BREVE HISTORIA DE UNA TORRE

por Gonzalo Schmeisser | *Para Santiago Adicto – @santiagoadicto

Muchos han visto, se han topado o han oído hablar de la Casa de los Diez. Esa gran casona colonial de un rojo furioso enclavada en una esquina emblemática del centro de Santiago, en Santa Rosa con Tarapacá. Es imposible de ignorar, pues se le planta al paseante como una aparición algo fantasmagórica, un ser de otro tiempo que vuelve al hoy para cobrar venganza en nombre del pasado.

Y es que es el paso del tiempo –ese día del futuro que estaba lejos pero que ya llegó–, lo que la hace más llamativa, pues el contraste se aumenta a medida que le plantan alrededor monótonos edificios tipo fábrica de salchicha que se han vuelto los estandartes de la vergüenza de las funestas inmobiliarias (¿alguien las va a parar algún día?) Son esas torres de poco sentido estético, nulo valor simbólico y pura visión utilitaria las que levantan el valor de la casona. Es su existencia, su supervivencia, el mejor testimonio de lo absurdo del capitalismo salvaje aplicado a una ciudad.

Ahí está ella, apenas de pie, resistiendo el tiempo, cerrando los ojos cada vez que una micro le roza algún muro con sus espejos; cada vez que un grafitero de medio pelo descarga sobre alguna fachada su insoportable, incomprensible, detestable idea del arte. Eso no es arte en ningún lado, eso es ignorancia y estupidez; una expresión más del círculo vicioso derivado de la terrible suma entre mala educación y la necesidad absurda de competir y ganar todo el tiempo. Santiago sufre.

Fachada Casa de los Diez

Pero ahí sigue la casa, de la que se pueden escribir muchas líneas y llenar muchas tesis, pedazo de historia de un grupo de intelectuales del que se pueden escribir otras tantas líneas y otras muchas tesis. Los Diez, un grupo de arquitectos, pintores, escultores, músicos, poetas; (algunos nombres: Juan Francisco González, Augusto D’halmar, Julio Bertrand, Alfonso Leng, Manuel Magallanes) todos ellos comandados por el gran Pedro Prado, autor de algunas de las obras basales de la literatura chilena. Precisamente es él quien diseña el imaginario de este grupo, invitándolos a crear desde lo chileno, lo local, con un sentido de criollismo pero que apunta hacia el cosmos. El primero que se le ocurre poner en valor lo chileno desde el arte.

Es él quien se interna en los rincones de Chile para concebir un sentido de identidad desde sus relatos; sentido que a esas alturas no era más que la emulación ridícula de las costumbres francesas, o inglesas, o alemanas, o cualquier cosa que oliera a vanguardia. Prado se dio a la tarea de fundar un mito chileno, algo desde donde agarrarnos, donde fundarnos para seguir construyendo hacia arriba. Es él quien nos compara con una flor de cardo, una mata salvaje que crece sin ayuda y desprovista de toda influencia, pero aun así bella, única y original. Es él quien describe a Chile en la metáfora de Alsino, ese niño jorobado cuyo problema es sólo el no haber desplegado sus alas.

Y también es él quien piensa que la arquitectura chilena debe construirse hacia arriba, en la vertical, de espaldas a la cordillera y de cara al mar, a nuestro maritorio. Levantarse para mirar lo que nos depara el destino. Levantarse para reconocer que en los extremos también está Chile, igualarse con la cordillera y visualizar la Patagonia, el desierto, los valles y la Isla de Pascua. Todo eso es el país que habitamos y hay que levantarse como un gesto del cuerpo construido para reconocerse a sí mismo.

Torre desde el interior de la casa

Entonces volvemos a mirar la Casa de los Diez y ahora sí lo notamos. Del centro de su planta cuadrada y abierta –como buena casa colonial chilena– se desprende una alta torre que no habla en el mismo idioma que el resto de la casa. Tiene otro tiempo, otro color, otra forma, otro material, otro lenguaje arquitectónico. Pero aun así es la que equilibra el conjunto.

La armonía en este caso tiene que ver con lo simbólico, y es que esa torre fue levantada precisamente por el grupo siguiendo los conceptos que había instalado Prado. Esa torre debía ser el punto del vigía desde donde se iba a situar el artista para contemplar y recoger lo que este pedazo de tierra tenía para darle a su obra, para poner en práctica idea primaria de crear algo genuino, original, dejar de impostar la voz y creer en nosotros mismos de una vez por todas. Ahí en esa torre –que hoy no es más que un trozo de hormigón desnudo en medio de toneladas de fierros, ventanas y pinturas, como cajitas de fósforos en donde se apilan seres humanos– está el testimonio vivo de quienes sembraron la primera semilla del árbol que iba a ser el arte chileno, los primeros, los originales; aquellos pioneros que deberían estar entre la enseñanza obligatoria chilena pero que no están. Tal vez si esto ocurriera, aquellos que se auto nombran artistas lo pensarían dos veces antes de presionar el dispensador del spray.

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Texto y fotos: Gonzalo Schmeisser

4 thoughts on “Breve historia de una torre”

  1. Buen artículo e interesante la historia de la casa. Gracias por escribir sobre un patrimonio histórico que muchos ven cuando pasan por la micro o caminando por el costado, pero del que poco realmente se sabe.

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