El cuerpo como metáfora de la ciudad

En el libro titulado Carne y Piedra, Richard Sennett reflexiona en torno a la comprensión del cuerpo como metáfora de la ciudad. Sennett propone el origen de esta relación en la publicación de la obra “De motu cordis” de William Harvey, en el año 1628. A partir de una serie de descubrimientos relacionados con la circulación de la sangre, la obra de Harvey cuestionó las certezas sobre los antiguos principios del calor corporal. Antiguamente se explicaba el flujo de la sangre por el cuerpo como resultado de su calor, pero el descubrimiento de la circulación sanguínea como resultado del corazón bombeando sangre a través de arterias y venas puso en tela de juicio la teoría de los calores. La explicación de la circulación sanguínea junto a nuevas observaciones sobre el sistema nervioso y los estímulos sensoriales instauraron una concepción más secular del cuerpo e inauguraron una nueva ciencia centrada en la salud corporal, al respecto Sennett relata:

“El flujo libre de la sangre parecía favorecer el crecimiento saludable de los tejidos y órganos individuales. Fue este paradigma de flujo, salud e individualidad dentro del cuerpo lo que finalmente transformó la relación entre el cuerpo y la sociedad. Como observa un historiador de la medicina: <<En una sociedad cada vez más secular… la salud empezó a verse como una de las responsabilidades del individuo, más que como un don de Dios>>. La ciudad que tomó forma en el siglo XVIII contribuyó a traducir ese paradigma interno en una imagen de cuerpo sano en una sociedad sana.” (Sennett, 1997: 280)

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William Harvey (1578-1657), Exercitatio Anatomica de Motu Cordis, Frankfurt 1628

Los descubrimientos sobre la circulación sanguínea y la respiración produjeron nuevas ideas de salud pública, las cuales fueron aplicadas a la ciudad por medio de la planificación del entorno urbano. Los arquitectos e ingenieros del siglo XVIII trataron de convertir la ciudad en un lugar por donde la gente pudiera transitar y respirar libremente, un ambiente urbano saludable hasta entonces nunca antes visto en las apestosas capitales europeas, “una ciudad con arterias y venas fluidas en las que las personas circularan como saludables corpúsculos sanguíneos” (Sennett, 1997: 274).

Así, los planificadores del tráfico del siglo XVIII comenzaron a referirse como arterias y venas a las calles de las ciudades, metáforas que se mantienen en nuestro lenguaje hasta el día de hoy, donde el aire, el agua, los productos de desecho y la gente tienen que mantenerse en constante movimiento. Desde mediados del siglo XVIII, en las metrópolis europeas se empezaron a limpiar los desechos de las calles, a drenar los hoyos y las depresiones encenagadas con orina y heces, llevando la basura hacia cloacas que discurrían por debajo de las calles, pues los planificadores ilustrados deseaban que la ciudad, ya en su diseño, funcionara como un cuerpo sano, fluyendo libremente y disfrutando de una piel limpia. Esta revolución médica y urbana coincidió con el nacimiento del capitalismo moderno, y entre ambos contribuyeron a la radical trasformación social que hoy denominamos individualismo: “El individuo moderno es, por encima de todo, un ser móvil” (Sennett, 1997: 273-274).

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Freeways de Los Ángeles

Dos siglos después, uno de los procesos de urbanización que más ha afectado la movilidad urbana fue la introducción del automóvil y la consiguiente dispersión suburbana. Para algunos autores este fenómeno, donde los barrios residenciales comenzaron a alejarse del centro de la ciudad para poder construir casas y jardines más grandes, ha fragmentado las comunidades que en el núcleo urbano pueden generarse, trazando autopistas por sobre ellas.

El ingreso del automóvil a la ciudad trajo consigo congestión vehicular, problemas ecológicos por el uso de recursos naturales no renovables, la polución del aire y ruido, entre otros. Sin embargo, también trajo también conflictos geopolíticos globales, dado que debido al alto consumo global de petróleo se han desencadenado diversas crisis políticas, incluso llegando a desatar guerras. Y no olvidemos los accidentes automovilísticos, los cuales constituyen un problema social mayor, causando miles de muertes anuales, así como también altos gastos públicos y privados.

