SANTIAGO Y LAS PALABRAS

por Gonzalo Schmeisser | *Para Santiago Adicto – @santiagoadicto

Para nadie es una sorpresa que las palabras, después de la vista, son la herramienta más efectiva para crear imágenes. El mecanismo es muy complejo pero actúa de forma simple, basta con que un emisor cualquiera diga una palabra para que otro receptor cualquiera vea aparecer en su pantalla interna, esa que todos llevamos en alguna parte de la cabeza, una imagen. Esa foto vendrá cargada de información anterior, que nuestro cerebro almacenó gracias a nuestra experiencia. Por ejemplo, si yo escribo ahora mismo árbol, quien lea estas líneas va a ver un árbol que se va a parecer mucho a los árboles que ya vio durante su vida. No estoy descubriendo América, cierto, pero vale la pena de vez en cuando comentar estas cosas en voz alta –escribirlas– como para comprobar una vez más que el ser humano, en sus funciones básicas, es igual en todos lados, a pesar de que algunos insistan en que no.

Pasa todo el tiempo. Salir a la calle y cruzarse con alguien hablando por teléfono en voz alta, diga lo que diga y aunque no queramos oírlo, si una de sus palabras nos entra por el oído inmediatamente concebiremos una imagen adaptada por nuestros hábiles cerebros, independiente de si estamos concentrados o no. Esta imagen exprés que invocan las palabras escuchadas se remite a todo lo que conocemos, entonces el ejercicio puede extrapolarse a cualquier ámbito.

Ensayémoslo entonces con la ciudad, tema que nos importa en esta revista. Ahora voy a decir una palabra y dejar espacio a que aparezcan las imágenes. Aquí va.

Santiago.

Santiago oriente desde Cerro Manquehue / Autor

¿Funciona?

Funciona.

Todo aquél que haya vivido, estado, pasado o incluso visto alguna foto en algún lejano lugar habrá creado imágenes que remiten a la capital de Chile después de leer la palabra. Y como la palabra es tan amplia y agrupa millones de elementos útiles bajo el mismo concepto, tiene que haber aparecido de todo. Lugares como el Parque Renato Poblete viniendo desde el aeropuerto; el Cerro San Cristóbal muy verde en primavera y muy amarillo en verano; el Barrio Lastarria y los restoranes atestados de extranjeros vociferando; el motel abierto que es a veces el Parque Forestal; el Cajón del Maipo y los kayakistas fosforescentes; el Cerro El Plomo arriba, vigilante y nevado; la Alameda de noche con sus luces tenues, su silencio y su decadencia. También arquitecturas como la Estación Central y su enorme techo de fierro; el Palacio de La Moneda, con sus plazas bien trazadas y la masa de carabineros cuidando un lugar que se cuida solo; la Casa Central de la UC y ese cristo en la fachada que parece que se va a lanzar encima del peatón; el Templo Votivo de Maipú que se levanta al cielo, gesticulando, como para zafar del suelo; la paradójica torre fálica con nombre en inglés, mandada a hacer por un alemán y proyectada por un argentino que se ve desde todas partes.

Pero pasa también restando los elementos icónicos y sumando instantes. Momentos mínimos que empiezan y terminan en algún rincón de la ciudad. Seguro por ahí saldrá un perro flaco comiendo basura en alguna calle de Patronato; la Estación de Metro Toesca cerrada por alguien que ya no pudo más; un pájaro picoteando pan que le lanza un viejo en alguna plaza de Providencia; la lata de cerveza desteñida, expuesta por años al sol en algún peladero de Puente Alto sin que la municipalidad se haya dignado a recogerla; un grupo de liceanas en jumper fumando y pelando en tal o cual esquina.

Providencia / Autor

Sirve, pues todo eso también es Santiago. Sus lugares emblemáticos, sus arquitecturas y también sus momentos. Segundos que son y dejan de ser con la misma velocidad, condenados a nacer y a morir confinados en los márgenes de una geografía violenta, que intimida, que nos recuerda que aquí todo es efímero. Una naturaleza que tiene ganas de comernos vivos.

