De jaguares y caracoles

*Para Santiago Adicto – @santiagoadicto 

En el arte, lo importante es la racionalización lógica de la experiencia interna de lo que se ve, se escucha y se siente. Esto rompe con la concepción de que todo el alrededor remite necesariamente a una técnica o saber que necesariamente sea instrumental. El arte entonces, como expresión de lo perceptual, no puede ser ubicado dentro de parámetros similares a los del comercio, actividad puramente utilitaria. Entonces, es profundamente distinto construir un edificio para exhibir arte que uno para ir a comprar, y hacerlo contribuye a instrumentalizar de mala manera algo que está vinculado a la racionalidad y a las emociones, no sólo al pragmatismo.

Replicar un edificio hecho para la contemplación del arte y convertir su novedosa arquitectura en una expresión de lo más agotador de la oferta comercial es un límite espeso que en Santiago se cruzó con agilidad en los años 70 y 80, y sólo nombrar esos años basta para explicar el porqué de esa aventura.  

Durante la dictadura militar, el cambio de paradigma económico condujo a la sociedad chilena a vivir un proceso de modernización acelerada, donde básicamente las reglas del juego cambiaron a favor de un fortalecimiento de una economía capitalista de mercado. En este contexto, la idea de mercado ya no es solamente un mecanismo de coordinación y asignación de recursos, sino que se vuelve una verdadera institución, un sistema de valores sociales que se traducen en lo que es Chile hoy.

Como es obvio, la arquitectura capitalizó ese intento de materializar la idea de progreso que tan fuerte entró en el discurso chileno. Ejemplos hay muchos, pero tal vez el más elocuente es la llegada a fines de los 70 y principios de los 80 de los famosos, curiosos, novedosos; tan cuestionables como queribles Caracoles, una tipología flash que fue el sabor del mes que antecedió a los enormes malls que emergieron en los 90 y que terminaron por sepultarlos.

Su apariencia innovadora, cuya forma llegó incluso a romper la todopoderosa ortogonalidad de las manzanas heredadas de la Colonia, deslumbró a los capitalinos que se asomaron curiosos primero y se zambulleron con desparpajo después en estos templos de la modernidad plástica y futurista que ofrecía hoy lo mejor del mañana. Lámparas colgantes, vitrinas con neones, paredes con azulejos colorinches, la última moda en sweaters, pistas de patinaje y lo último en tecnología para comprar en cómodas cuotas.

Lo más americano de lo americano y todo gracias a una economía pujante, abierta e inquieta, que traía implícita la promesa de convertir a esta aburrida isla alejada del mundo en un país capaz de jugar en las ligas mayores. Una economía que se puso al centro de todo debate. Una economía que nos iba a convertir en jaguares. Una economía que convirtió al ciudadano en consumidor y al ser humano colectivo en uno totalmente individualista.

Independiente de las consecuencias de la aceleración económica del país, lo que no sabían esos santiaguinos deslumbrados por las luces era que los inocentes caracoles venían con un pequeño truco detrás. Un arquitecto chileno, muy fruto de esa época del culto al yo, iba a tener la peregrina idea de replicar y adaptar un emblemático edificio de Nueva York cuyos fines originales apuntaban justamente a lo contrario.

El Museo Guggenheim, obra del gran Frank Lloyd Wright, cuya principal estampa como arquitecto fue rescatar los valores del ser humano colectivo, modesto, anterior a su maquinización, fue vilmente copiado e instalado en el corazón de Providencia, como una caricatura, como un espejo.

Museo Salomon R. Guggenheim, Nueva York | Foto de Andrés San Martín

Y es que el espíritu del edificio del arquitecto estadounidense estaba vinculado a lo que este artículo menciona majaderamente al comienzo, la arquitectura puesta al servicio del arte no puede ser desfigurada en otra función casi totalmente opuesta.

En Nueva York, una gran rampa sin inicio ni final transporta al visitante por las distintas exposiciones, para ver y ser visto, para no detenerse, para fluir y dejarse sorprender. El cuerpo humano que se entrega dócilmente a la labor de la sorpresa, del placer, de la contemplación. En Santiago, una gran rampa sin inicio ni final transporta al visitante por las distintas vitrinas, invitándolo a comprar cosas que tal vez no necesita, con trucos de color y brillo, para ver y sólo ver, bloqueando los sentidos y convirtiendo al cuerpo en una máquina.

En otras palabras, las innumerables réplicas que se esparcieron por Santiago, especialmente en el sector oriente, apuntaron justamente a lo contrario y pervirtieron el sentido original de la arquitectura de Wright. La adaptación de un modelo arquitectónico y el travestir de su función es dramáticamente revelador de una sociedad chilena que pasó -en pocos días y a fuerza de empujones- de ser un inquieto cachorro que buscaba su destino a ser un monstruo capaz de devorar todos los ámbitos de la sociedad. Chile, el chileno, no volvería a ser nunca más el mismo.

Los caracoles son fruto de una época en que nos creímos tanto el cuento que terminó siendo algo real, tan visible como que el arquetipo del chileno hoy es el del ganador y su templo es el centro comercial. Y si bien no se puede achacar el carácter de una sociedad a un edificio en particular, bien es sabido que la arquitectura es el reflejo del ser humano y más aún de su tiempo. La arquitectura lo revela en toda su magnitud.

El Caracol en su adorable decadencia no dejó de existir sino que se metamorfoseó, cobró la forma del Paseo Comercial, del Mall, del Strip Center y se multiplicó infinitas veces hasta ser una figura que hoy ya llegó hasta el alto cielo para bendecir Santiago desde lo alto. Consecuencias y más consecuencias de una época contradictoriamente feroz, una época felina, capaz de llevar la transfiguración inocente de un museo que quedaba tan lejos que nadie lo iba a notar, en una elocuente expresión de lo que ni siquiera sospechábamos que íbamos a ser capaces de convertirnos. Y lo logramos.

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Texto: Francisca Morandé y Gonzalo Schmeisser | Imágenes: Francisca Morandé

One thought on “De jaguares y caracoles”

  1. Leí el artículo. Y me surgió la siguiente duda: cual sería la crítica hacia estos edificios si ubiesen sido creados previos al Guggenheim? Me pregunto si en este caso podríamos seguir diciendo, tal como se menciona en el artículo, que “el arte entonces [… ] no puede ser ubicado dentro de parámetros similares a los del comercio, actividad puramente utilitaria”? En tal caso estaríamos criticando al arquitecto del Guggenheim por haber utilizado una tipología arquitectónica que efectivamente funciona bien en el comercio, o en “lo utilitario”, para exponer algo completamente contrario a esto, obras de arte. Si un edificio que fue creado para exhibir arte sirve de igual manera para exponer el comercio, en mi opinion creo que el problema no es de quien replica dicha arquitectura con fines comerciales, sino de quien propone dicha forma, espacialidad o tipología para exponer obras de arte de una manera absolutamente compatible con la manera de exponer el comercio. Recordemos que la arquitectura no solo “parece” sino que sobre todo “es”, por ende un edificio no solo puede parecer museo sino que tambien puede serlo, y ademas, puede ser algo más que solo museo, en este sentido creo que el Guggenheim no solo parece museo, y no solo funciona como tal ( no solo “es” museo) sino que también, imagino que sin intención alguna de esto, funciona (“es”) como galería expositora de comercio, y de esto no son en absoluto responsables quienes replicaron esta tipología en los caracoles de Santiago.

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