Ficciones y paisajes

Tras días de infructuosa búsqueda introspectiva, finalmente comprendí por qué no podía; no lo sentía. Este artículo sería sobre la música y el paisaje, sección melancolía, bosques envueltos en neblina y ciudades borrosas, la tristeza al fondo del vaso, ya vacío, la lluvia que inunda y ahoga las ideas, reflotando ácidos resabios a la punta del lápiz que rayó los cuadernos de Elliott Smith, o la cima de la lengua que soñó sin despertar, entre los labios de Nick Drake, eterno subyugado al desvelo.

Finalmente, tras colocar una y otra vez el Either/Or, el Pink Moon o el Grace, de escuchar relatos cargados de tristeza -voces huecas para quien no llora-, caí en la torre de Babel de Yoko Kanno.

Sin letras, solo melodías, a veces más elocuentes que las primeras, entendí el capricho de mi cuerpo, me arrebujé en la silla y me lancé a soñar con paisajes selenitas, acceder al entendimiento total a través de pequeñas ficciones. Y así, soñando, es que se me abren las entrañas y brotan ficciones y paisajes, paisajes que envuelven ficciones y las posibilitan…

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Pintura de “La torre de Babel”, por Pieter Brueghel el Viejo

… las ficciones, la música, los viajes y paisajes han sido siempre una forma de resolver, o incitar, inquietudes. Un ermitaño me disparó a bocajarro que las ficciones son antiguos brebajes, mundos que nos embriagan para olvidar y recordar. Y me lo dijo Borges, con su larga cara de búho: las ideas pertenecen a otra dimensión. La Biblioteca de Babel del maestro argentino, un relato similar a la metáfora de la cueva de Platón, nos retrata como reminiscencias encarnadas. Y a veces mi Aristóteles interior, agotado por la continua vigilia, cede ante Joe Hisaishi y las bandas sonoras orquestadas para Studio Ghibli. Miles de sutiles detalles orquestados, arreglos que caracterizan los mundos llenos de magia que Hayao Miyazaki descubre, mundos de vapor y óxido, roca antigua (¿cuándo una roca no lo es?) y cubierta de musgo, robots cariñosos y viejas brujas narigonas, castillos voladores, castillos ambulantes, bosques encantados que cobran vida por la noche para revelarse contra el progreso, una paleta de paisajes que guardamos en los bolsillos tras finalizar cada película, para luego sacar a relucir en la oscuridad que antecede a los sueños. Fugaz destello del “qué mierda hacemos acá”, pero de verdad, no a medias, la pregunta no se hace con la boca, ni la mente mutilada por Descartes, se siente con el cuerpo entero, al salir del baño a la pieza en penumbras, la lluvia repiqueteando sobre el techo y la silueta de una maleta que tiene que volver a la buhardilla, y el cuerpo se pregunta qué clase de engaño es este, y luego, como una forma desafiante ante el tamaño, surge la verdadera curiosidad, en el sentido Hegeliano del origen, el giro debe ser de lo macroscópico a lo microscópico, de lo inconmensurable a lo inconmensurable. ¡Basta!

Basta de estrellas lejanas como excusas baratas y repetidas, para maravillarse una vez al año, tal vez un poco más. Comencemos por los pequeños guijarros que sostienen nuestros pies, o el plástico desgastado por el tiempo, su interior posee la historia completa del universo, mítico hidrocarburo, la juguera, el horno, un pedazo de pan duro, un post-it frente al computador y los dedos que vuelven a surgir, como medio dormidos, para reclamar su espacio de asombro.

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Escena del castillo ambulante, película de Hayao Miyazaki

Los vientos siguen soplando, arrastrando la nave por islas perfectas y utopías, historias simultáneas y ucronías, las dictaduras de mi hermano mayor y distopías, todas ficciones que vierten sus aguas sobre esta única realidad consensualmente aceptada, pero realmente atomizada, el mundo único, el todo, la verdad universal nunca fue más real que en cada sueño. Aquellos paisajes que anhelamos, escondidos en lo más recóndito de nuestra memoria, lagos y neblinas, la ruina romántica con acordes de arquitectura oriental soplando a través del viento, úteros y cordones umbilicales repetidos. En una danza pequeña, de medio metro de radio, acotada a los pies que solitarios transitan por diversas tierras, guiados por un murmullo, mientras mis queridas mantarrayas gigantes surcan el cielo, oscureciendo el desierto. Desde los paisajes matemáticos de Alicia en el País de las Maravillas, hasta el aniquilante horror de Poe, los paisajes en la literatura a veces trascienden escenarios y se proclaman como protagonistas. Surgen entonces Thön, Uqbar; Orbis Tertius como planetas lunares, enormes en el borde del horizonte, a punto de caer por los márgenes del sueño.

