Gordon Matta-Clark está vivo en Santiago

 

Gordon Matta-Clark está vivo en Santiago

*Para Santiago Adicto – @santiagoadicto 

Hace algunos años, un nombre comenzó a sonar con fuerza en el ambiente cultural chileno, especialmente en los pasillos de los museos, en las galerías, en las salas de las escuelas de arte y arquitectura. Un nombre algo extraño, que había permanecido anónimo durante muchos años, seguramente escondido detrás de otro nombre mucho más grande y más pesado. Y es que la sombra del tremendo pintor Roberto Matta -sin duda el artista más reconocido que ha dado nuestro país fuera del mundo de las letras- cubrió a toda una generación de artistas contemporáneos, incluyendo a su propio hijo, el insigne Gordon Matta-Clark.

Gordon Matta-Clark, 1975

Como su padre, estudia arquitectura y se desencanta rápidamente al darse cuenta que en las relaciones de los arquitectos con sus clientes prima el interés económico por sobre la libre práctica del oficio. Decide no ejercer y se embarca en una muy prolífica carrera artística que lo haría rápidamente destacar por sobre sus pares, en medio de la intensa escena neoyorquina de los ’70.

Conical Intersect, 1975

Su novedosa propuesta multiplataforma reunía en una sola obra especialidades tan disimiles como la performance, el baile, la fotografía, la música, el video y la comida. Y cabía en ella desde una escultura hecha con basura, hasta el acto de regalar oxígeno a los transeúntes en pleno centro de Manhattan. En esto no hay distinción, el arte es arte y todo es parte de todo, lo importante es conectar con la realidad más palpable. Independientemente de que la inspiración provenga del mundo de la abstracción.

Así nace la serie de obras que lo harán inmortal después: los building cuts; cortes en casas y edificios abandonados que, además de permitir el acceso de la luz transversal y democráticamente a los recintos, descontextualizan el lenguaje de la arquitectura, quebrándolo, poniéndolo en evidencia y eliminando toda su carga simbólica. Interviene todo lo que está a su alcance, legal o ilegalmente, y rápidamente su propuesta hace eco en bienales de arte y exposiciones internacionales. De repente todos quieren a Matta-Clark, pero él no se deja deslumbrar y continúa trabajando en silencio, con sus amigos, siempre irónico y de buen humor. En Chile, país que le es ajeno, su nombre no suena a nada y seguirá sin hacerlo por muchos años más.

Matta-Clark en obra

Tiene 27 años cuando vuelve a pisar la tierra de su padre, enterado de que Matta se encuentra trabajando en un mural de apoyo al gobierno de Salvador Allende, el mítico ‘primer gol del pueblo chileno’. Es 1971, Chile está en plena ebullición política y el mundo observa con asombro el experimento social que Allende empuja contra viento y marea desde La Moneda. Matta-Clark quiere verlo con sus propios ojos y de paso reencontrarse con su padre, con quien siempre ha tenido una compleja relación. No es para menos, el pintor surrealista lo abandonó a él y a su hermano Batán cuando recién habían nacido.

Splitting, 1974

Pero no se encuentran: Roberto Matta vuela a París un día antes de que su hijo llegue a Santiago.

Y aquí es donde entra el gran Nemesio Antúnez, por esos años director del Museo de Bellas artes y muy amigo de Matta, que recibe al hijo despreciado y le permite ejecutar una intervención en el marco de las obras de remodelación que se estaban dando en el edificio. No está claro si Antúnez conocía el plan de Matta-Clark o si estaba bien enterado del tipo de obras que estaba ejecutando en Estados Unidos y Europa. El asunto es que le abre las puertas y el joven Gordon entra al Bellas Artes sierra en mano.

Intervención al MNBA 1971

Realiza una serie de forados en la cúpula, en las losas y en los muros, seguidos de fotografías de los pedazos que había vaciado pegadas en distintos lugares y acompañado de un sistema de espejos desde el techo hasta el baño del subterráneo, permitieron que la luz llegara desde el cielo santiaguino hasta lo más profundo del mega-edificio. Desde ahí, en el fondo mismo del museo, se podía ver pasar a un pájaro volando.

Intervención al MNBA, 1971

Algo así como una ‘arqueología arquitectónica’ que pretende escarbar, más allá que en el puro objeto, en la pregunta misma sobre el sentido de la profesión y la forma en que se ejerce. También, si se quiere, desnudar la verdad de la arquitectura anterior al movimiento moderno y enaltecer su honestidad, pues este último no pretende esconder parte del programa detrás de toneladas de adornos, tallados y esculturas de fachada.

Eso es todo. Hecha la obra, Matta-Clark toma una serie de fotografías -hoy casi todas perdidas- y se marcha de vuelta a Nueva York, de donde no regresará jamás. Allá le esperan aún sus mejores años, los más prolíficos, antes de ser fulminado por un cáncer al páncreas que pone fin a su vida a los tempranísimos 35 años.

Intervención al MNBA, 1971

Paradójicamente, de la extensa obra del artista, que abarcó varios países y varios edificios, la única que permanece en pie es la que hizo en el Museo de Bellas Artes de Santiago. Dicen que está escondida tras varias capas de estuco, paneles, pinturas y recovecos. Dicen que hay que burlar a los guardias y pasar bajo las escaleras. Dicen que están ahí los espejos y las fotos que él mismo colgó aquella calurosa semana de diciembre de 1971.

Lo cierto es que, para estar físicamente cerca del legado palpable de este genial artista, no hay que ir a Nueva York, Berlín o París. No hay que pagar costosas entradas a museos ni conseguirse la dirección de un sabio coleccionista. Sólo hay que tomar la línea 5 del metro de Santiago y bajarse en la estación Bellas Artes. Ahí, Gordon Matta-Clark, todavía está vivo.

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Texto: Gonzalo Schmeisser | Imágenes: Libro ‘Gordon Matta-Clark, Experience Becomes Object’

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