COSAS DEL SANTIAGO AUTOINMUNE

por Gonzalo Schmeisser | *Para Santiago Adicto – @santiagoadicto 

Dice una canción del inglés Nick Drake -alentando al oyente a atreverse a ser lo que se es y decir lo que se quiere decir- algo así como ‘encontrarás gente que fruncirá el ceño con las cosas que digas (…) gente al rededor de tu cabeza que dice que ya está todo dicho… pero dilo igual’. Pues bueno: la verdad es que no sé si existe el término ‘biología urbana’ ni menos ‘ciudad autoinmune’, pero habría que inventarlos de ser necesario para explicar algunos sucesos que han ocurrido en nuestra historia. No se me ocurre una mejor figura para explicar algunas cosas que pasan en Santiago; hechos que están tan cerca del absurdo y tan lejos de la lógica que se emparentan más con una enfermedad que con una conducta sana.

Vamos a hablar entonces de Santiago como una ciudad autoinmune, aunque algunos frunzan el ceño.

Pero aclarémonos un poco antes: en pocas palabras una enfermedad autoinmune es cualquier mal que hace que el mismo cuerpo ataque sus propias células, debilitándolas y/o destruyéndolas, es decir, que el organismo se dañe a sí mismo en vez de protegerse. Un dudoso e inexplicable método de defensa. Ahora, ¿qué tiene que ver esto con Santiago?. La respuesta es más fácil de lo que parece. Basta con hacer el ejercicio personal de mirar hacia atrás y tratar de recordar cómo fue la ciudad de nuestra infancia y después dedicarse a mirar cómo es la que habitamos hoy. Algunos dirán que la evolución es lógica y hasta imposible de evitar, pero está justamente en esa palabra el argumento clave que autodestruye esa misma teoría: ¿es evolucionar borrar nuestro patrimonio? ¿es evolucionar que las regulaciones se flexibilicen en pro de la libertad de destruir la ciudad, indistintamente del valor que tenga lo destruido? ¿es evolucionar entregar a nuestra ciudad al mercado, cómo si no estuviera archi comprobado que el mercado es algo así como un monstruo capaz de devorar todo? La respuesta todos la sabemos y aún así no somos capaces de responderla con fuerza.

Un Santiago que se ha dedicado, se dedica y se dedicará a auto eliminarse es un Santiago que, rascacielos más rascacielos menos, no ha logrado entender lo que es la verdadera evolución. Es una ciudad que padece. Aquí un pequeño ejemplo.

En 1938 llegan a Santiago cuatro monjas alemanas que venían de visita a conocer ese país tan lejano que había acogido a muchos de sus compatriotas años antes, especialmente en el sur. Probablemente no sospechaban que este pequeño viaje se iba a prolongar por mucho más tiempo del pensado y que, sin quererlo, iba a ser el origen de la historia de uno de los colegios más tradicionales, emblemáticos y reputados de Santiago. Sin mucha opción de pensarlo, las religiosas terminaron por quedarse, casi con lo puesto, cuando descubrieron que su país se volvía a sumergir voluntariamente en la oscuridad de la guerra. Y no sólo se quedaron, sino que mandaron a traer a toda la congregación que se quedó en la calle luego de que el mismísimo Adolf Hitler mandara a cerrar el colegio en el que desempeñaban su labor en Berlín. Hay aquí también una breve lección sobre los beneficios de la migración.

No perdieron el tiempo y ante este nuevo escenario decidieron dedicarse a trabajar en hospitales y parroquias, con enfermos, mendigos y niños abandonados. Incluso se movilizaron hasta Chillán y armaron un hospital de campaña para ayudar a los afectados por el terremoto de 1939. Pronto captaron que la educación en Chile era un problema y canalizaron sus esfuerzos en abrir un colegio, al que bautizaron Santa Úrsula en honor  a la santa patrona de su congregación.

El colegio -que funcionó primero al lado del Convento de las Agustinas, justo en el límite entre Santiago Centro y Providencia- pronto les quedó chico y tuvieron que buscar una sede lejos del barrio, que por entonces estaba entre los más caros de la ciudad. La solución fue reciclar una vieja mansión en las afueras, muy lejos del centro, por el mapocho arriba, en una zona semi rural que era casi como salir de la ciudad: Vitacura. La propiedad le pertenecía a una aristocrática mujer que -dice el mito- se vio obligada a vender el caserón pues la fortuna familiar estaba tambaleante.

La casa de elegante estilo italiano, con arcos de medio punto, largas balaustradas, postigos en cada ventana y un amplio foyer que sirvió de casino y sala al mismo tiempo, estaba equipada con amplios salones, piscina y hasta una cancha de tenis. Un extenso paño de áreas verdes se mezclaba con los árboles de los jardines vecinos y con la vegetación del cercano cerro San Cristóbal que, junto al Cerro San Luis, daban el marco típico de un ambiente bucólico europeo que debió hacerlas sentir en casa en aquellos primeros años.

