Luciano Kulczewski en Santiago | Parte 1: Comunidad Keller

 

Luciano Kulczewski en Santiago | Parte 1: Comunidad Keller

*Para Santiago Adicto – @santiagoadicto 

El significado de la palabra ‘ecléctico’ -entre otras definiciones- se refiere a la idea de reunión, a la idea de conciliación, de consenso. Ese bellísimo y poderoso concepto, cuya connotación es ciertamente positiva, en arquitectura no lo es tanto, incluso cae mal.

Ya vemos en la historia de la profesión cómo se han ido catalogando todas y cada una de las corrientes y sus actores, los movimientos y sus arquitectos exponentes; cada cosa tiene un nombre y un lugar, y vaya quien se atreva a cuestionarlo. Por ejemplo si alguien dice Le Corbusier, nadie puede decir -ni en broma- Art Decó.

A Luciano Kulczewski eso lo traía sin cuidado, tal vez por su origen tan diverso. Este arquitecto nacido en Temuco pero de origen polaco, francés y español, se saltó todas las convenciones estilísticas y no adhirió a ningún movimiento artístico-arquitectónico en particular, sino que los reunió y dio cara a una arquitectura única, novedosa, propia, nacida del desprejuicio y la total libertad creativa de la que fue dueño.

En esta mini serie, revisaremos el aporte -muchas veces subterráneo y misterioso- del gran Luciano Kulczewski.


Parte 1: Comunidad Keller

La Avenida Manuel Montt en Providencia es un caos de principio a fin. Sus antiguas casonas, generalmente mal cuidadas, son ahora clínicas veterinarias, almacenes de barrio, restoranes peruanos, automotoras, centros para la practica de yoga, bares, etc. La esbelta presencia y la medida escala que daban sus viviendas en fachada continua, ahora está rota por desproporcionados edificios universitarios y de vivienda. Una iglesia de fachada neogótica, parecida a la Notre Damme en París, comparte muros con un delivery de comida china. Los adoquines que algún día le dieron garbo, hoy se entremezclan con parches de pavimento quebradizo.

Nada parece expresar que estamos paseando por una calle de Providencia, una de las comunas más ricas de Chile.

En medio de este escenario bélico, resiste con firmeza la Comunidad Keller, obra del tan grande como desconocido Luciano Kulczewski, héroe del eclecticismo chileno, quien se atrevió a reunir conceptos arquitectónicos con una libertad asombrosa, pero también con honda responsabilidad y sentido de conjunto. Hay que detenerse frente a cada una de las viviendas de la comunidad y tomar nota, revisar cada fachada y comparar: no se encontrará ninguna igual a la otra, pero aún así, el conjunto es profundamente armónico.

Impulsada en el marco de las políticas de gobierno de Arturo Alessandri Palma -de quien Kulczewski era muy cercano- tendientes a paliar un poco la profunda crisis de vivienda en Santiago, especialmente aguda luego de la crisis de la agricultura y la enorme migración campesina a la capital; la Comunidad Keller se levantó entre 1925 y 1926.

Kulczcewski, un declarado socialista que incluso llegó a diseñar el logo con que el partido funciona hasta el día de hoy, vio en este desafío la oportunidad de expresar su amplio repertorio de gustos arquitectónicos, reunirlos y probar que podían convivir en armonía.

Hay en eso una voluntad que va más allá de lo simplemente estético, pues la intención del arquitecto fue ocupar su paleta en darle cabida a la individualidad y lo particular de cada familia, reconociendo en ese gesto la importancia de no uniformar las costumbres ni menos la identidad. La arquitectura no puede estar al servicio de la transformación del hombre en un número, sino servir y fomentar el desarrollo de lo singular, lo distintivo. Y para eso, cada vivienda debía ser única e irrepetible.

Con enorme gracia, desplegó en esta pequeña cuadra todo su conocimiento sobre los estilos y las vanguardias que había aprendido durante su formación, donde fue varias veces premiado por su impecable desempeño académico. Sin entrar en detalles tediosos, hay aquí elementos del Art Nouveau, guiños Art Decó, símbolos del Neogótico. Conviven sin molestarse arcos apuntados con tejas romanas, cornisamentos con gárgolas, piedras con ladrillos.

Y pese a todas las diferencias, no hay nada que no hable de un conjunto. No sólo la escala y las alturas medidas, también la incorporación del antejardín -que está en sintonía con el diseño de la naciente Providencia de entonces-, los techos a dos aguas, las salientes en muros, los accesos aporticados. Todo crea un lenguaje único, tal vez dividido en dialectos, pero todos pertenecientes a la misma nación, partes de un mismo estándar.

El sello de Kulczewski, muchas veces catalogado como un arquitecto gótico, será justamente el no encasillarse bajo ningún concepto que le niegue la libertad de explorar otro nuevo. Todos los estilos son posibles de explorar, y eso en cierto modo lo posiciona como un antecesor del modernismo, una especie de puente entre el mundo antiguo y el nuevo, pues logra romper con la simetría y los órdenes clásicos para crear -aunque totalmente alejado de lo que vendrá después- algo totalmente nuevo.

Keller es la prueba de que innovar también es posible desde lo precario. Después de él, todo será más fácil.

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Texto e imágenes: Gonzalo Schmeisser

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