CASONA CIENFUEGOS 41: ¿SIGNIFICADOS O SIGNIFICANTES?

por Francisca Morandé | *Para Santiago Adicto – @santiagoadicto

El simbolismo se constituye desde el uso de las cosas, no sobre su ontología. Es por eso que el ser humano se ocupa en el mundo y lo hace atribuyendo significatividad a las cosas según su empleabilidad.  El uso puede ser útil o inútil, constructivo o destructivo. Es la conciencia la que se determina como intencionalidad y de la que depende el uso de las cosas; entonces, lo que es llamado como sentido, que está en la base de la significatividad de las cosas, es la dirección que va tomando un objeto determinado.

En Santiago existen lugares ocultos dentro de otros lugares no tan ocultos, que son contenedores de un sentido trascendental.

La casona Cienfuegos 41 es una construcción de estilo neogótico que fue edificada en el año 1926. A pesar de su fachada que evidencia marcadamente ese estilo, en el interior se develan influencias romanas, árabes, celtas y medievales; sincretismo que es ya un primer indicio de las corrientes filosóficas alquímicas y herméticas que seguían los arquitectos de esta excéntrica construcción.

Al acercarse al lugar, desde afuera, se pueden observar elementos simbólicos de alquimia que llaman la atención. Dichos elementos no son aislados, sino que vienen de la intencionalidad, contienen un sentido de arte hermético; constituyen una forma de comunicación inteligible sólo para el iniciado, pues encierran el conocimiento oculto que tanto perseguían y custodiaban los filósofos alquimistas.

Cuál es exactamente el significado de la multitud de símbolos que se encuentran en la casona, es algo que quizás nadie nunca supo en su totalidad, y que con el paso de los años y de diversos habitantes, ha ido mutando en nuevos contenidos y usos; muchas veces populares y casi mitológicos.

La leyenda dice que si el bardo fuera removido, la casa entera se vendría abajo.

En un comienzo, la enorme casa construida por el arquitecto Ismael Edwards Matte -poseedor del conocimiento hermético- y el misterioso Federico Bieregel, fue destinada para el uso residencial de la familia del primero. Por razones más bien políticas y por la erosión y deterioro del barrio, fue que finalmente los Edwards Matte abandonaron su hogar. Años después, la casa fue adquirida por el Club Deportivo Colo Colo, para darle un nuevo uso y así terminar convirtiéndose en un símbolo para el pueblo albo, de raigambre popular, ubicado justo en las antípodas de sus propietarios originales.

La construcción además de ser la copa y el vaso de los socios del popular en su época de mayor prosperidad, fue sede de la celebración del matrimonio de Carlos Caszely -jugador icónico del equipo- y centro de atención gratuita médica y dental de muchos colocolinos.

Pasada la época dorada del club que habita la casona comienza el remate. Cuando la propiedad va a ser comprada por la congregación Jesuita aparece la conocida “Doña María Colo Colo” -una fanática de casi un siglo- quien amenaza eufóricamente, mientras la sostienen varios sujetos, con incendiarse a lo bonzo si se llega a vender la casa de su club.

A pesar de los gritos y la desesperación de la anciana, la casa se vende y queda en manos, hasta el día de hoy, de la Universidad Alberto Hurtado. Entonces es ahora la Academia la que le da un nuevo sentido al uso del espacio de esta casona del Santiago secreto, revelando que muchas veces el objeto mismo de la arquitectura no está en el uso si no que en lo simbólico, en la connotación que cada usuario le da a la pieza construida.

Actualmente, este nodo edificado de significantes y significados recibe una o dos veces al año -a modo de ritual- a parte de la hinchada, para mantener viva la historia y un vínculo afectivo que desciende de lo emocional, en otro plano al del significado mismo de la arquitectura.  Al frente de Cienfuegos 41 se prenden velas, se canta, se grita, como si la casona portara parte del estandarte del club y sin que haya ninguna bandera que lo acredite. Es decir, se vuelve a un lugar simbólico, lleno de intencionalidad y lleno de sentido.

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Texto e imágenes: Francisca Morandé

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