*Para Santiago Adicto – @santiagoadicto 

Se dice habitualmente que una de las flaquezas de nuestro país es que nos cuesta mucho el asunto de la memoria. Y no deja de ser cierto: solemos olvidar rápido y mirar para adelante como la única posibilidad. El pasado se borra con facilidad y esto quizás tiene que ver con que habitamos en medio de una naturaleza salvaje que nos recuerda a cada rato lo frágiles que somos… que siempre queda poco. Mejor avanzar no más.

Así es que la memoria muchas veces es injusta. Si no, pregúntate a ti mismo cuanto sabes del gran Benjamín Vicuña Mackenna, si conoces algo de su obra o si eres consciente de que su legado es mucho mayor que una céntrica calle con su nombre, algún liceo o una que otra plaza por ahí.

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Calle dieciocho

Este -si se me permite usar un término futbolero- polifuncional personaje fue político, historiador, escritor y abogado. Tipo inquieto, estuvo exiliado dos veces, fue condenado a muerte, se casó con su prima y fue candidato a la presidencia de la nación. Fue partner de Francisco Bilbao -otro con nombre de calle- y Santiago Arcos, los capos de la ‘sociedad de la igualdad’, y conspiró contra el gobierno que pudo con el vigor que le daba su estirada juventud.

Pero su función más relevante la desarrolló desde la intendencia de Santiago, donde -se dice- fue puesto por el presidente Federico Errazuriz Zañartu para que dejara de molestar.

Ya instalado en su oficina, se propuso hacer de Santiago el ‘París de América’, ciudad que había conocido y admirado durante sus años de exilio. Esta idea que parece un poco fantasiosa no se la desarrolla desde un punto de vista estético, pues el intendente era consciente de la imposibilidad de tal empresa; no, lo suyo venía desde un plano conceptual. Vicuña Mackenna estaba asombrado con el modelo francés de ciudad, los boulevards, las anchas plazas, el alumbrado público, el árbol como elemento urbano; y también admiraba la construcción de una sociedad nueva, más justa e igualitaria, con la ciudad en el centro. La ciudad como el lugar adecuado para poner en práctica ese ideal que nació desde la Revolución francesa y que se instaló como con un taladro en el ADN de los franceses (aunque hoy parezca sólo un buen eslogan publicitario), reflejado en tres dichosas palabras que constituyen su lema hasta el día de hoy: Libertad, Fraternidad, Igualdad.

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Boulevard Haussman de París | Óleo de Antoine Blanchard

La ciudad debía ser un espacio para todos, un lugar para que el ser humano se desenvuelva en libertad, consciente de que habita una sociedad, una patria, diversa y todo, pero patria al fin y al cabo. Santiago no podía ser ese llano pétreo asustadizo al pie de los Andes, entregado en bandeja a la oligarquía para que finjan ser lo que no eran, alentando de pasada una terrible segregación social-racial-cultural. Había que frenar esa ciudad sólo apta para el goce de los afortunados que habían nacido del lado correcto.

Estrujó hasta el último centavo de la billetera de la intendencia de Santiago y cuando fue necesario realizó colectas públicas para llevar a cabo sus nobles planes de hermoseamiento de una ciudad que veía de cerca el centenario, que estaba a la vuelta de la esquina, en tiempos en que las obras públicas tardaban lo que debían tardar.

Se la jugó por crear un circuito urbano arbolado e iluminado para recorrer Santiago, para encontrarse, desde el Parque Cousiño (hoy O’higgins) hasta la Alameda, a través del Boulevard República, Ejercito y Dieciocho. Y desde ahí conectar directo con un, hasta entonces, abandonado y pedregoso cerro Santa Lucía. Quizás su obra más representativa.

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Cerro Santa Lucía en obras

‘Si los ricos tienen sus palacios, con esculturas, piano, biblioteca, fuentes de agua, etc., este será el palacio de la gente’, decía con una entereza difícil de encontrar hoy en los políticos chilenos. El paseo debía ser el punto de encuentro de los santiaguinos, un espacio para ver y ser visto, a ver si de una vez por todas nos reconocíamos como la sociedad mestiza, variopinta, heterogénea que somos.

A sus anchos senderos bien cobijados por la sombra de frondosos arboles nativos estaban invitados el aristócrata, el obrero, la dueña de casa, el mapuche, el niño. El campesino migrado con el vasco recién llegado. El arriero de fundo con el político en carroza. Todo ciudadano tendría el derecho a circular libre y soberanamente por un paseo de calidad, hecho para y por él, y que representara materialmente el valor de la democracia. A la usanza francesa.

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Vicuña Mackenna visitando las obras

Y no sólo eso, con el sencillo gesto de subir a su cumbre aparecía en toda su magnitud nuestro elemento geográfico más distintivo y que hasta entonces sólo era un monstruo grisáceo que rugía desde lejos: la cordillera de Los Andes. Por lo tanto la importancia de este lugar, además de su función pública e integradora, está en reconocer lo que somos, tanto como sociedad como paisaje. Un París mestizo, lejano, enclavado en un fértil valle rodeado de escarpados cerros. La escala de Santiago estaba resuelta al fin.

Vicuña Mackenna murió de un ataque al corazón mientras trabajaba en su escritorio, varios años (muchos, demasiados quizás) antes de ese centenario que el ayudó a preparar con tanto esmero. Tenía apenas 54 años, pero quedó el espíritu, quedaron las ideas y quedó la estética representada mejor quizás en los paseos arbolados, los parques y en los boulevards, hoy en pleno desarme por culpa del oportunismo inmobiliario y el bajo criterio de los municipios. Aún así, y como ocurre siempre, la esencia original está intacta.

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Paseo en el Cerro Santa Lucía

Es muy posible que de haber vivido un poco más, el gran Benjamín, el intendente loco, el viajero, ‘el primer chileno’ – como dice sin equivocarse el investigador y cronista Miguel Laborde-,  habría alcanzado a ser presidente de la república. Un honor que pudo haber cambiado un poco el curso de la historia de este país: ¿cuantos presidentes de este nivel, de esta claridad argumentativa, agudeza intelectual y sentido del colectivo, hemos tenido? Compare y compruebe.

Fue y será un sueño, el clímax inalcanzado de un capítulo de nuestra historia que los caprichos del tiempo y la memoria se han encargado de borrar de nuestros recuerdos. No sabremos nunca que podría haber pasado y si habría sido realmente algo nuevo para el país… una revolución que se aplastó sola, tal vez. Pero el camino de esa revolución fallida, al menos, estaba pavimentado, arbolado, ancho e iluminado.

Texto: Gonzalo Schmeisser | Imágenes: Internet

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