El colegio iba a ser algo así como la puerta de entrada al barrio, pues estaba justo en la esquina de la Avenida Vitacura con la entonces llamada Andrés Bello (hoy Nueva Costanera). Desde esa posición iba a ser testigo silencioso del devenir de los años y la permanente evolución (si, evolución) de esta zona de la ciudad que era apenas un caserío cuando llegaron aquí en 1952. Muchas familias acomodadas fueron instalándose en sus márgenes, el barrio se llenó de lujosas casas y pronto la infraestructura fue tomando la forma que tiene hoy. Pronto llegaron los supermercados, las bombas de bencina, los almacenes de barrio y el primer edificio en altura del barrio alto de Santiago, justo en los bordes del paño que luego fue la rotonda Pérez Zujovic.

El tiempo no perdona y la casona pronto se vio rodeada de una ciudad que antes ni siquiera estaba cerca. Era 1992 y así, como si nada, el colegio ya llevaba funcionando 40 años en la vieja casona. Coincidencia o no, el nacimiento de la industria inmobiliaria comenzó a darse justo cuando las religiosas se vieron superadas ante el hecho de que el colegio les estaba quedando chico. No quedó otra que trasladarse a una nueva sede -en 1993- que se construyó en la misma calle, un poco más allá y que alberga al colegio hasta hoy.

Y aquí lo que nos importa. La casa estuvo sin uso fijo unos años, pero estuvo ahí, visible, como un patrimonio vivo, un testimonio de época, esperando a que alguien se hiciera cargo. Nadie tomó el toro por las astas. Las autoridades de la recién fundada comuna de Vitacura hicieron vista gorda, el consejo de bienes nacionales no se alteró, el colegio de arquitectos tuvo que mirar para otro lado. Resultado: la casa fue demolida y en su lugar aparecieron tres enormes torres de departamentos que vinieron a confirmar que el barrio ya había perdido su escala. Qué tanto, daba lo mismo, si el mercado inmobiliario ya se había comido todo el paño vecino entre Vitacura y Avenida Kennedy. Una vieja mansión menos, un edificio más. Ah, pero al menos tuvieron la delicadeza de no botar los muros de la calle y bautizar al nuevo monstruo con el eufemístico nombre de ‘Parque Las Ursulinas’. Gracias.

El tema ya es aburrido y repetitivo. Se ven todos los días casos como este. Pero no por eso hay que dar la batalla por perdida. Si no repetimos hasta el cansancio nuestra consigna, si no lateamos a algún ejecutivo pro-progreso con el discurso del patrimonio, si no hacemos nada por generar un poco de conciencia desde el sacarle brillo a la memoria, esta historia terminará de ser historia, pues ya no quedará en pie nada que nos recuerde lo que fuimos. El Santiago que conocimos será sólo una ruina, un montón de escombros que darán paso a otra ciudad distinta montada encima, cubriendo cualquier vestigio para que no sepamos lo que hubo antes. Y si ese día llega: el día en que Santiago ya no sea reconocible, el día en que nos venza la flojera y nos aplaste el modelo, el día en que esa enfermedad autoinmune que sufrimos en silencio haya acabado con la ciudad que fundaron nuestros ancestros, autoeliminando nuestras células, el día en que no seamos más que un recuerdo aburrido… Santiago debería pensar en cambiarse el nombre.

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Texto: Gonzalo Schmeisser | Imagenes: Archivo del Colegio Santa Úrsula

4 thoughts on “Cosas del Santiago autoinmune”

  1. Me pongo de pie a aplaudir este GRAN ARTÍCULO “…. es triste ver cómo todo se destruye para “modernizar”, reduciendo todo a la mínima expresión…. hasta las tradiciones s han perdido en Chile,, con un grupito minoritario pero potente q impone su “Ideología “….
    Gracias por el artículo y fotos,!!! Mil gracias, de mi vida escolar en ese gran fundo q mis padres eligieron para q fuera mi colegio!!! Generación 1990!!!
    Y lejos la mejor!!!!!!

  2. Felicito a Gonzalo Schmeizer por recordarnos que tenemos raíces. Que hay una historia, que nos otorga identidad. Y que borrarla, no solo le quita carácter, originalidad y belleza a nuestra pobre Santiago, sino que nos priva, como ciudadanos, de reconocer y valorar nuestro pasado, promoviendo la cultura y el patriotismo, despertando sentimientos de nobleza, pertenencia y gratitud en el corazon de un pueblo.

    1. Luz, muchas gracias por tus palabras.
      Creemos que cuidar el patrimonio es una tarea común, así que toda manifestación al respecto es muy bienvenida.
      Saludos!

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