En Seattle, la icónica ciudad fronteriza del noroeste de Estados Unidos, llueve casi todo el año. Este hecho explica, en parte, la gran cantidad de músicos de todos los estilos que salen de allí. En parte, claro, pues si fuera sólo por eso, los países nórdicos nos entregarían la misma cantidad y calidad de ejemplares que exporta el gigante del norte de América. No es sólo eso, hay más. Hay talento y hay una disposición natural a dejar salir lo de adentro como sea, pues el arte (la música) ha sido siempre el mejor catalizador de lo que está reprimido.

Y también hay una geografía increíblemente accidentada, quebradiza, que inquieta tanto a sus locales que parece hacerles fluir la gracia creativa como en un intento de hacer más ruido que la insolente naturaleza que los rodea. Buscar un poco de paz en el caos. En eso, Seattle se parece a Chile, pues se da que ambas comunidades humanas fueron puestas aquí un poco a la fuerza o por obra del azar, para sobrevivir en un terreno que es más de la naturaleza, salvaje y caprichosa, que nuestra, tan frágiles y permeables.

Seattle

En Seattle y sus alrededores llueve y truena, el mar se sale, los lagos se congelan para luego craquelarse, vuelan las plumas de los pájaros alborotados, los vientos botan los pinos, cruje la madera de las casas, se pandean los semáforos. Hay ruido, mucho ruido. Huele a leña, hojas y tierra mojada; suenan motosierras por todas partes. De sus verdes bosques en invierno eterno han tenido que salir los alaridos del hombre acosado por una naturaleza violenta y, gracias a la tecnología propia del siglo 20, algunos oídos atentos han estado ahí para recogerlos.

Jimi Hendrix fue el primero. Su guitarra furiosa, gritona, hiper sexual, salió al mundo en plena explosión del rock, cuando el pandero lo llevaban los Beatles y los Rolling Stones desde el otro lado del Atlántico. Y, si bien nunca fue muy dado a hablar de su ciudad ni mucho menos puso a Seattle en el mapa -en esto no lo ayudó su década, en que San Francisco era el centro del mundo, seguido de Londres-, sus riffs rabiosos sí fueron como un grito de desahogo de un alma negra aprisionada entre el mar y la frontera. Póngase audífonos, suba el volumen, escuche ‘Purple Haze’ y sabrá de lo que hablamos… ‘purple haze all in my brain’. Ese martilleo del inicio es pura rabia.

Jimi Hendrix en colores

Hay también en Hendrix innumerables referencias al paisaje, recurso que es transversal en todos sus discos y es probablemente una consecuencia de haberse criado en medio de bosques, montañas y ríos.  Por ejemplo en ‘Third Stone From the Sun‘, del disco ‘Are You Experienced‘, además del hiptnótico ruido de viento que suena durante toda la canción, y que traslada inmediatamente al desierto, el genio de la guitarra dice: ‘Oh strange beautiful grass of green / with your majestic silken scenes / Your mysterious mountains / I wish to see closer.‘. O en la genial The Wind Cries Mary, cuando cuestiona con nostalgia: ‘Uh-will the wind ever remember the names it has blow in the past?‘. Buena pregunta.

Luego vino la época dorada del norte lluvioso, la de la explosión grunge en los noventa.  Y no sólo fueron los cuatro gigantes: Nirvana, Pearl Jam, Alice in Chains y Soundgarden; fueron también otros igual de grandiosos pero con menos portadas de revistas: Mudhoney, The Melvins, Mad Season, Wallflowers, Screaming Trees, Love Battery, The U-Men, Butthole Surfers, Tad.. y muchos otros. Todo ruido y rabia en tres acordes y un par de gritos… era eso o pegarse un tiro.