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Carscape, cuadro de 1974 de Gudmundur Erró

La facilidad con que el automóvil encontró su puesto en las ciudades contemporáneas, instaurándose como directriz urbana del transporte privado, no es una mera coincidencia, más bien responde al modelo del cuerpo ciudad expuesto más arriba, donde el auto es el corpúsculo sanguíneo ideal de las arterias y venas urbanas. Es rápido y transita sin detenerse a través de la ciudad, excepto cuando se le ordena mediante semáforos u otros elementos. El automóvil impersonaliza y esteriliza los caminos, los hace inhabitables, nadie ni nada puede sobrevivir en una autopista, animales o plantas son devorados por el caucho y el calor de su velocidad, el automóvil es el baluarte ideal del individualismo, la comodidad y la soledad.

El sociólogo Sebastián Ureta observó en Santiago que las comunas con mayor densidad poblacional o cercanía al centro presentan mayores niveles de uso en el transporte no motorizado y público respectivamente, mientras que la dispersión suburbana y la localización periférica aumentan la dependencia al automóvil. En este contexto, es necesario observar la automovilidad como parte de un gran sistema sociotécnico que involucra una infinidad de elementos, desde las campañas de marketing de los productores de automóviles hasta la política de infraestructura urbana del Ministerio de Obras Públicas. Desde la producción en masa de los automóviles, las ciudades se han visto rediseñadas para satisfacer totalmente el desplazamiento eficaz y cómodo de miles de autos al día por sus espacios, y al mismo tiempo el automóvil ha permitido, sin necesidad de un transporte público eficiente, poder vivir lejos del centro de la ciudad, donde generalmente se ubican las oficinas de trabajo, puesto que la automovilidad privada permite viajar en el horario que sea, y recorrer largas distancias en poco tiempo.

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Ilustración de Alcira Soto

Siguiendo el espíritu analítico de Sennett, la aparición de depósitos grasos, o congestión vehicular, ha enfermado la ciudad. La hipertensión como causa de enfermedades en el cuerpo humano es un tema recurrente y esta misma hipertensión puede sentirse en las ciudades: la ciudad sana, con pulmones fuertes, arterias y venas amplias para la circulación de los corpúsculos sanguíneos, peligra; la congestión vehicular amenaza la salud de la ciudad y de las personas, que se manifiestan nerviosas y cansadas en los tacos, temor de todo automovilista, una detención indefinida, una caída del magnífico puente que une la casa con las puertas de cualquier tienda o establecimiento en la ciudad. La paz de la velocidad es rota en mil pedazos.

En este contexto metafórico, la bicicleta se alza como respuesta al quiebre de la homeostasis corporal. Nuevas células son metabolizadas, más pequeñas y que fluyen con mayor facilidad entre automóviles y peatones, por la calzada, la acera o ciclovías, esquivando obstáculo que se le interpongan en el camino, pasando rojos, en una fabulosa metamorfosis del cuerpo, más ligero y ágil que el de los autos. En Concepción, la ciudad donde habito, los ciclistas se permiten licencias en ausencia de una ley que regule efectivamente la circulación de las bicicletas en la ciudad, una ley que traiga orden al nuevo caos. La bicicleta, como una forma redescubierta de movilidad, sacrifica velocidad por continuidad, y poco a poco disputa espacios, ya que sus usuarios se manifiestan molestos ante la ausencia de vías donde sean respetados.

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Bibliografía:

  • Urry, J. (1999). “Automobility, Car Culture and Weightless Travel: A discussion paper”
  • Sennett, R. (1997). Carne y piedra. El cuerpo y la ciudad en la civilización occidental. Madrid: Alianza Editorial. (Obra original publicada en 1994).
  • Ureta, S. (2009). Manejando por Santiago. Explorando el uso de automóviles por parte de habitantes de bajos ingresos desde una óptica de movilidad sustentable. Revista Eure, 35(105): 71-93

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Imagen Portada: ‘Robert Moses The Master Builder of New York City,’ de Pierre Christin & Olivier Balez

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Texto: Jens Benöhr

Category: Artículos
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