La literatura, la palabra o quienes trabajan con ella, han estado al servicio de recoger esos instantes y ponerlos sobre el papel, para que todo el que quiera pueda recurrir al mecanismo descrito al comienzo de esta crónica. Abrir, leer y dejar que las imágenes aparezcan. Todo Santiago resumido en una palabra.

Dijo Vicuña Mackenna, el gran Benjamín de Chile, el intendente más capaz que ha tenido esta ciudad, el primero en entender que se estaba auto condenando a ser sólo un poblado con anhelo de metrópoli si no hacíamos algo por detener la atomización socio-cultural que ya sufría el Santiago del siglo XIX. Eso de ser una ciudad sólo para algunos, una suma de piezas todas distintas de un puzle imposible de completar, no iba con él. “No serás nunca grande si no te regeneras, te verás siempre enana al pie de los Andes, como un rodado de escombros caído de sus crestas”. Qué imagen. Tenía razón en su vaticinio, claro que la tenía, salvo en que Santiago sí se convirtió en algo grande; una suerte de jalea pisoteada por algún pie supremo para dejarlo como ameba, con una forma inclasificable, abierto, desparramado, a merced.

Santiago poniente atardecer y noche / Autor

No fue el único Benjamín, no fue el primero ni el último en sentarse a pensar Santiago. O más bien a escribirlo, a evocar sus imágenes con las palabras. Fueron muchos, casi todos, pero es imposible hacerle justicia a cada uno, así que nombraremos sólo algunos que servirán de testaferros de los otros varios que sabemos y otros tantos que no tanto.

Uno es Joaquín Edwards Bello, el aristócrata renegado, crítico de su clase social, burlón, egocéntrico, sabedor de su genio, gran cronista urbano. Se descueró los zapatos recorriendo los tugurios y los callejones más sórdidos de la zona poniente de Santiago en busca de lo que consideraba su verdadera esencia; esa ciudad que sus amigos de infancia, sus padres, tíos, colegas y socios del club se esmeraban en renegar. Escribió una vez algo por lo que hoy habría sido condenado a todo tipo de linchamiento público. Cito no textual, sólo parafraseando desde la memoria: ‘En Santiago, por cada un palacete de mármol hay cien casuchas de cartón, por cada un boulevard arbolado e iluminado hay cien callejones con olor a vómito, por cada un joven blanco, esbelto y bien alimentado hay cien niños color aceituna, flacos y muertos de hambre’. Certero, duro, polémico, pero cuántas imágenes se desprenden de esas palabras para recrear el Santiago de principios del siglo XX. Mucho se puede decir del autor y de esa frase, pero una cosa es cierta: a Edwards Bello no le temblaba la pluma y gracias a eso fue capaz de fijar una imagen de Santiago que es bastante más fidedigna, desprejuiciada y real que la que nos cuentan los libros de historia.

City Hotel / Internet

Saltando en el tiempo está Alberto Fuguet, quien hizo un ejercicio similar retratando con mucho detalle parte del Santiago de la dictadura de Pinochet –pleno 1980– en su novela más polémica, criticada y leída, su ópera prima Mala Onda. En ese Santiago fuguetiano la parte más privilegiada de Santiago, la que siempre sale incólume de todo y que debería brillar, está igualmente opacada tras una neblina de podredumbre, falta de sentido y sobre todo tedio, en una muy interesante paradoja que tiene tras de sí un poderoso mensaje que no todos han querido descifrar. Abrir alguna página al azar es encontrarse con aburridas caminatas por el Paseo Las Palmas, cortes de pelo espontáneos en las Torres de Tajamar, arruinados paseos en bicicleta por el Cerro San Cristóbal, vitrineos falsos en el Apumanque, apagadas fiestas en la calle El Bosque y en Lo Curro. Imágenes y más imágenes de un Santiago fácil y acogedor. Pero de pronto hay angustiosas caminatas en poblaciones sin nombre, viejas micros en dirección a ningún lado y escarceos sexuales en pleno centro de Santiago, en el desaparecido Hotel City; todas imágenes que evocan mucho más fuego que la ciudad de arriba, que parece dormirse en un letárgico auto conformismo. Fuguet se posiciona con fuerza en un Santiago que le era algo ajeno por su crianza en el extranjero, por eso el ejercicio de descripción tiene mucho de reconocimiento de una ciudad que parece alucinarle, casi como a un turista que ve todo con ojos vírgenes; aunque a su protagonista lo agobia tanto como al que no ha salido nunca de aquí.

