Estar estando | La casa del arquitecto Cristián Valdés

 

Estar estando | La casa del arquitecto Cristián Valdés

*Para Santiago Adicto – @santiagoadicto 

Una casa de ladrillo y acero se esconde en medio de un barrio perdido, en alguna parte de Las Condes. Para un paseante distraído, para un vecino desconfiado o para un automovilista ocasional es sólo una casa más entre muchas otras casas, todas más o menos iguales pero que parecen no ponerse de acuerdo ni convivir muy bien, cada cual existiendo en su propia ley.

Hay que frenarse un poco y volver a mirar con un poco de calma: esa casa de ladrillo y acero no se parece a ninguna otra casa, ni de este barrio ni de ningún otro barrio de Santiago. Esto no es una casualidad, simplemente no puede parecerse a otra casa, pues esta casa pertenece a únicamente a ese lugar y a ese tiempo.

Cristián Valdés tenía poco más de treinta años y poca experiencia a su haber cuando le tocó lotear un sitio familiar en Las Condes y construir su propia casa. Por esos años, la supercomuna que es hoy, no era más que un descampado en las afueras de Santiago -más allá del Canal San Carlos-, con mucho camino de tierra, poca luz, una que otra vaca suelta y muchos árboles. Algo permanecía vivo ahí de ese Chile rural que hoy es patrimonio casi exclusivo de las regiones; el campo estaba a la vuelta de la esquina, ahí no más.

Valdés, consciente de esto, se impuso la tarea de trazar olvidando las leyes comerciales bajo las cuales operan las ciudades tradicionalmente, apelando a la identidad rural, acompasada, despejada, que aún no era devorada por la mancha gris, como intuyendo que la ciudad pronto pasaría como una ola por encima. Desde ahí ideó una estrategia de posicionamiento que diera cabida a las leyes que la naturaleza del lugar le indicaban. Considérese por ‘naturaleza’ no sólo las especies vegetales, sino que también los desniveles del terreno, los usos anteriores y -especialmente- el asoleamiento particular del sitio. Ahí hay un principio rector que al joven arquitecto le significará un descubrimiento -bastante extraordinario para la época- y que será crucial en el desarrollo de su futura carrera: no existe la disociación entre la arquitectura y el paisaje.

Ese precepto define y sella para siempre su forma de ver la arquitectura. A partir de ahí, todas sus obras se enmarcarán dentro de esa voluntad creativa. Es cuestión de revisar sus principales obras -incluso su archifamosa silla- para comprobar que el lenguaje es siempre el mismo.

Formado en la Universidad Católica de Valparaíso -con profesores como Alberto Cruz y Godofredo Iommi- y en plena época de la ebullición arquitectónico-poética venida desde el puerto, Valdés tenía claro que no iba a desperdiciar una oportunidad como esta. Había que jugársela por hacer algo nuevo, América Latina entera estaba viviendo un despertar luego de algunos siglos de confusiones y preguntas sin respuestas. Era un tiempo de utopías colectivas y de una épica común que movía a todo el continente y a Chile de pasada. Algo estaba claro por fin: ya no eramos más europeos, eramos americanos. Se hacía imperiosa la necesidad de crear un lenguaje que se bifurcara del camino de la copia indiscriminada de los modelos adaptados.

Dicho y hecho. Esta casa de ladrillo y acero, en medio de un perdido barrio de Las Condes, es un ejemplo vivo de ese momento.

Si bien la casa adhiere a los postulados esenciales del Movimiento Moderno -pilotes, plantas libres, techo jardín- la casa está escrita en chileno. Aquí hay ladrillo más que hormigón, que queda relegado sólo a ser losa; hay ventanales que recogen la luz del norte y se estiran hasta recoger también la del oriente; hay también una terraza en el último nivel desde donde se contemplaba -ya no- las cumbres más importantes que rodean Santiago, el Plomo, el Manquehue, el San Cristóbal, así como la flora nativa que aún permanecía en la muy rural Las Condes de la época.

También hay una crudeza bien aprovechada en un diseño que adopta la realidad poco glamourosa del país en los años 60s, cuando fue construida, ejemplificado en una planta cuya modulación está hecha a partir de las dimensiones de vigas que ofrecía el escuálido mercado material chileno, algo más de dos metros y medio por cada módulo, sólo lo que el largo de la pieza de acero podría ofrecer.

En el interior, la arquitectura se pone al servicio del habitante, abriéndose, plegándose y dejando al hombre la libertad de estar donde y como quiera, lo deja estar estando. Los muros pasan a un segundo y tercer plano y las circulaciones se disuelven en los estares, es el espacio el que importa. Una indefinición abierta y espaciosa que puede complicar al más cuadrado, que podría asociar esta flexibilidad a una falta de rigidez, definición y/o exceso de libertad. Eso es justamente lo que quería Valdés.

La casa está hoy rodeada por otras casas, algunas más nuevas que otras, algunas más caras que otras, algunas más cuestionables que otras; pero ninguna se acerca a la dignidad que expresa la Casa Valdés, pues todo en ella está pensado para confrontar la realidad sin artificios, expresada mediante la arquitectura. Y aquí está la mayor de las riquezas: la casa es extraña, distinta, incomparable con las demás, lo que es justamente la más elocuente prueba de que en Chile la arquitectura urbana vive en una especie de dimensión paralela, que se olvida que pertenece a un territorio, a una geografía.

La Casa Valdés es extraña porque es honesta, porque surge desde una búsqueda propia y genuina de un arquitecto inquieto y con un profundo sentido de la realidad, inmerso en una búsqueda que no sigue moldes ni se adapta a las tendencias, tan sólo quiere expresar, en su lenguaje, que su casa es sólo una parte más del paisaje.

Un sincero agradecimiento a Don Cristián Valdés Eguiguren, Premio Nacional de Arquitectura 2008, por abrirnos la puerta de su casa y contarnos ésta y otras historias.

Texto e imágenes: Gonzalo Schmeisser

 

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