La nobleza de morder una manzana

 

La nobleza de morder una manzana

*Para Santiago Adicto – @santiagoadicto 

Santiago es una ciudad diversa, tan diversa que decir Santiago para referirse a esta enorme mancha gris que descansa a los pies de los Andes debería estar prohibido. Deberíamos decir Santiagos, así en plural, y tal vez nos acercaríamos algo más a su variopinta verdad. Santiago no es uno sólo, son muchos pedazos pegoteados con más o menos cariño, con más o menos dedicación, con más o menos plata. Tal vez Amsterdam es Amsterdam, Barcelona es Barcelona, incluso Lima es Lima, todo en singular, pero no Santiago. Y, ¡oh sorpresa!: ahí está su encanto, pues su atractivo aparece en los detalles, con forma de epifanía, mucho más que en el conjunto.

Hay que darle una oportunidad a Santiago, dejarse ir un poco en él, que te lleve por alguna de sus calles menos conocidas y aceptar lo que venga sin protestar demasiado. Pronto, en la esquina menos esperada, puede haber un premio.

Algo así ocurre si uno se interna por la anónima calle Félix de Amesti. Una calle más de Las Condes, una calle cualquiera que no figura en los planos turísticos ni nunca lo hará, afortunadamente. Después de un comienzo poco auspicioso a la salida del metro Escuela Militar, saltándose el montón de taxis en fila y los grupos de oficinistas que se sientan a almorzar en las escaleras de ese gran edificio -imposible de no ver- con forma de juguera, viene lo mejor. La silenciosa calle ofrece al paseante una serie de casas antiguas que -en su variedad- sintetizan lo mejor de la arquitectura de la transición entre los 50s y los 60s, cuando nos estábamos poniendo modernos. Hay techos rectos, pilares de fierro, fachadas limpias, mucho guiño a Le Corbusier; pero hay también casas clásicas tipo bungalows californianos, chalets afrancesados e incluso una preciosa casa de campo inglés, como sacada de un cuento de Lord Byron.

Hay ladrillo, hormigón, madera, mosaicos de colores, teja chilena, adoquines. Algunas casas están tan bien cuidadas, con preciosos jardines y altos rosales, que da la impresión de ser un set de filmación para alguna película de los sesenta. El silencio es evocador y sugiere algunas imágenes de la infancia.

Y en eso, en un momento cualquiera, un vacío se abre en medio de dos casas y de inmediato llama la atención. La manzana está mordida, contraviniendo la tradición hispana que fundó Santiago con su rígida trama urbana con forma de tablero de ajedrez. Alguien podría decirme que esa ley corre sólo para el centro de Santiago, y tendría razón, pero es igualmente claro que ese modelo definió el trazado que pensó Karl Brunner para el ensanche de Santiago y la ciudad se fue modelando -más o menos- bajo un mismo parámetro.

Es extraño entonces encontrarse con gestos de este tipo, la ruptura de la cuadra para internarse en la mitad de ella sin necesidad de un vehículo. Aquí sólo se necesita desviar el paso habitual de la vereda hacia un sendero pavimentado que parte en dos todo ese concepto de hermética urbanidad que tenemos tan internalizado que ni nos lo preguntamos.

Podrá ser un poco exagerado detenerse a elogiar un sencillo pasaje peatonal en medio de una cuadra, pero en una ciudad tan poco dada a la generosidad, encerrada en sí misma, de vecinos desconfiados y con el concepto de la propiedad privada como excusa perfecta para crecer mirándose el ombligo, esto es un grandioso regalo. Un gesto urbano poderoso que habla de alguna voluntad perdida (¿habrá sido un alcalde? ¿un arquitecto? ¿un grupo de vecinos?) que se atrevió a pensar una ciudad distinta.

Aquí está, en breves trescientos metros, la máxima expresión del modelo de ciudad jardín que le pedimos prestado a los ingleses a inicios del siglo XX. Espacio, aire, luz para olvidar el tedio de la ciudad, todo un parque, todo un bosque a micro escala, inserto en medio de una cuadra cualquiera.

La peatonal dura tres cuadras, desde Félix de Amesti hasta San Pascual, e internarse en ella es como transportarse a otra realidad espacio-temporal, aunque tal vez suene menos pretencioso hablar de transportarse a otra ciudad mejor pensada. Da igual, el efecto es el mismo: hacernos olvidar que estábamos caminando por una calle común y corriente, en plena ciudad, con sus dinámicas habituales y su lenguaje hostil.

No sólo tiene el mérito bajar del trono a su majestad el automóvil, también es valiosa por esa ilusión de sumergirnos en una burbuja y que funciona como un ecosistema en sí mismo, con otra temperatura, otra humedad, otros sonidos y, por cierto, otra dinámica de flujos.

Hay un poderoso silencio que no se opaca por la cercanía de las enormes arterias Américo Vespucio, Apoquindo o Cristóbal Colón, y que está bien resguardado por altos árboles nativos típicos del bosque esclerófilo de la zona central de Chile. Quillayes, palmas, peumos y litres flanquean el único sendero que se abre paso como flecha en medio de casas de estilos diversos pero que conviven en armonía, mudos vigilantes de la calma del pequeño paseo.

Verdes bandejas longitudinales de pastos y arbustos acompañan el caminar con gracia. Una que otra mariposa se cruza de lado a lado, como quien quiere dejar claro cual es el invasor y cual el dueño de casa.

Eso es todo, el paseo termina en otra calle cualquiera, como un riachuelo anónimo lo haría en una playa desconocida. Sin aspavientos, sin señales que lo adviertan. No se necesitan más cuadras para comprender que acabamos de transitar por una excepción total, una rareza en medio de la ciudad que hace posible el pequeño milagro de humanizar al gigante gris. El leve gesto del traspaso como una invitación al caminar la ciudad, a percibirla desde sus entrañas y no desde sus periferias.

Y si elogiar lo sencillo ayuda a no perder el foco de lo que verdaderamente debería ser una ciudad -un espacio hecho para y por los humanos, donde la existencia en paz sea el leitmotiv de toda acción-, si verdaderamente ayuda a no creer que nuestra salvación está construir edificios cada vez más altos y llamativos, sólo con el móvil de procurarnos una buena imagen ante el mundo, valga otra vez la reverencia.

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Texto e imágenes: Gonzalo Schmeisser

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