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Ilustración de Kilian Eng

En el jardín, bajo mis dedos erráticos, los senderos se bifurcan y vuelve aparecer la posibilidad de la melancolía, pero esta vez como ficciones melancólicas. Y lloro tanto que se me inunda la cabeza, porque no recuerdo, embotado en el nuevo carpe diem, no recuerdo, mientras una cascada de explosiones anuncian: live your life to the fullest, tal cual: en inglés y sin traducción, en HD idealmente ¿para qué estar triste si puedes estar feliz? El fantasma químico de Aldoux Huxley nos persigue, hundidos hasta la cabeza en un mar de irrelevancias, el día a día y su infinidad de estímulos esperan ahí afuera, ve a buscarlo, sal para encontrarte… ¿y qué pasa si realmente la respuesta es entrar? Qué tal si la introducción de la obra maestra de animación japonesa Neo Tokyo, al invitarnos con Satie sonando lejano en la jungla (y quien mejor que Satie para la morbosa exuberancia que representa una jungla), nos invita a entrar a nuestras ficciones interiores, paisajes que todos traemos pero que, desesperados por estímulos, salimos en busca de ellos a reducciones de naturaleza que afuera nos espera, dicen. Y tontos nosotros, la perseguimos, y está aquí dentro, pequeña e inconmensurable, microscópica, pregúntame por qué cresta existe el pavimento, donde se estrellan y revientan las cabezas, y la tierra húmeda entre el bloque ¡qué pesado!, le cayó encima, condenada a cadena perpetua, aplastada, aplastada, aplastados, aplastados todos nosotros.

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Dibujo de Katsuhiro Otomo para la película ‘Memories’

En los tiempos que corren -y sí que corren-, donde la inconmensurabilidad nos es revelada detrás de cada cifra astronómica, ya sea en densidades, tamaños o distancias, la ficción es un llamado a replantear lo cotidiano, inmerso en sí mismo, siempre atento a su propia recursividad, y tornarlo infinitas posibilidades, como la vida pensándose a sí misma, vestida con infinitos trajes, que son posibilidades. Madame Butterfly resuena a través del cosmos, mientras en Magnetic Rose un grupo de astronautas atiende la llamada de rescate de un naufragio espacial, sólo para encontrar una nave cayéndose a pedazos, únicamente sostenida por la resoluta voluntad de la ópera y los recuerdos.

 

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Caspar David Friedrich – Wanderer above the sea of fog

Tras este trabado errabundeo, basta con cerrar los ojos para abrir infinitos paisajes, desde coloridas praderas, con flores mecidas por vientos sin nombre, hasta un desolado planeta, o más lejos aún, una jungla repleta de extrañas y coloridas criaturas, en nuestra tierra, que es lejana, y no tan cercana como creemos, árboles y cientos de especies animales, entre ellas simios calvos, afeitados por el fuego de un conocimiento que reclaman propio y “privado”, y tan solo es prestado, pobres ellos, pobres nosotros. Desde aquí: reclamo la wanderlust como búsqueda de los paisajes interiores, ficciones que son préstamos con devolución a la biblioteca de la torre de Babel, sus títulos escritos en lenguas imposibles, empastadas en sueños y pesadillas, sueños y pesadillas que acechan dentro de nosotros, dentro de libros, dentro de canciones, de óleos, de acuarelas, de ritmos o, por qué no, en el ropero y toda clase de cosas que no puedo imaginar.

Estas ficciones internas, estos paisajes que nos habitan y persiguen, saltando entre las ciudades invisibles de Calvino, en la luna del Barón Munchausen o en el fondo de los océanos blancos de Edgar Allan Poe, se nos abren como verdaderas respuestas a la primera inquietud, compartida por magos, sacerdotes y científicos, aquella que el padre Anchieta, agazapado junto a la luna roja, llamara “el misterio que a todos nos reúne”.

Texto: Jens Benöhr | Imágenes: Internet

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