace algunos años una activa vida turística: el lugar está siempre atestado de visitantes que caminan sin escrúpulos por laderas y aguas. Este hecho ha provocado un profundo daño al ecosistema que, para los atacameños, es un problema que va más allá de la destrucción de una forma de vida frágil: es también es una intromisión en uno de sus lugares sagrados.

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Sin embargo, al tiempo que este lugar se deteriora, surge la silenciosa oportunidad de dar a través de él, testimonio de lo que es el paisaje oculto del desierto. Este lugar es hoy como posiblemente fueron muchas grietas siglos atrás, y la existencia permanente de turistas ha abierto la posibilidad de pensarlo como un lugar para conocer la historia del desierto.

En este sentido la arquitectura – y específicamente el proyecto desarrollado por el arquitecto Germán del Sol – busca ‘preservar el lugar con obras mínimas de mejora, apoyo y saneamiento, para luego entregarlas en administración al Consejo de los Pueblos Atacameños’.  Esta acción ha sido determinante en la generación de una situación muy ventajosa sobre el resto de las quebradas andinas, en tanto que la arquitectura ha invitado a visitar un lugar desconocido procurando delimitar el accionar humano.

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El proyecto es sencillo, y su mayor ambición es hablar del paisaje situando al hombre en una posición de contemplación que lo haga valorar el complejo entorno en que se encuentra. Con esa premisa como eje, la obra se dedica a ‘rescatar la condición paisajística del lugar, realzando las vistas, colores y formas imprecisas y temblorosas’ que se adivinan en los trazados de la quebrada. Además de acompañar y poner en valor el circuito que el agua dibuja en ella.

La construcción de pasarelas – que se disponen paralelas al recorrido del agua – reasigna, resalta y reformula el valor de este elemento singular en cuanto a su escasa presencia y le otorga un rol distinto al que ha cumplido habitualmente en el desierto:

La presencia excepcional del agua en el desierto chileno en este caso no es asumida como un recurso productivo para la agricultura. Un manantial termal ha posibilitado ancestralmente el recreo: esta intervención intenta cuidar la condición primaria y dulce de este suelo excepcionalmente húmedo, para el juego y descanso de lugareños y visitantes’.

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Lo destacable de esto, es que a partir de un proyecto de arquitectura del paisaje se distingue a la quebrada como lugar, al tiempo que rescata su memoria e identidad a partir del reconocimiento de un uso ancestral (‘el río crea en su cauce sinuoso muchos pozones naturales, que se usan para bañarse desde tiempo inmemorial’) y reinterpreta el rol productivo que tiene el agua para el desierto. Esto abre una nueva arista, diversificando el potencial de uso para un lugar emblemático: al agua puede ser un elemento tanto productivo como para el desarrollo de las sensaciones.

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Del mismo modo, esta reinterpretación de la quebrada como un lugar que despierta los sentidos, le asigna valor al tiempo que se le destina al ocio y a la recreación, al observar y al percibir. El acto de contemplar un paisaje – apreciar sus formas, olores, vistas, temperaturas, sonidos – desplaza la noción de que el agua en el desierto sirve exclusivamente para el uso agrícola, ejemplo que podría extrapolarse al resto de las quebradas de esta zona.

En ese sentido, vuelve a cobrar valor también la arquitectura como testimonio, en este caso como lugar de acción y no como parte de un patrimonio ancestral ruinoso que hay que mirar desde lejos. Parece posible entonces que esta mirada sobre la función del agua en una quebrada sea la impulsora de nuevas formas de intervenir el paisaje.

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Es una realidad, y se puede constatar in situ con sólo mirar el deterioro de los poblados, que existe una batalla por el agua que parece estar perdida. Hoy, además de los factores naturales que han impedido históricamente su uso (ya sea la evapotranspiración del suelo producto de las altas temperaturas, la alta salinidad de las aguas y las sequías prolongadas), se suma la extracción exagerada del recurso por parte de empresas dedicadas a las faenas mineras.

El efecto que ha tenido esta acción es devastador, y afecta tanto a la vida actual de los pobladores como al patrimonio histórico: la falta de agua ha hecho que el cultivo en terrazas sea aquí prácticamente nulo, una actividad en extinción.

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Es por esto que la posibilidad de ampliar la mirada desde la arquitectura como constructora de realidades, podría conjugar ese pasado ancestral dado por los cultivos – donde aún persiste una huella notable –, con la idea de poner en valor un paisaje para el ocio, la recreación y la contemplación, así como propiciar la puesta en valor de la historia y la tradición vernácula.

Aprovechando la atracción que ejercen los lugares poco explorados, la necesidad de desconexión que tenemos todos del medio cotidiano y la voluntad de reconectarse con la naturaleza, podría nacer una fuente nueva de desarrollo económico para los atacameños. La conjugación de la memoria con el presente, el vestigio y la contemplación, el peso de la historia y las latencias coyunturales, podrían ser hoy una positiva respuesta ante la embestida de las actividades productivas que están consumiendo la escasa vida que aún resiste en el desierto.

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*Todas las citas fueron tomadas del artículo “TERMAS DE PURITAMA”, escrito por Germán del Sol para la Revista ARQ N°57. Págs. 26 – 29. Ediciones ARQ. Santiago, 2004.

Fotografías y textos: Gonzalo Schmeisser ©

 

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