Escena de la película ‘Singles’ filmada en Seattle en 1992

Dueños de un humor ácido y una ironía filuda que sólo puede provenir de una cofradía silenciosa, una hermandad intrínseca nacida de la raíz común que supone habitar un lugar bajo las mismas leyes. Habitar: ese valor que sólo da el sentido de ‘territorio’ y que ya se quisiera conseguir la ‘Nación’ o el ‘Estado’. Y habitar en un paisaje volátil, fruto de un clima indignado que está siempre a punto de botar todo, delineó sus personalidades y se metió en su música y palabra, tal vez sin que se dieran cuenta. Lo mismo las camisas de franela, los calzoncillos largos -que se pusieron tan de moda por aquí- que eran parte de un relato que está vinculado al acto básico de vivir muertos de frío; puro instinto de supervivencia.

Referencias a la violencia de la naturaleza seattleana y al peso de vivir a oscuras todo el día hay muchas, y daría incluso para una tesis doctoral de psicología, ¿qué es eso que está en sus cabezas?. Ejemplos hay muchos: los Soundgarden se pusieron así en honor a un parque de esculturas que hacían ruido con el viento, como una gran flauta natural que les provocaba pánico cuando eran niños. Hay en ellos muchísimos guiños al mundo de lo salvaje, incluso en su poesía más abstracta, como en la grandiosa Limo Wreck en que el gran Chris Cornell advierte: ‘Under the shelf / The shelf of the sky / Two eyes, two suns / Too heavenly blinds / Swallowing rivers / Belongs to the sea / When the whole thing washes away / Don’t run to me’.

Soundgarden

Otra: el desdichado, oscuro y siempre triste Layne Staley llora en la negrísima Down in a Hole: ‘Bury me softly in this womb / I give this part of me for you / Sand rains down and here I sit / Holding rare flowers / In a tomb, in bloom‘. Duro. Incluso Cobain, el niño símbolo del bosque y que no quería serlo -cuyas retorcidas letras hablaban más de vómitos, espermios y úteros; que de soles, mares y ríos-, resume todo en dos frases cortas de su hitazo In Bloom: ‘Nature is a whore / bruises on the fruit‘.

Y qué decir de Pearl Jam y todos sus títulos: Oceancs, Garden, In my tree, Off he goes, Thin air, Yellow moon, y un largo etc. Y eso que Eddie Vedder no nació ahí.

Alice in chains

Hay también una estética asociada a sus días oscuros, que permea también a la música en las letras, las portadas de los discos, la puesta en escena de las bandas y toda esa mitología asociada al Sello Sub Pop, quien creó un imaginario en torno a la oscuridad boscosa de la música del noroeste americano, dándole peso a la venta del pack: Seattle, lluvia, rock.

Da lo mismo cuantas veces se nombra la palabra lluvia, hoja, río, sol, montaña o lo que sea, aquí lo que cuenta es que es sencillamente imposible que, con 365 días nublados al año, una intensa falta de luz, una altísima humedad que impregna todo y con un viento que empuja y se cuela por las rendijas, la música no sea una expresión de la desesperación por liberar al cuerpo de un ambiente que sólo invita a la introspección. Aquí la música se convierte en parte de un estado de ánimo, que a su vez proviene de habitar un territorio en que el hombre parece ser el último en importancia, un invitado de piedra. No es mucho más que eso.

Apertura de la serie Twin Peaks, filmada en el Estado de Washington

Hay un mundo entero por descubrir en esas rugosas palabras y ásperos acordes y, si no tienes plata para pagarte un pasaje a Seattle y ya te aburriste de ver mil veces la primera temporada de Twin Peaks para viajar mentalmente a ese paisaje gris-con-verde, un buen consejo es sentarse con algún estimulante en mano, ojalá un día de lluvia y poner un disco tras otro -Superunknow, Bleach, Dirt, Sweet Oblivion, Above, In Utero, No Code- obsesivamente, hasta sentir el peso del gris. A ver cómo sales a la calle después.

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Texto: Gonzalo Schmeisser

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