Un último ejemplo –pues esto se trata sólo de la palabra y de Santiago y de sus imágenes, no sobre los escritores (aunque en verdad, ¿quién sino ellos hacen gimnasia con la palabra?)–, Eugenio Lira Massi, notable periodista de esos que ya quedan pocos, utilizaba su mordaz pluma para descuerar (y describir también) todo lo que se le pusiera al frente. Santiago también, por cierto. Pasearse por sus crónicas de la revista ‘Puro Chile’ es retornar a un Santiago que ya no existe para nada; hay que usar la imaginación y bucear entre los recuerdos propios o ajenos para concebir en la cabeza alguna imagen más o menos verídica. Aun así, el tipo era tan hábil para narrar la ciudad que sus descripciones son fácilmente legibles, divertidas y, por lo demás, muy puntudas. Por ejemplo cuando describe a Los Domínicos como un campo donde se juntan algunos hippies hijos de papá ‘cuyo peor enemigo es el jabón’ mientras en Conchalí un barrio arde de miseria y hacinamiento. Otra –tal vez la más sarcástica de todas– es aquella que publicó después de una nevazón en Santiago en 1971, diciendo que la nieve en el barrio alto es linda, que los que salían a jugar en ella se veían bien en sus botas de agua y parcas, que cuando se derrite aparece el pasto bien verde y los niños vuelven a sus casas con chimenea; y que por otro lado en el resto de la ciudad la nieve es fea, que instantáneamente agarra color mugre en sus bandejones de tierra, que bota los cables de la corriente y se corta la luz, que después de la guerra de bolas no hay ropa que reemplace a la mojada, que la parafina se acaba y no hay estufa. Un retrato de la ciudad y sus ciudadanos ácido, punzante, pero muy honesto.

Santiago desde el Cerro Manquehue / M. Vitacura

Ejemplos como esos hay muchos. Hay que sumergirse en el catálogo de escritores chilenos, tomar un libro al azar y toparse con todos esas visiones de Santiago, cada una desde un punto de vista distinto pero que van hacia el mismo lado. Trazar el mapa de Santiago con la palabra. La cuestión es que todo eso que se ha narrado ocurre en la misma ciudad: lo feo y lo lindo, lo que brilla y lo que opaca, la felicidad y la tristeza, la vida plena y la agonía. Todo entre las cuatro paredes que suponen las montañas de Santiago. Los pobres y los ricos, los obreros y los ejecutivos, los inmigrantes europeos y los africanos; todos los que hablan un lenguaje propio, que visten de formas distintas, que se interrelacionan cada cual a su modo; todos caminan por las mismas calles, van a los mismos parques, hacen las mismas filas, se suben a los mismos vagones. Todos son habitantes de la misma comarca, depositarios de los mismos vicios y virtudes que animan la vida de esta ciudad contradictoria, atomizada, inabarcable, agobiante, pero siempre encantadora.

Entonces las palabras –como los estados del agua– cambian y se vuelven imágenes que intentan darle forma a una ciudad heterogénea en todo aspecto, social, étnica, cultural, arquitectónica; una ciudad inclasificable; como la reunión de muchas micro ciudades, el espíritu mismo de lo que una ciudad debe ser, muchos pequeños mundos agrupados bajo un nombre que estamos demasiado acostumbrados a oír para darnos cuenta de lo bien que suena: Santiago. Y otra vez surge la palabra. Y otra vez se convierte en imagen. ¿Cuál es? Tal vez la del estandarte: la mejor capital posible para representar la diversidad de un país igualmente diverso.

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Texto: Gonzalo Schmeisser

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